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¿Es necesario hacer una fiesta por Navidad? ¡Claro que sí!

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Hacemos honor al acontecimiento y además lo compartimos con las personas que queremos

“Estén siempre alegres, el Señor está cerca.
No se angustien por nada… presenten a Dios sus peticiones acompañadas de acción de Gracias.
San Pablo. Fil, 4, 7

Diciembre resulta un mes especial: termina el año, acaban muchas actividades que se venían haciendo, finalizan las clases en las escuelas. Es el momento en que se suceden las reuniones y encuentros entre amigos, con gente del trabajo, con clientes. Es también una época de apuros para comprar, preparar la casa, invitar a los comensales a las fiestas de fin de año. En fin, solemos terminar el año extenuados sin poder gozar de lo que nos sucede. Para evitar el stress y disfrutar de las fiestas necesitaremos aprender a cambiar la mirada.

Cuando la fiesta hace agua

La fiesta es parte de la historia de la humanidad. El hombre ha festejado los nacimientos y hasta las muertes, las bodas, los aniversarios, a sus dioses, las batallas ganadas, las cosechas. Siempre sintió la necesidad de hacer un paréntesis, dejar suspendido el tiempo por un momento para luego retomar lo habitual.

En nuestra sociedad las fiestas son, por sobre todo, un motivo de gastos y requerimientos excesivos que nos dejan agotados. Queremos quedar bien con todos, que nadie hable mal de nosotros por detrás y entonces nos ufanamos por comprar los mejores regalos. El mercado de consumo nos atiborra año tras año con nuevos productos y con sus presentaciones que incitan a comprarlos y nos sentimos casi obligados a hacerlo. Nos cansan las compras, el tener que disponer de más tiempo para hacer los preparativos. Solemos terminar pensando cuándo terminará el mes para poder descansar de tanto trajín.

A veces las fiestas nos vuelve neuróticos, nos obliga a fingir lo que no sentimos, a estar con gente con la que no tenemos afinidad, a tratar de quedar bien por compromiso, demostrando lo que no somos o exhibiendo cuánto tenemos. En este caso es una muestra más de nuestro narcisismo. Esto poco tiene que ver con el verdadero sentido de la fiesta.

Muchos consideran a las fiestas como una pérdida de dinero, de tiempo, de energías, sienten que se trastocan sus horarios de costumbre, se “derrocha” de más. Claro que todo esto pasa pero el motivo lo justifica. Lo que sucede es que, en general estamos más propensos a sufrir que a gozar ante la llegada de las fiestas. Estamos más habituados a regodearnos en la rutina, en la monotonía del trabajo, a seguir en nuestra zona de confort diario, que a sentir la alegría que la fiesta nos produce.

En realidad no llegamos a entender bien el motivo de la fiesta que es aquello que diferencia el común de los días del tiempo del disfrute, que rompe el ritmo de vida habitual y monótona por un momento, que es algo fuera de lo común, extra- ordinario. Preparar una fiesta es hacer honor a un acontecimiento que nos pone felices y deseamos compartir con las personas que queremos. Pero para que no haga agua requiere como condiciones indispensables la disponibilidad para prepararla y la alegría.

Preparar la fiesta

La aptitud para participar y organizar un festejo es un espejo de lo que somos. Muestra el grado en que nos sentimos personas felices y agradecidas con la vida y lo que nos sucede, con capacidad de dar, de ser generosos.

Solemos estar demasiado ocupados en nuestras cosas y necesitamos sacudirnos la pereza, el adormecimiento, las penas y hacer los preparativos de la fiesta, salir de nuestro egocentrismo para darnos a los otros. Poner sobre la mesa lo mejor que tenemos, vestirnos con las mejores ropas, engalanar la casa, adornarla con flores, elegir la música, disponer las luces, hacer que todo se ilumine.

El espíritu de la fiesta es gratuito: no se hace para recibir algo a cambio, no se espera que nos produzca ganancias. Se hace para celebrar un acontecimiento que consideramos importante y deseamos compartir con nuestros conocidos, se hace para juntar fuerzas para seguir después con las tareas cotidianas . En ese momento solo existe el presente y allí se termina. No tiene ninguna otra finalidad.

Podemos pensar que en tiempos difíciles no hay que pensar en las fiestas, pero no es así. En esos momentos es cuando más necesarias son. Pueden ser más austeras, con menos despilfarro, sin embargo serán un bálsamo para el corazón. Dan fuerzas y alegría para, una vez terminada, seguir con las batallas diarias.

A veces las fiestas son improvisadas porque se armaron con la llegada de parientes o amigos que no esperábamos, entonces todos aportan algo, se agranda la mesa, se buscan más sillas, comienzan las risas, las charlas, y el ambiente se contagia del clima festivo. Y al final, sentimos que sí valía la pena hacerla.

Hay muchos momentos de fiesta que se nombran en el Evangelio: las bodas de Caná, la comida de Jesús en la casa de Mateo, el rey de la parábola que mandó a sus servidores a buscar a los pobres y lisiados para participar de la boda, el padre que prepara la fiesta para agasajar al hijo perdido. La nota en ellas es la alegría del que organiza y de los invitados.

Ponerse de fiesta

¡Qué hermosa es la parábola del hijo pródigo que vuelve al hogar y el padre, que lo espera ansioso, organiza una fiesta y hace matar al mejor cordero para agasajarlo!. Mientras el otro hijo que cumplió los mandatos, el que fue obediente, refunfuña. Es que no entiende. Los disgustos, los reproches del padre, el resentimiento del hijo mayor, no se solucionan con la fiesta pero la fiesta marca una pausa, lo demás vendrá luego, pero no es lo más importante. lo importante es que el que tanto se esperaba regresó y hay que festejar. Parece no tener lógica. Es que no tiene porque tenerla.

Tenemos que aprender a encontrar dentro nuestro la alegría que tengamos disponible y participarla a los demás; acostumbrarnos a celebrar los grandes acontecimientos y los pequeños triunfos que nos suceden. Esto exige un nuevo aprendizaje: elegir la luz aunque haya oscuridad, elegir la vida en medio de tanta hecatombe. Sabiendo que existe el sufrimiento, las penas, los obstáculos, optamos por escoger la alegría como disposición de ánimo, entonces es cuando la vida se convierte en una fiesta, y sentimos que vivimos de fiesta, que estamos de fiesta. No se rechaza la tristeza se prefiere no anidar en ella. Se cuentan las gracias y los talentos recibidos como verdaderos regalos de Dios y cuando nos damos cuenta de todo lo que tenemos experimentamos la sobreabundancia que nos rodea.

Cecilia Barone

Artículo originalmente publicado por Familia Cristiana

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