Política

¿Por qué el aborto se ha convertido en un “dogma”?

El Parlamento francés debate una propuesta para limitar la libertad de expresión

¿Por qué el aborto se ha convertido en un “dogma”?

© YANN BOHAC / CITIZENSIDE

En 1974, Simone Veil declaraba ante la Asamblea Nacional francesa que el aborto “es siempre un drama y será siempre un drama” que hay que “evitar a toda costa”. Precisó que su ley “no creaba ningún derecho al aborto”; aunque “admite la posibilidad de una interrupción del embarazo, es para controlarlo y, en la medida de lo posible, para disuadir a la mujer”.

Cuarenta años y más de ocho millones de abortos más tarde, la Asamblea Nacional ha proclamado que el aborto es un “derecho fundamental” y un “derecho universal”; será una “condición indispensable para la construcción de una igualdad real entre mujeres y hombres y de una sociedad de progreso” (Resolución del 6 de noviembre de 2014).

¿Qué ha sucedido para que el aborto, tolerado en nombre de un mal menor, se convirtiera en Francia en un fundamento esencial del progreso social?

Ninguna revolución, sino la insistencia del mismo movimiento de fondo que también permitió la ley contra el velo: la erosión progresiva de la conciencia del valor de la vida prenatal y la afirmación correlativa del valor de la voluntad individual.

Pero este doble movimiento no es más que uno: la creciente dominación de la voluntad sobre el ser en una cultura que ha perdido su inteligencia metafísica, es decir, la comprensión de la identidad y del valor del ser en sí.

Por lo tanto, el cambio de perspectiva sucedido entre 1974 y 2014 no es lo que parece: es el resultado de un abandono del remanente de metafísica que revestía aún la vida humana prenatal de cierta dignidad.

Desde el punto de vista materialista, carente de metafísica, las vidas humanas en el estadio prenatal no valen nada en sí mismas: son agregados de materia en un estado todavía precoz de un proceso de individualización progresiva que continúa mucho después del nacimiento.

Ya para Cabanis, médico y filósofo de la Ilustración francesa, “el feto no es más que, digamos, una mucosidad organizada”. Todavía desprovistos de conciencia y de voluntad propias, estas vidas humanas no tienen valor más que en y por la voluntad de los adultos responsables de estas vidas.

Sus vidas tendrán el valor correspondiente a la medida del proyecto que el adulto es capaz de formar para ellos, que determina el nivel de conciencia de estos, es decir, su autonomía.

La dominación de la voluntad sobre el ser

Hoy en día, ignorando el alma y la dignidad inherente a cada vida humana prenatal, e incluso la individualidad del ser concebido y llevado en el vientre, el discurso sobre el aborto se reduce a menudo a una afirmación unilateral de la voluntad individual, como testimonio de la expresión “un hijo si quiero y cuando quiera”, y de los eslóganes de la campaña gubernamental de 2015: “Mi cuerpo me pertenece”, “IVE [interrupción voluntaria del embarazo], mi cuerpo, mi elección, mi derecho”.

Una campaña semejante no está concebida para la prevención del aborto, sino más bien para su promoción, como si no fuera un mal que hubiera que evitar, sino una libertad, un bien que poseer. ¿Con qué fin?

Promover el aborto como una libertad expresa una elección filosófica fundamental: la de la dominación de la voluntad sobre el ser, elección que resulta ser el fundamento de la posmodernidad. Esta elección, por sus implicaciones, va más allá de la cuestión de la regulación de los nacimientos.

La práctica legal y masiva del aborto transforma la relación de nuestra sociedad con la vida humana: la desacraliza y desnaturaliza la procreación; de esta forma libera al ser humano de su respeto supersticioso hacia la naturaleza.

El aborto abre así la vía hacia el control racional de la vida humana, considerada como un material; la humanidad incrementa su facultad para darse forma a sí misma, es más “dueña y maestra de la naturaleza” en la prolongación del proyecto cartesiano.

Pierre Simon, principal artesano de la liberalización de la contracepción y del aborto en Francia, declaraba en 1979: “La vida como material, ese es el principio de nuestra lucha”, “su administración nos pertenece”, “como un patrimonio” [1].

Al romper a través del aborto el icono del respeto a la vida, la sociedad accede a una “libertad” nueva: la libertad científica que conduce al dominio de la procreación y de la vida, pero también a la libertad sexual, facilitada por la contracepción, pero garantizada por el aborto. No hay “libertades” científica y sexual sin aborto.

El aborto condena a la sociedad al materialismo y nos impide considerar, bajo pena de condenación propia, que el ser humano tenga una individualidad y un alma, desde antes del nacimiento, independientemente de su estado de consciencia.

Esta condenación del materialismo se percibe también como una liberación que no será completa hasta que el aborto esté totalmente aceptado, si fuera posible. Así se explica la negativa a escuchar el sufrimiento de las mujeres que se han enfrentado al aborto y la voluntad de banalizar el acto.

La negación del cuerpo en beneficio del espíritu

El aborto se ha convertido también en un dogma, puesto que, al liberar a la sexualidad de la procreación y a la mujer de la “servidumbre de la maternidad” (Margaret Sanger, fundadora de la Planificación familiar en EE.UU.), esta transgresión emanciparía a la humanidad del instinto sexual y reproductivo y la elevaría por encima de lo que resta de su animalidad. De esta forma, la humanidad avanzaría en el proceso de evolución que va de la materia al espíritu.

El aborto sería también necesario porque reduce en gran proporción la descendencia de las mujeres más pobres, las poblaciones menos “evolucionadas”: conservaría así la virtud social de atajar la miseria de raíz. Mucho antes de ser la bandera del discurso feminista, el materialismo, el malthusianismo y luego el eugenismo fueron los primeros promotores del aborto.

Así, el verdadero objeto del “birth control” no es tanto la planificación de los nacimientos como la toma de control racional del instinto sexual, de la procreación y de la vida, como vector del progreso de la humanidad.

Por el contrario, las personas que se oponen al aborto sólo serían idolatras de la vida y enemigos del progreso, ya que no habrían admitido que la vida no es más que materia, a pesar de que la consciencia es espíritu, lo propio del ser humano y su único bien verdadero.

Esta concepción del progreso resulta del establecimiento de una oposición entre el cuerpo y el espíritu. Esta dialéctica, profundamente anclada en el imaginario humano, destruye la unidad humana: la voluntad no puede, sin sufrimiento, volverse contra su propio cuerpo ni sublevarse contra sí misma.

Afirmar que “la IVE es algo que se elige libremente” significa imponerse una mutilación; pero no consigue, no más que los piercings y los tatuajes, espiritualizar el cuerpo.

Esta negación del cuerpo en beneficio del espíritu es la aspiración angelical, antigua y maniquea; comporta una dimensión metafísica.

Cristo respondió a esta negación del cuerpo en beneficio del espíritu mediante la encarnación. Haciéndose carne, la Palabra, el espíritu de Dios, elevó el cuerpo a una dignidad que sobrepasa todo lo que el hombre puede alcanzar por sus propias fuerzas.

Cada vez que se consagra la Eucaristía, la materia más corriente es elevada a la dignidad más alta; cada vez que una mujer y un hombre comulgan en la Eucaristía, cada vez que se unen y transmiten vida, participan en la unidad vital de las personas divinas en la Trinidad.

Así habla Yahvé: “Te he dado a elegir entre la vida y la muerte, entre la bendición y la maldición. Elige, pues, la vida, para que vivan tú y tus descendientes” (Deuteronomio 30:19).

[1] Pierre Simon, De la vie avant toute chose, editorial Mazarine, París, 1979.