Cien años de perdón: Corrupción a la española, con B de Barcenas

Tras su estructura de película de atracos clásica, se oculta una denuncia contra la corrupción política

De un tiempo a esta parte, el cine de género autóctono se está quitando los complejos a la hora de abordar, de forma más o menos directa, la situación política y económica de nuestro país. La denuncia y la crítica social han dejado de ser coto exclusivo de los autores comprometidos –será interesante ver hacia dónde lleva ese cambio de tendencia a los Bollaín y León de Aranoa de turno–, así que cada vez se filtran más en productos teóricamente dirigidos hacia el gran público, sean thrillers como El Niño, El desconocido o La isla mínima o comedias como Negociador, Perdiendo el norte o Murieron por encima de sus posibilidades.

Una línea que continúa, alcanzando unos sorprendentes niveles de agresividad política, Cien años de perdón, incursión de Daniel Calparsoro en las películas de atracos en la que sus máximos responsables se han atrevido, entre otras cosas, a colocar como antagonista en la sombra a una especie de émulo ficcional de Esperanza Aguirre, capaz de cualquier cosa para evitar la filtración pública del historial de financiación ilegal de su partido político.

Resulta, desde luego, un afortunado accidente que el largometraje llegue a las pantallas justo ahora, poco después de la dimisión de Aguirre como presidenta del PP de Madrid, y con la entidad profundamente tocada por sus inacabables casos de corrupción: gracias a ello se diría que, tras sus formas genéricas, ejerce como un retrato perfecto de la desesperación en la que está sumida la clase política española después de los resultados del 20D.

Un comprometedor disco duro, oculto en la caja de seguridad de un banco por parte de un seudo Bárcenas, ejerce como el McGuffin sobre el que el guionista de la función, Jorge Guerrica Echevarría, construye el auténtico encaje de bolillos que supone el guión de Cien años de perdón.

Con la vista puesta en el Plan oculto de Spike Lee, elabora una compleja trama que, si bien no renuncia a seguir las líneas argumentales marcadas por el subgénero de atracos, se apoya, sobre todo, en el mametiano juego de inteligencias que se establece a lo largo del metraje.

Ese tiro y afloja continuo que se produce entre los criminales liderados por El Gallego y El Uruguayo (espléndidos Luis Tosar y Rodrigo de la Serna) y los políticos representados por Ferrán y Mellizo (no tan entonados Raúl Arévalo y José Coronado) estructura una historia en continuo movimiento, que muta y se reconstruye, con la intención de pillar al espectador desprevenido pero, también, la de definir a sus personajes de la forma más económica y más precisa posible. Un trabajo tan milimétrico, sin apenas diálogos sobrantes, que precisaba de un director que supiera elevar el material a partir de lo que sugería sobre el papel.

La cuestión es que la tarea le ha venido grande a Calparsoro. Desde que se refugió en la televisión, su estilo característico se ha atemperado, se ha vuelto menos agresivo y mucho más narrativo, pero también ha perdido el nervio y la tensión que desprendían algunos de sus primeros largometrajes.

Incluso contando como director de fotografía con Josu Inchaustegui, que logró maravillas en El desconocido –no hay más que comparar el retrato que hizo allí de A Coruña con el que aquí logra de Valencia, mucho más plano y más vulgar–, su puesta en escena no pasa de lo meramente funcional, de una cierta eficacia artesanal que logra que el producto se sostenga pero que, a la hora de la verdad, no le da ni el ímpetu ni la garra que pedía a gritos el ambicioso guión de Guerricaechevarría. Su valentía a la hora de mezclar lo génerico con lo político requería de un mayor atrevimiento formal, de un punto de locura que le falta a la, definitivamente, demasiado aséptica Cien años de perdón.

Título original: Cien años de perdón (2016)

País: España

Director: Daniel Calparsoro

Guión: Jorge Guerricaechevarría

Reparto: Luis Tosar, Rodrigo De la Serna, Raúl Arévalo, José Coronado, Patricia Vico, Joaquín Furriel, Marian Álvarez y Nani Jiménez.