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América Latina: de caleidoscopio a rompecabezas

BRAZIL

Shutterstock | Nelson Antoine

Macky Arenas - publicado el 03/07/21

Un continente que lo tiene todo…menos estabilidad

Lo acaba de señalar el economista y director de Ecoanalítica, Alejandro Grisanti, en el marco del foro “Propuestas para Resolver la Crisis Económica de Venezuela”, organizado por el Observatorio Venezolano de Finanzas:

“Es imposible llegar a una senda de crecimiento sostenido si no se produce en Venezuela un acuerdo político, que ataje, que busque crear los consensos para atacar de manera inmediata, eficaz y efectiva las inmensas aristas que engloba esta problemática venezolana y esta crisis; tenemos que llegar a un acuerdo no solo entre los venezolanos, sino un acuerdo político que sea reconocido internacionalmente”.

Parece de perogrullo pero muy comprometido como para que las élites lo asuman.

La sentencia vale desde la Patagonia hasta el Río Grande

La Iglesia Católica venezolana ha salido de nuevo al ruedo con ocasión de un nuevo aniversario de la Batalla que en 1821 abrió el camino para fundar la República invitando a que sea “una ocasión para que los habitantes de Venezuela hagan una seria revisión de vida sobre lo que ha significado esa gesta independentista y acerca de los desafíos de cara al futuro”, ofreciendo “algunas ideas para ayudar a todos, sin excepción, llamando a refundar a Venezuela iluminados por los principios del Evangelio.

Ciclo fatal

Problemas por el estilo nos encontramos en otros países, demasiados para estar tranquilos. El péndulo se mueve nuevamente y crece la sensación de que podría girar a la izquierda, aunque analistas muy conocedores de nuestras singularidades no se muestran demasiado inquietos. Estamos, si, en una de las horas más oscuras y sin ver la luz al final del túnel. Aleteia consultó la opinión de varios agudos observadores que llevan el pulso al continente.

“Se trata de un proceso cíclico que viene dándose en América Latina –explica MF S. Graterol, veterano periodista- a partir de los años 40 y ha cambiado de acuerdo a las transformaciones generadas en nuestros países. Sigue siendo una zona de subdesarrollo, joven comparativamente con otros continentes y arrastrando una historia de lucha entre democracia y dictaduras. Dictaduras expresamente militares. La búsqueda de la democracia ha sido un proceso muy duro, sangriento, que costó mucho estabilizar en los años sesenta, cuando la mayoría de los países contaban con gobiernos democráticos, pero subsistiendo siempre el riesgo militar”.

Populismo y militarismo

Cuando se pensaba que la estabilidad democrática se había consolidado, vivimos una dura etapa, los años setenta, con la aparición de las dictaduras del cono sur, que marcaron una etapa terrible de retroceso político. Comenzaron en Brasil, Chile, Argentina, Uruguay. Luego, surgió un fenómeno propio de estas sociedades, el populismo, figuras que emergen a partir del manejo de la desigualdad social que existe aunada a la inestabilidad política e institucional. Pero pareciera que populismo y militarismo están condenados a jugar al relevo.

En ese lapso se enmarcan los movimientos guerrilleros de izquierda que venían de los años 60, animados por Fidel Castro, quien quiso exportar su revolución al resto de América Latina pero que fracasaron, todos, de la manera más rotunda. Una expresión contundente de ese fracaso fue la muerte del Ché Guevara en la selva boliviana.

“Comenzaron los gobiernos progresistas en relación a lo que significaba en aquél momento las corrientes políticas –dice S. Graterol-; en este continente lo que llamamos izquierda siempre estuvo vinculada a las democracias, más bien a la socialdemocracia pues los radicales se casaron con la guerrilla marxista y fue aislada”. Ello marcó la diferencia.

