A lo largo de la historia, las órdenes religiosas han sufrido todo tipo de amenazas. A los momentos de expansión, principalmente a lo largo de la Edad Media y la Edad Moderna, han sido muchas las épocas en las que han vivido desamortizaciones o han sido disueltas por razones políticas o ideológicas.
Pero muchas de esas órdenes consiguieron resistir y continuar sirviendo a Dios y a los hombres y mujeres desde los muros de sus conventos y monasterios largamente atacados. Muchos de esos religiosos y religiosas no solo resistieron sino que fueron clave en la supervivencia de miles de personas amenazadas por desastres naturales o provocados por el hombre.
Uno de esos ejemplos es el de las hermanas basilias, cuyos monasterios, situados en localidades atacadas por las bombas rusas, como Lviv o Zaporizhzhia, son ahora pequeñas islas de paz y ayuda en un mundo de guerra y horror.
Su orden es una de las más antiguas de Ucrania, se remonta al lejano siglo IV, cuando el mundo empezaba a experimentar una amplia expansión de la vida religiosa. En aquel entonces vivió la que sería el alma de las Hermanas de la Orden de San Basilio Magno, Macrina la Joven.
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Nacida en Cesarea de Capadocia hacia el año 324, Macrina llegó al mundo en una familia de profunda piedad cristiana. Su abuela era Macrina la Mayor y sus padres Basilio el Viejo y Emelia, quienes tuvieron hasta diez hijos, entre los que se encontraban Macrina, Basilio, Gregorio (ambos conocidos como los Padres Capadocios) y Pedro, todos ellos futuros santos. Macrina aprendió a leer de la mano de su propia madre quien guió sus lecturas, centradas en algunos textos bíblicos.
Como era habitual en aquellos siglos, Macrina fue prometida en matrimonio con tan solo doce años. Pero cuando su futuro esposo falleció repentinamente, Macrina tomó la decisión de no aceptar ningún otro candidato porque quería centrarse en la oración y en ayudar a educar a sus hermanos y hermanas a quienes transmitió su propia devoción y el amor de Dios.
Cuando su padre falleció, sus hermanos ya eran importantes religiosos. Uno de ellos, Basilio, ayudó a su madre y su hermana Macrina a establecerse en una humilde casa cerca del río Iris, en el Ponto (actual Turquía) donde ambas se consagraron a Dios y se volcaron en una vida ascética.
Cuando falleció Emelia, quien tiempo después sería santificada junto a su marido, Macrina se deshizo de la herencia recibida y continuó con su vida de retiro a la que se habían unido otras mujeres en el que fue el origen de las religiosas basilianas.
Siglos después, en el Rus de Kiev, recientemente convertida al cristianismo de la mano de Olga de Kiev y su nieto Vladimir I, se fundaron muchos monasterios de las Hermanas de la Orden de San Basilio. Durante siglos vivieron relativamente en paz.
A finales del siglo XVIII, muchos de los monasterios fueron cerrados. En siglo XIX muchos de ellos fueron secularizados y las monjas que vivían en ellos tuvieron que dispersarse. Años después regresaron a Ucrania y fundaron centros religiosos en otros países de Europa del Este como Hungría, Checoslovaquia o Yugoslavia.
A principios del siglo XX se expandieron por los Estados Unidos y Argentina. Durante el periodo soviético, de nuevo los monasterios de basilianas sufrieron la supresión de sus comunidades pero mantuvieron vivo su espíritu y sobrevivieron a las dos grandes guerras mundiales.
En la actualidad se encuentran en América, Australia y muchos países europeos, entre ellos en Polonia y Ucrania donde una vez más se han tenido que enfrentar a la amenaza de su desaparición.
Santa Macrina la Joven falleció en el año 379 en el monasterio de El Ponto, que había ayudado a fundar y donde había consagrado su vida a Dios. Un monasterio que fue el origen de una de las órdenes religiosas más importantes de la Europa del Este y que han demostrado en estos días de guerra y desolación, que su legado y su labor están más vivos que nunca.
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