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Un S.O.S. : La “gente de la canoa” pasa hambre

WARAO

Katepalitava-CC BY-SA 3.0-modified

Macky Arenas - publicado el 12/01/22

«Nuestros hijos lloran de hambre», se queja un cacique warao

Son los indios Warao. Su nombre significa “la gente de la canoa” o “gente del agua”. Están dispersos por varias regiones del país y el éxodo de sus comunidades, agravado en estos días por los espeluznantes enfrentamientos entre los irregulares del ELN (Ejército de Liberación Nacional) colombiano y lo que llaman el «sindicato de Barrancas» en Venezuela, les ha complicado la situación al punto de pasar hambre de verdad.

El término «sindicato» se utiliza en el Arco Minero para referirse a organizaciones al margen de la legalidad que mantienen el control de minas y territorios. El Arco Minero representa uno de los principales crímenes ambientales que han depredado la zona. La impunidad que el Estado venezolano ha impuesto y permitido ha destruido extensiones impresionantes. La codicia saca oro y minerales preciosos, a costa del dolor y la muerte para las comunidades indígenas y para el ambiente. Un “barranco” en el cual están presos.

El testimonio de un cacique de la tribu, padre de familia, impactó en días pasados: “Nuestros hijos lloran de hambre”. Sus bosques son tierra prohibida, no pueden circular libremente, tienen terror y hasta los animales parecen haber huido.

WARAO

Un “barranco” en el cual están presos

El 1ro de Enero todo fue un caos. «Por más de 100 horas, al menos 80 familias indígenas vivieron en incertidumbre y miedo por el toque de queda impuesto por grupos armados y las medidas tomadas por las autoridades de seguridad en el municipio Sotillo, del estado Monagas». Así lo informó la asociación civil Kapé Kap, -que defiende los derechos humanos de los pueblos indígenas- respecto a la situación que se vive en Barrancas del Orinoco. Esos enfrentamientos dejaron un saldo de al menos 7 muertos.

La misma asociación confirmó que la comunidad warao de Wirinoko Arao, se vio sometida al encierro. El cacique denuncia pero tiene miedo de revelar su identidad. Como responsable de la comunidada de la cual es jefe, ha dado un paso al frente para describir su situación y hacerla conocer al mundo: “Estamos encerrados, hay miedo y temor para salir de las casas ante las horas de terror vividas el primero de enero por el tiroteo que se generó a tan sólo 100 metros de la comunidad”. Así se lo expresó a Kapé Kapé en una comunicación por vía telefónica.

El toque de queda impuesto en la convulsionada zona les impide salir a buscar comida: «No podemos salir de nuestras casas, nuestros hijos lloran de hambre».

Lo más serio e indignante es que aquello es territorio sin ley y el Estado tampoco les asiste en nada. Están a su suerte. Los cuerpos de seguridad campean a su antojo en las calles pero no les prestan ayuda.

Sólo cuentan con el “vuelo de las mariposas”

Se sabe que ningún organismo de derechos humanos se ha hecho presente en la zona. «Mientras la reserva alimenticia se agota y el hambre se apodera de las familias indígenas» fue lo que dijo el cacique al único organismo que se ocupa de divulgar su situación, organización que se ha impuesto la tarea de defender y proteger los derechos de los pueblos indígenas, por cierto, no sin riesgos también para ellos.

Explican que han orientado su trabajo de campo en la identificación y abordaje de las necesidades más urgentes de las comunidades indígenas: Jivis, Yekuanas, Pemón, Piaroas y Warao, entre otros y están localizados en todo el territorio Venezolano.

El nombre es original y muy simbólico: Kapé Kapé significa el vuelo de aves y mariposas en Pemón, es alusivo a la libertad. Es la libertad de autodeterminación, del respeto a valores ancestrales, la convivencia pacífica en igualdad de condiciones y el respeto por el medio ambiente.

La «gente de la canoa»

Esta comunidad ancestral ocupa el Delta de Orinoco. Debido a su medio ambiente acuático, una de las pertenencias más preciadas de los Warao es es la curiara o canoa, las cuales tallan enteras del tronco de un árbol.

La población indígena denominada Guaraunos o Waraos, término que en su idioma significa “gente de la canoa” o “gente del agua”, se encuentra localizada en el oriente venezolano, distribuidos en los cuatro municipios del estado Delta Amacuro: Tucupita, Antonio Díaz, Casacoima y Pedernales.