Deliberantes y serviciales

“Lo de Chávez -agrega- es el desarrollo de un proyecto que no es el tradicional de los partidos progresistas, sino que decide en función de la vinculación que establece con Cuba. Emerge de las fuerzas armadas, pero no como los generales tradicionales a lo Pinochet, sino como un oficial medio y tiene la posibilidad, cuando llega al poder, de decapitar la estructura militar que existía trabajando, tutelado por Castro, en la reconfiguración de las fuerzas armadas. Es como se convierten en un factor político crucial.”

De hecho, las fuerzas armadas en Venezuela, hoy, no se parecen a ninguna otra en el continente. En todo caso, una especie de reproducción del ejército cubano, deliberante y al servicio de un proyecto político particular. No es un contingente armado que se mantiene al margen de los factores de poder e interviene en momentos cruciales, sino que delibera y constituye el poder en sí, con unos paradigmas distintos al resto de las fuerzas armadas de América Latina. “Eso –puntualiza- a cualquier gobierno le confiere un peso, esas fuerzas armadas son el gobierno. El componente adicional es que Venezuela es un país petrolero, lo que determina su economía y fortalece al Estado chavista con una etapa inicial de bonanza. Ello permitió a Chávez tener una fuerza armada propia, asociada a su proyecto. Utiliza esa riqueza, no para alimentar la economía en su conjunto, sino para un plan asistencialista que le garantizó una clientela política también propia y cautiva”. Ello explicó su permanencia en el poder y su impacto en los sectores de izquierda del continente. Pero ello no es transferible.

Chávez fue una figura que no se puede trasladar, sin más, a un Kirshner, ni a un Perón, ni siquiera a Lula, pero estimuló proyectos similares relacionados por el beneficio de la riqueza petrolera venezolana. No identidad plena sino una particular relación de aliado político muy utilitaria.

El freno en Perú

Aún dentro de este cuadro global, cuando se aborda la situación por cada país se notan las particularidades. En Perú, por ejemplo, donde el primer signo de lo que será el futuro inmediato está marcado por la incertidumbre para declarar al ganador de la contienda, ya la suerte está echada y aparece Castillo como vencedor –aunque no proclamado oficialmente debido a las denuncias de fraude- pero Iván Rojas profesor de estudios internacionales en la UCAB Guayana, baja los ánimos asegurando que “en Perú la estructura institucional no permite cambiar al Estado como lo hizo Chávez en Venezuela”; y aunque no visualiza a Pedro Castillo como agente positivo para la vuelta de la democracia, tampoco como aliado importante para Maduro.

Es verdad que los presidentes peruanos en general tienen menos margen de maniobra de los que tiene casi cualquier otro jefe de Estado en la región y Castillo está, de entrada proclamando muchas ideas impopulares, además de ir en contra de “unos valores que, en Perú están más arraigados de lo que estaban en Venezuela, como el respeto al sector privado o la libertad del mercado”, recuerda el internacionalista. Según este enfoque, valores e instituciones serían el freno a probables excesos de la nueva clase política.

Desgaste y caos

El embajador Milos Alcalay, con larga experiencia en el cuerpo diplomático en tiempos de la democracia- mira el asunto de América Latina desde una perspectiva menos optimista, pero en tres dimensiones. Por un lado, la pandemia sanitaria y la cuarentena han generado un efecto multiplicador pues ahora, según su óptica, hay otra pandemia económica que se agrega a la injusticia social que ya padecía la región y, a pesar de los logros innegables de las democracias, lo que ha conseguido es ahondar las diferencias.

“Es una crisis mundial –dice- pero se siente mayor cuando hay situaciones de desigualdad. Un segundo elemento es el desgaste de la democracia. Los partidos políticos encuentran muchas dificultades para adaptarse a la nueva realidad. De la revolución tecnológica surgen multiplicidad de voceros que han cambiado la conformación de la opinión y los partidos no se han actualizado a la nueva realidad, lo que los debilita. El tercer elemento: ante el fracaso del modelo de exportación de la revolución bolivariana, que tuvo un éxito inicial con el ALBA cuando encumbró regímenes como el de Lula y Dilma Roussef, los Kirshner, Correa, Evo Morales y Ortega, luego perdió por el desastre de esos gobiernos, la corrupción y el desplome social. Pero ante la debilidad de una alternativa democrática, pluralista y de libertad, el enfoque del Foro de Sao Paulo fue acabar con el prestigio de los dirigentes políticos que podían ser parte de la solución”.

