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No sé quién soy ni dónde está Dios, ¿qué puedo hacer?

SAD

Photo by Francisco Gonzalez on Unsplash

Luisa Restrepo - publicado el 16/09/20

A veces nos han olvidado o nosotros mismos nos hemos olvidado, y no podemos hacer nada más que esperar a que alguien nos encuentre

La vida nunca ha dejado de parecer un viaje en el que puedes perderte.

A veces, en realidad, solo necesitamos que nos noten. Asustados y cansados, comenzamos a gritar para que alguien nos escuche y para poder darnos cuenta de que estamos vivos.

Somos como esa oveja perdida de la que nos habla Jesús. A veces nos han olvidado o nosotros mismos nos hemos olvidado, y no podemos hacer nada más que esperar a que alguien nos encuentre.

Luego están las relaciones en las que nos perdemos. A veces nos perdemos porque hemos decidido irnos; a veces, aunque nos quedamos, tenemos el corazón en otra parte. O a veces, nos quedamos tanto que nos estancamos, nos olvidamos de quiénes somos.

Solo nosotros podemos decidir volver, como los dos hijos de la parábola. La oveja y los dos hijos tienen que decidir cómo quedarse y cómo dejar encontrarse, pues podemos perdernos de muchas formas, pero siempre habrá alguien que nos busque: un pastor, un amigo, un padre, alguien que nos ama.

Amor sin lazo

BUTTERFLY
Serhii Brovko|Shutterstock

Quizás dejamos una relación porque nos sentimos atrapados. El amor es exigente. Nos cuesta sentir que no podemos poseerlo y adaptarlo a nuestro ego. Nos cuesta permanecer.

El hijo menor quiere un amor sin restricciones. Quiere cariño sin compromiso, hasta que al final aprende -por las malas- que su necesidad de amar se realiza solo en el vínculo permanente.

Tenemos hambre de afecto y por eso corremos el riesgo de apegarnos al primer “amor” que encontramos. Pero, a la vez, pensamos que en una relación solo podemos ser esclavos, que solo podemos amar perdiendo la libertad.

Esta es la enfermedad de la que debemos curarnos, y solo nos curamos cuando conocemos a alguien que está listo para amarnos incondicionalmente, para celebrar nuestra vida, alguien que nos ama para dejarnos ser y no para poseernos.

Amor permanente

FATHER AND SON
altanaka | Shutterstock

El Padre vivió con anticipación este encuentro: nunca dejó de buscar al hijo perdido en sus pensamientos, y cuando el hijo por fin decidió regresar, lo trató con libertad.

El Padre vuelve a vestir a su hijo, no le hace ver su debilidad, le devuelve su dignidad. Él hace que se ponga un traje nuevo, le pone unos zapatos.

En esta relación, el hijo es una persona libre, no un esclavo. La vida del hijo es celebrada con un banquete de alegría y agradecimiento.

Estar sin estar

Father and son teen
Stock Rocket/Shutterstock

Mientras tanto, el hijo que no se había ido también está perdido, aunque viviera con el Padre.

Volver a una relación, cuando estamos perdidos, es aún más difícil si hasta entonces solo hemos fingido quedarnos.

Cuando no tenemos el valor de irnos y nos quedamos por compromiso sufrimos en silencio. Como el hermano mayor, también nosotros, nos quedamos fuera del amor del Padre. La verdad es que quizá nunca estuvimos dentro en esa relación.

Acostumbrado, enojado y pensando en sí mismo, el hijo mayor es incapaz de festejar al otro: todo lo que se le da a su hermano parece que le ha sido arrebatado.

Sanando relaciones rotas

PRODIGAL SON
Domaine Public

¿Cómo se construye entonces la reconciliación? ¿Cómo se curan las relaciones rotas?

El Padre no recuerda al hijo mayor su sentido del deber, no trivializa su enojo. El padre se muestra vulnerable: si le había dado el vestido, el anillo, los zapatos y el becerro al hijo menor, ¡le da su corazón al hijo mayor!

Sí, porque la reconciliación no se puede construir sin dar al otro algo precioso de uno mismo. La reconciliación no es una idea ni es solo una palabra, la reconciliación se hace en la carne.

Nadie nos puede obligar a regresar. Volver a tener una relación es siempre una decisión que debemos tomar, una decisión personal en la que nadie puede reemplazarnos.

Sea que nos hayamos ido o que nos quedemos por costumbre, la parábola termina con la puerta abierta: depende de nosotros entrar o quedarnos fuera del amor del Padre.

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