El territorio geográfico de los Waraos está formado por una serie de islas y caños en los que se divide el Río Orinoco antes de desembocar en las aguas del Océano Atlántico, región conocida como Delta del Orinoco. La vegetación predominante son manglares, árboles de madera blanda, y palmeras de moriche.

Son bilingües y hablan fácilmente el español. Su lengua nativa, el warao, no presenta elementos comunes con otras de la región; su pronunciación vocal es similar al castellano y para la escritura utilizan solo 18 letras del abecedario.

El definitivo gesto de colgar un chinchorro

Otro dato curioso de esta cultura tiene que ver con los matrimonios Waraos que se dan entre personas de distintas tribus. Ellos no realizan ceremonias sino que se formalizan cuando el hombre cuelga su chinchorro en la vivienda de su pareja.

Viven de la pesca con redes y anzuelos. También utilizan el arco, las flechas y los arpones. En sus pequeños conucos cultivan yuca, plátano, maíz y ocumo. Comercian con su hermosa cestería y artesanía. Trabajan muy bien la madera de los árboles. Su labor manual es hermosísima, llena de colorido y de profunda simbología. Cada trazo de tejido es, simplemente, el producto de un diseño vistoso, sino de significados y mensajes poderosos.

Una antigüedad de miles de años antes de Cristo

Los Waraos fueron artesanos expertos en épocas que se remontan a miles de años. Porque, hay que destacarlo, se asegura que la antigüedad del Warao en el Delta se remonta aproximadamente a 17.000 años antes de Cristo. Los descubrimientos en torno a su cultura hacen suponer que esta raza humana es de las más antiguas del Delta y de Venezuela, desde donde se desplazaron a diferentes islas del Mar Caribe.

Los Waraos se agrupan en pequeñas comunidades formadas por unas 10 a 15 viviendas, dirigidas por un anciano, jefe o cacique que se encarga de organizar el trabajo comunal con los individuos más capacitados, lo que garantiza la supervivencia de la tribu. El papel de la mujer es principal y se relaciona con el ejercicio efectivo de la autoridad sobre los hijos y la distribución de los quehaceres diarios.

“Hebú” es el equilibrio y la paz

Son politeístas, adoran al sol y a la luna. Los expertos explican: “Su fe está conectada con los Hebu, espíritus que, según su creencia, están dotados de razón, sexo y voluntad, están en todos los elementos de la naturaleza y pueden influir de forma positiva o negativa en las comunidades según el comportamiento del individuo».

Creen que la muerte viene por causa natural, la vejez, o por causas sobrenaturales con la intervención de los espíritus malignos. En los hogares se quema tabaco envuelto en hojas de manaca para alejar a los malos espíritus y mantener a los buenos en armonía con la comunidad. Son los Hebu quienes ofrecen el equilibrio y la paz entre ellos”.

Wisiratu

La figura religiosa de la tribu es el Chamán o Wisiratu, quien tiene la salud del pueblo bajo su responsabilidad mediante la intermediación con los espíritus Hebu para mantener el equilibrio y el don de curar cuando se ha roto esta armonía que produce enfermedades.

Según relata el portal Pueblos Indígenas, “una de las manifestaciones de los espíritus malignos es el mal de ojo, provocado sólo con Los síntomas de la enfermedad son vómito, diarrea, fiebre, pérdida del apetito, entre otros y se da principalmente en los infantes menores de 6 años”. Para curar el Mal de ojo, el Chaman utiliza rezos, hechizos y plantas medicinales. la mirada de una persona a otra, a través de la envidia o el rencor.

Un S.O.S

Con la llegada de los misioneros españoles, algunas comunidades adoptaron las creencias de la iglesia católica por lo que también celebran algunas de sus fiestas tradicionales.

Hoy, esa raza, asentada allí primero que nadie, con un acervo cultural milenario, es víctima de abusos sin nombre. Están pidiendo auxilio desde lo más profundo de su selva, hoy acosada por enfrentamientos que no los involucran, víctimas de una violencia que no les pertenece.

No hay Chamán que pueda con eso. No hay mal de ojo detrás. Hay destrucción y muerte por causa de la desmedida ambición de riqueza y de control de un territorio que es sumamente rico. Es avaricia y ruindad lo que manda allí.

El abandono de estas comunidades tiene que acabar. Los Estados deben hacer su trabajo y preservar sus vidas y costumbres, velar por la vigencia y respeto a su cultura que aporta el equilibrio y la paz que nuestra casa común merece.–

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