Ciertamente, la dirigencia política que acumulaba experiencia para hacer frente a esto, fue desbancada por los políticos emergentes, algunos muy criticados como la propia Keiko Fujimori, o simplemente incompetentes para comprender la dimensión del problema y hacerle frente. Ello facilita la generación de caos, como ocurre en Colombia y Chile, por ejemplo, cuando se enarbolan banderas de protestas que no tienen que ver con lo que en verdad se proponen. “De paso -agrega Alcalay- el bloque de Puebla actúa unido para desestabilizar, lo cual no es un secreto pues lo dicen, lo escriben en documentos que circulan ampliamente y lo ponen en práctica a la vista de todos. Sus acciones están orientadas a la destrucción del sistema democrático; de otra parte, están los grupos de políticos que han intentado algún diseño de defensa de la democracia, como el Grupo de Lima en el caso de Venezuela, pero sin lograr consolidar una visión geopolítica y geoestratégica de unidad. Ello sucede también a nivel nacional, no hay unidad, ni bloque, ni eficacia”.

Decía Vaclav Havel, líder de la Revolución de Terciopelo que significó la derrota del Partido Comunista de Checoslovaquia, que por miedo la gente se ha acostumbrado a ignorar la realidad. Es lo que ocurre en nuestros países. La sociedad civil se va haciendo dócil, desesperanzada, justamente lo que se busca. Nos lo define bien claro el constitucionalista Nelson Chitty La Roche: “No es libre el pueblo que ha sido despojado por el Estado, o éste más bien, usurpado por el gobierno y, menos aún, cuando el fenómeno se cumple quebrantando los referentes constitucionales y nomotéticos de ese establecimiento societario, al cual debió representar y servir. Sin ejercicio ciudadano; no puede haber entonces soberanía y, obviamente no habrá libertad”.

Eso está pasando.

El “ojo” del lider

Hoy en día Europa se está desmoronando por la pérdida de liderazgo. Ya no tiene estadistas como De Gasperi, Schuman y otros que vieron la necesidad de una unidad europea para evitar la confrontación. “Hoy, con excepciones, no hay esa visión de estrategia global como la hubo en el nacimiento de la Comunidad Económica Europea. En América Latina también lo hubo y la construcción de la integración del continente fue producto de ese ojo estratégico. Se armaron bloques al interior de la OEA, la ALALC y las subregiones como el Mercosur. Había una visión que producía admiración. Baste ver los escritos de The Economist en los años 70, uno percibía la admiración que sentía Europa por las iniciativas de los latinoamericanos. Eso ha desaparecido”, se lamenta Alcalay.

Al interior de los países, la realidad es que la gente no acude a las elecciones para votar por una propuesta sino en contra del otro candidato, signo inequívoco de la ausencia de un liderazgo nutritivo y confiable. “Es lo que vimos en Perú. El porcentaje logrado por Keiko no fue por ella, sino el voto contra Castillo. Y con Castillo pasa lo mismo, él no es un líder poderoso, era la alternativa contra Fujimori, por el odio que hay contra ellos”.

Hoy importa tener dirigentes políticos con habilidad. Ecuador, que ha logrado –no sabemos por cuánto tiempo- salir de la crisis, demostró con Lasso que ha sabido negociar y remontar las dificultades entendiéndose con sectores que le eran adversos.

