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Saber morir nos ayuda a vivir mejor

COLOMBIA
Leonardo CASTRO / AFP
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¿Qué nos puede enseñar la muerte hoy?

No solemos hablar sobre la muerte. Cuando nos preguntan sobre ella nos ponemos nerviosos, nos da temor, preferimos no dar muchos detalles y vamos postergando el tener que pensar sobre el tema, cuando en realidad es más saludable que se la trate por lo que es: un hecho de la vida que todos en algún momento tendremos que pasar. Hemos ido dejando la idea de la muerte a un lado y hoy la vivimos con menos conciencia.

De hecho, la tecnificación nos hace pensar que la muerte es algo lejano. Es cierto que ahora hay condiciones que posibilitan que la gente viva más tiempo, pero nos consideramos seres inmortales creyendo que la medicina, con todos los avances, tiene una respuesta para todo.

Otra de las razones por las que hemos tomado distancia con la muerte ha sido porque, al igual que muchas cosas, se ha industrializado y la experiencia ha cambiado mucho. Antes las personas morían y se las velaba en sus casas, la comunidad participaba y los familiares estaban acompañados. Había una intimidad en el hogar que propiciaba el encuentro genuino y cercano.

Hoy en día muchas personas mueren en las terapias de los hospitales, solos e incluso alejados de sus familias. Además la situación actual de la pandemia ha provocado que se hayan prohibido las despedidas, los funerales y entierros tomándose aún más distancia con esa realidad y haciendo que se pierda la ritualización del proceso de la muerte que es importante vivir.


Por otro lado, nos han educado con la idea de que la muerte siempre es un fracaso, ya que el objetivo de la medicina es curar. Sin embargo, la verdad es que las personas estamos conviviendo con patologías todo el tiempo, como la diabetes o la hipertensión, que gracias a la medicación podemos sobrellevar con una situación más o menos estable.

En un punto más profundo aceptar la muerte es un golpe a nuestro ego, nos genera una herida porque duele imaginar un futuro en este mundo sin nuestra existencia o pensar el qué hará la gente que queremos sin nosotros. Nos miramos imprescindibles y también mostramos cierto egoísmo en un intento por apropiarnos de la vida de los demás.

También nos cuesta acercarnos a la muerte porque ésta viene a poner fin a nuestras expectativas, proyectos y a la vida misma. Sin embargo si en vez de poner nuestra energía en evadirla la tomaríamos como maestra, nuestra vida cobraría un sentido muy particular donde todos nuestros ideales, acciones e ilusiones se vivirían con mayor intensidad.

La muerte, aunque nos cueste entenderlo a primera vista, es algo natural y necesario. Si fuéramos inmortales las cosas que hacemos y las personas con las que tendríamos relación, no serían tan valiosas. No nos quedaría nada por hacer o decir y los vínculos y momentos vividos no serían tan memorables al disponer indefinidamente del tiempo.

Está comprobado que el saber morir nos ayuda a vivir mejor. No se trata de tener pensamientos negativos o suicidas, sino de tomar esa parte de nuestra existencia con conciencia. Si aprendemos de la muerte, nuestra vida se llenará de sentido aportandonos muchos beneficios que nos ayudarán a vivir mejor el tiempo presente.

Identificar temores y potencialidades humanas

La conciencia sobre la muerte nos permite desde un lugar amoroso tener claros los temores y saber cuáles son los recursos con los que contamos para enfrentarlos. A veces sentimos que somos débiles, que no vamos a poder con algo, pero si somos aceptados amorosamente con conciencia, podemos encontrar todo nuestro potencial como seres humanos y ver más allá de lo inmediato.

Perdonar y no dejar vínculos rotos

La muerte nos hace replantear cuestiones por resolver. Si uno encuentra la paz con uno mismo y con los demás, si se perdona y perdona sin echar culpas, es capaz de soltar y tener la fortaleza para poder irse a algo incierto. La muerte nos anima a hacer las paces con la vida, a quitarnos un peso y sentirse aliviado de equipaje sabiendo lo que quiere llevarse y lo que quiere que los demás conserven de uno.

Ordenar cosas y buscar un balance


La idea de que uno va a morir suele dar tiempo para que las personas puedan acomodar cosas en un proceso de despedida. La visión de la muerte nos permite movernos para no dejar asuntos pendientes o cosas por hacer y buscar un equilibrio para darle prioridad a lo importante como dedicarle más tiempo a la familia y obtener una mayor calidad de vida.

No perder un tiempo maravilloso

Si no tomamos conciencia de que somos mortales posiblemente perdamos tiempo haciendo cosas que no queremos o que no nos hacen bien. Se postergan proyectos o se guardan cosas que nunca terminamos de aprovechar. No significa dejar de planificar, pero no hipotecar la vida. Cuántas cosas sacrificamos dejando de ser felices por una promesa futura. Si hoy fuera nuestro último día, ¿cómo lo viviríamos?

 

Ser agradecido


Pequeñas cosas como poder caminar cobran gran sentido. Muchas veces damos por seguro que tenemos cosas o hacemos cosas, nos autovalemos, oímos, andamos y creemos que es lo que “debe ser”, pero cuando somos conscientes de cosas que se van perdiendo o que podemos perder, de pronto nos levantamos, vemos el sol, podemos movernos y empezamos a ser y sentirnos presentes y damos gracias por ello.

Vivir con más humanidad

 La muerte nos abre a la posibilidad del dolor. Cuando nos abrimos al sufrimiento del otro nos convertimos en mejores personas y aprendemos a vivir desde otro lugar. Un lugar más espacioso, más amable y desinteresado. Podemos acompañar mejor al que sufre, somos capaces de conmovernos y conectar con otros sentimientos de la vida.

Aumentar la capacidad de amar

Con la experiencia de la muerte palabras como resiliencia y paciencia toman más fuerza. Esos valores que a veces se dicen a la ligera se viven profundamente cuando se ponen en juego. Uno es consciente que el amor y la compasión deberían guiar toda nuestra vida. No se trata de sentir lástima poniendo a otro en un nivel inferior, sino de vivir la compasión como algo que nos une e iguala.

Hacer que la vida valga la pena

Saber que nos vamos a morir ilumina nuestra vida desde otro lugar. Nos ayuda a vivir con propósito cada día. Nos permite desdramatizarla y quitarnos máscaras, reconocernos finitos y vulnerables y saber lo que queremos realmente. Tenemos la oportunidad de poder examinarnos y hacer cambios sin perder la esperanza, ese sentir de que uno puede hacer una apuesta por algo porque ese momento que vive está lleno de valor.

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