Aleteia

¿Has mirado a JESÚS en la CRUZ?

© Gulfu Photography / Prasanth Chandran / CC
https://www.flickr.com/photos/gulfu/12206442436/in/photostream/
Comparte
Llevo días que voy a misa y siento que debo ver la gran cruz que cuelga detrás del altar. Es como una certeza. Me parece  que algo me quiere enseñar el buen Jesús y no descubro qué es. Lo miro y pienso: “Mi buen Jesús, ¿qué es?”

Sientes que te mira  desde aquella cruz y te habla con su mirada.

Es tan pura, llena de amor. Me sé pecador y me cuesta sostener la mirada.

Hoy al terminar la misa me quedé un rato con Él preguntándole: “¿Qué puedo aprender de tu cruz Señor?”

Para muchos santos la cruz de Cristo era una escuela de santidad.

Recordé en ese momento un trabajo en el que me asignaron una oficina cerrada, sin ventanas ni cuadros en las paredes.  Aprovechaba a ratos el silencio para elevar una oración a Dios. Conversaba con Jesús. Imaginaba que me acompañaba y charlábamos. Me encantaba porque experimentaba su cercanía, su amistad, su inmenso amor.

Fue entonces cuando me di cuenta que en aquella pared vacía me faltaba una cruz que me recordara mi vocación, nuestro llamado a la santidad.

Como no tenía ninguna, tomé un pedacito de papel, dibujé una  cruz y la pegué frente a mí a la altura de los ojos.



Desde esa tarde, mi cruz de papel me acompañaba durante el trabajo.
La veía, rezaba y reflexionaba en el sacrificio de Jesús.
Te parecerá una tontería, pero esto tan sencillo, me hacía amarlo más, experimentar su presencia, su ternura.

Me parece que alguna vez te lo he contado. Mi papá era hebreo, se convirtió al catolicismo algunos años antes de morir.  Estuvo signado por una cruel enfermedad.  Y sufría.  Nunca nos dimos cuenta porque lo soportaba en silencio. No se quejó. Ofreció todo por el bien de las almas.

Al morir mi mama me entregó un pequeño libro. Se veía desgastado y estaba subrayado en diferentes lugares.

“Siempre lo tuvo en su mesita de noche”, me dijo mi mamá.  “Con la Biblia, era su libro de cabecera.  Lo consoló y ayudó a soportarlo todo”.

El libro era “Imitación de Cristo”  de Tomas de Kempis. Todavía lo conservo conmigo y en ocasiones lo ojeo. Me ayuda a seguir el recorrido espiritual de mi papá y comprenderlo un poco más.

Una de sus páginas está más gastada que las demás. Se nota claramente que era lo que leía y releía.  Éste es el texto:

“¿…por qué temes tomar la cruz, por la cual se va al reino? En la cruz está la salud, en la cruz la vida, en la cruz está la defensa de los enemigos, en la cruz está la infusión de la suavidad soberana, en la cruz está la fortaleza del corazón, en la cruz está el gozo del espíritu, en la cruz está la suma virtud, en la cruz está la perfección de la santidad”.

Cerré el libro. De alguna manera Dios me estaba hablando.  Y me preguntaba compasivo: “¿Ahora comprendes Claudio?”

Y yo le respondía: “Ahora comprendo Señor”.

Newsletter
Recibe gratis Aleteia.