“Esa capacidad de olfatear en la política para seguir el rastro asertivo, como la tenían los políticos de hace décadas en este continente, un Betancourt o un Caldera en el caso de Venezuela, un Fernando Henrique Cardoso en el caso de Brasil o un Eduardo Frei en Chile, un Franco Montoro, eran prestigiosos estadistas y también hábiles políticos que supieron adaptarse a una serie de realidades haciendo de la política un arte. Gente como el canciller Arístides Calvani, quien acertadamente veía que la única forma de hacer buena política es llevar a la gente a ella a través de la formación humanista y abierta a todas las corrientes, aunada al fomento de la participación. Que no hay éxitos automáticos, sino que requieren esfuerzo y pasar etapas”.

Eran hombres de la época para la época. Hoy en día tenemos que conformarnos con decir: esto es lo que hay. Hoy, todo el mundo cree que sabe de todo, opina de todo y no escucha a quienes hablan con solidez. “Con ello –completa- se ha perdido hasta el respeto institucional y se ha roto la pirámide del liderazgo a lo cual contribuye, por cierto, la falta de transparencia en las acciones de los líderes políticos”.

Nicaragua: la revolución traicionada

Alguien dijo en días pasados que la cabeza de la serpiente en América Latina era Cuba. Nicaragua y Venezuela ocupan hasta la cola. Revoluciones traicionadas y exportadas que hoy parecen estar detrás de las revueltas que envuelven a otros países. Incluso detrás del atentado sufrido por el helicóptero del presidente Colombiano cuando sobrevolaba la frontera con Venezuela, según las propias fuentes militares colombianas.

A Nicaragua lo han llamado el “gulag” centroamericano. Por no querer compartir el poder, han puesto tras las rejas, de la manera más arbitraria, a todo el que anuncie su intención de presentar una candidatura electoral. Un escenario inédito en el continente. Una crisis que comienza y termina en la pareja presidencial, cuatro manos que mecen la cuna.

El ex embajador Juan José Monsant, sensiblemente indignado, nos da la razón por la que Ortega decidió darle una patada a la mesa: “Ortega no soportó ser derrotado dos veces por una mujer, por la madre y por la hija. Invadido por el miedo, optó por darle una patada a la mesa, mandar al carajo las formas, las leyes y a la comunidad internacional, acusó a Cristiana de lavado de dinero, la metió presa y le quitó sus derechos políticos (al igual que hizo posteriormente con cuatro precandidatos más)”.

Los nicaragüenses han resucitado de sus cenizas y llevan varios años luchando después de una inercia larga y penosa. La Iglesia los acompaña. El cardenal Brener, que iniciaba el 2021 llamando a evitar confrontaciones en un año electoral –habida cuenta de las muertes y torturas que vienen sufriendo tantos compatriotas- hace días llamaba a los jueces a tomar decisiones “apegados a la verdad”, en clara referencia al caso de la aspirante a la Presidencia Cristiana Chamorro Barrios, que es inexplicablemente acusada por supuesta “gestión abusiva y falsedad ideológica en concurso con lavado de dinero, bienes y activos”.

Claves y tendencias

Y ya que mencionamos el tema electoral, Carlos Malamud y Rogelio Núñez, del Real Instituto Elcano, realizan un balance preliminar de las elecciones ocurridas en América Latina durante el primer trimestre del 2021. En ese contexto, analizan los “ejemplos de carácter autoritario (Nicaragua), poco respetuosos con los fundamentos de la democracia (El Salvador) o donde la demagogia y el populismo, de izquierda o derecha (Argentina kirchnerista, México de López Obrador o Brasil de Bolsonaro), surgen como respuesta a la crisis”.

Y completan la panorámica: “En otros países, las protestas ponen en jaque y paralizan los sistemas políticos (Colombia) o abren inéditas experiencias de cambio institucional con una gran incertidumbre. En Chile, con unas elecciones presidenciales y parlamentarias a la vista, las diferentes fuerzas políticas no parecen, a priori, muy inclinadas a alcanzar acuerdos en medio de una alta fragmentación política y la ausencia de consensos que impiden avanzar en una agenda común”.

Reaparece el voto castigo, lo cual no dejan de lado: “Las elecciones realizadas en América Latina en el primer semestre de 2021, bajo los estragos socioeconómicos y sanitarios de la segunda oleada del COVID-19 y un lento proceso de vacunación, se han caracterizado por su heterogeneidad (geográfica y de la naturaleza de las citas ante las urnas) y un generalizado voto de castigo a los oficialismos con algunas excepciones (El Salvador y, en menor medida, México)”.

“Hay una fragilidad que apenas soporta la paridad entre los odios y las confrontaciones entre bandos. Ello tendría que reconstruirse en una suerte de unidad nacional para la solución de los grandes temas, lo cual parece utópico hoy en día cuando lo que tenemos es una polarización permanente -acota Milos Alcalay-. Sobrevivirá el que tenga capacidad de presentar buenas propuestas y al mismo tiempo, desplegar mecanismos de diálogo no excluyentes. Ello implica un ejercicio diario con los factores internos que buscan la explosión y los factores externos que pujan de un lado y del otro”.

De la fragilidad del caleidoscopio el cual, no obstante, tiene su propio y admirable orden, nos desplazamos hacia un rompecabezas donde ninguna pieza parece calzar.

Vuelven las “oscuras” golondrinas

En Brasil, ya se preparan para lanzar a Lula como candidato de consenso nacional; en Perú vemos como inevitable tener a un Castillo, no preparado para lo que le espera, tomar el mando del país; no se sabe qué ocurrirá en Colombia –donde la izquierda nunca ha tenido peso sino que ha sido una fuerza absolutamente marginal que derivó a la lucha armada- cuyo verdadero problema es el desgaste de un modelo bipartidista que no abre espacios dentro de un país que se ha complicado mucho con el narcotráfico y los persistentes problemas sociales. A su favor, Colombia tiene una estructura institucional que data del siglo XIX la cual funciona; tampoco se divisan los alcances de una constituyente parida por la crisis como la chilena.

Perú presenta un problema de tensión social y su división es histórica. La zona moderna de Lima mantuvo el poder político y aún mantiene el económico. El Perú marginal, de la costa, el indígena, emerge pero no parece posible que consiga cambiar sustancialmente las cosas. ¿Cuál será la voltereta de México, un país sumido en la más espantosa violencia?. Eso está por verse.

Oscuras golondrinas que vuelven sus nidos a colgar en los balcones de nuestras maltrechas sociedades.

El cambio toca las puertas

Durante los años 90 navegábamos en el continente hacia un neoliberalismo que se endeudó a partir del disparo de los precios petroleros. Los árabes nadaban en abundancia de recursos y estos países los necesitaban. Se los facilitaron no sin mediar una intencionalidad política. Se abrió entonces el famoso “hueco” de la deuda externa, del cual hoy, todavía, muchos países buscan salir a través de la condonación pues de otra manera es inviable el pago. Hoy, América Latina es una zona donde se han profundizado las desigualdades.

Lo que está planteado en la actualidad es un regreso a ese ciclo. No es un dilema entre izquierda y derecha. Muchos, ingenuamente, creen ver un renacimiento de otros Chávez o del chavismo en ciertos países, lo cual es un simplismo que no resiste análisis serios. Con Krishner se creyó así y luego ganó Macri con votos prestados del peronismo. No es que Macri fuera la derecha y el peronismo la izquierda. Lo que regresa ahora es el proceso cíclico que ha caracterizado el movimiento político pendular en América Latina desde hace décadas. Y que sólo se interrumpirá para bien, si se logran consensos que estabilicen los gobiernos y consoliden las instituciones.

No es, ni mucho menos, una llegada de la izquierda arrasando. No son, ni parecidos, una reedición del proceso chavista. Factores desestabilizadores pueden medrar a sus fines, intentando pescar en río revuelto. Pero el asunto es distinto.

“El cuadro, más que desestabilizador, es de cambios, lo cual a veces cuesta entender –apunta nuestro analista- . Si en Chile cristaliza lo que está pasando, significa que decae todo el modelo que instauró Pinochet desde el año 73 y que mantuvo, con matices, durante treinta años la famosa Concertación. Ese modelo garantizaba elecciones y no había un dictador pero era, en esencia, una política que se regía por la Constitución que dejó Pinohet. Puede ocurrir que esa política cambie pero en mi criterio no significa, en lo absoluto, que regresará el desbarajuste de Allende”. Otro socialdemócrata, por cierto, que permitió los manejos de la izquierda comunista y sucumbió. Chile es, en definitiva, una especie de Suiza donde la violencia no está en su ADN. Ha vivido la violencia política puntual pero no podemos ubicarlo en el ranking de los países violentos sino de los civilizados donde las reglas de juego han prevalecido.

El imperio de la realidad

Lo que se impone en el continente son las realidades. Muchos querrán imitar el esquema chavista pero no podrán. No se repite pues se dio en el contexto de Venezuela que facilitaba el proyecto. Ese espejo agrega, además, un elemento disuasivo para querer emular un camino a todas luces fracasado, lo que muestra el Ecuador, aparte de que “El triunfo de Correa nunca fue el triunfo de Chávez; el kirchnerismo desapareció, Lula también en su momento, Correa, Evo Morales. En otras palabras, aunque quieran, se imponen las condiciones reales de posibilidad”.

Otro dato de la realidad es uno de los grandes escollos para la paz en América Latina, el cual tiene que ver con una equivocada percepción del crecimiento. Se suele identificar la estabilidad económica con los meros índices estadísticos. Y de alguna manera es correcto. Pero nuestras economías exportan materias primas y existe alta demanda en el mundo, sobre todo con la emergencia de China. Si un país tiene un sector privado fuerte, capaz de exportar, crece. Crece en números, pero… ¿a partir de qué? ¿De un proceso inclusivo de la sociedad que crece o tan solo en números y curvas? caso en el cual, mientras más creces más desigualdades generas. Es por ello que observadores muy experimentados pronostican en América Latina un recambio de liderazgos y proyectos sin que ello suponga el advenimiento de procesos drásticos de transformación política y social.

La ruta de regreso a la civilidad

Existen problemas sociales subyacentes que incuban potenciales estallidos. Ello representa un riesgo real para el resquebrajamiento del estado de derecho y el quiebre de las democracias que con tanto esfuerzo se fueron imponiendo en países que antes vivían bajo botas militares. La fragilidad institucional, las demandas insatisfechas de la población y una clase política sin fuste para comprender la dimensión del desafío, son ingredientes que ponen presión a la olla. Y hay paletas listas para revolver el potaje. Hoy se escuchan ruidos de sables, siempre como telón de fondo cuando rugen las multitudes. La tormenta perfecta para que truene un mesías y se instale en el poder con el propósito de no dejarlo jamás. El movimiento es, de nuevo, entre períodos de fuerza y períodos de civilidad.

La Iglesia no ha sido mera espectadora del que sigue siendo, no obstante, el continente de la esperanza. En todas partes alerta, media, alienta y orienta. Tal vez sea el episcopado venezolano que lleva más de dos décadas lidiando con un régimen totalitario- que ha mostrado sus cartas desplegando sus pompas y sus obras- la que mejor calibre la naturaleza de nuestros males y la manera de librarse de ellos. Lo que ha propuesto a todos los políticos, con base en “la mejor política”, propuesta por el Papa Francisco en Fratelli tutti, es que no busquen acuerdos para favorecerse y que escuchen el clamor de la gente. Desde esa premisa, plantean la urgente necesidad de “refundar la nación”. Es el principio para detener este ritornello infernal que agota a los países y engulle generaciones.

El Papa Francisco, latinoamericano de origen, envió este mensaje en 2020: «La profundidad de la crisis reclama, proporcionalmente, la altura de la clase política dirigente capaz de levantar la mirada y dirigir y orientar las legítimas diferencias en la búsqueda de soluciones viables para nuestros pueblos».

Eso, tan simple y tan complejo, es el único camino que puede conjurar el ciclo fatal.

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