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Dios Trinidad NECESITA volcar su amor en ti

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Daniel Jedzura I Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 07/06/20

Y Jesús es la manera perfecta de hacerlo

Creo en ese Dios que es Trino. Ese Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Creo en esa Trinidad que vive desde ese amor exagerado que se abre y se entrega a todos los hombres. Hoy escucho:

«La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros».

El amor trinitario es un amor de comunión que se dona, que se hace entrega continua. Ese amor se derrama sobre el hombre.

Ese amor me impresiona, me sobrepasa y me atrae de forma inevitable. Quiero a ese Dios que me ama y quiero amar como me ama Dios y no lo consigo.

Creo que mi felicidad está dentro de mí, pero no es así, está fuera. Hay algo fuera de mí hacia lo que tiendo y sin lo cual permanezco incompleto. Comenta el padre José Kentenich:

«Mientras el ser humano siga siendo un ser creado y limitado, no encontrará, como lo hace la Trinidad, la satisfacción en sí mismo. Todos sus impulsos relativos al ser, al amor y a la actividad tienden para su propio despliegue, su plenitud y felicidad hacia su fuente originaria, hacia Dios. Esos instintos son fuerzas primordiales del alma que despliegan una poderosa fuerza que promueve la entrega a Dios».

No encuentro la satisfacción de todos mis deseos dentro de mí porque estoy incompleto.

Ese Dios todopoderoso me necesita. Ese amor Trino necesita volcarse sobre mí. Y para acercarse a mi indigencia el amor de Dios se hace carne en Jesús.

El hijo, Jesús, se queda en medio de los hombres, haciéndose un hombre entre los hombres.

Dios quiere hacerse historia, limitarse en el tiempo, someterse a todas las debilidades de los hombres. Acepta toda su fragilidad menos el pecado.

Porque el Hijo de Dios no puede estar roto por dentro. No puede hacer el mal queriendo el bien. En Jesús no hay división. Sus actos y sus pensamientos están integrados.

En Jesús no hay maldad, ni envidia, ni egoísmo, ni rencor, ni palabras hirientes. Es imposible que la bondad sublime e infinita tienda al mal.

El hijo de Dios es hombre y Dios al mismo tiempo. Pero se ha limitado voluntariamente en todo el poder que posee. Dios es amor y no puede negarse a sí mismo.

Jesús es Dios, es el hijo de ese «Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad». Dios todopoderoso, por su amor compasivo, se entrega a los hombres como un hijo indefenso.

¿Qué bien puede traer a los hombres un Dios impotente? A menudo no lo entiendo.

El hombre quiere y necesita en su vida un Dios todopoderoso. Necesita un Dios que solucione sus problemas, no simplemente un Dios que permanezca a su lado sin hacer nada.

Si Dios todo lo puede, ¿no podría acabar de golpe con todos mis miedos? ¿No podría salvarme de todas mis angustias?

El Dios Trino, poderoso, ese amor misericordioso sin medida no quiere imponerse a los hombres. No avasalla con su fuerza. No obliga a dar amor, ni siquiera a recibirlo.

El amor que yo doy pretendo que lo acepten siempre. Incluso aunque no lo quieran, yo exijo que lo acepten. Porque soy muy generoso y quiero que lo alaben.

Pero Dios no es así. No pretende que el hombre lo ame a la fuerza o movido por el miedo.

¡Cuántos cristianos aman a Dios movidos por el miedo! Temen el castigo del infierno, temen una vida eterna infeliz, lejos del amor de Dios. Y aceptan obligados sus normas y preceptos.

No es un amor puro. Es un amor motivado y encendido por el miedo. Mejor amar que odiar a quien me puede castigar, piensan. Importa la imagen de Dios que llevo grabada en el alma.

O me mueve la experiencia de la misericordia o me mueve el temor a un Dios que puede tomar represalias si no me comporto como Él espera.

Quiero confiar en ese Dios que me ama. No quiero que el temor me mueva en nada.

El amor de Dios se derrama en su hijo Jesús. Se hace carne para que el hombre vea cómo es Dios. Miro a Jesús en este día. Se hace uno de ellos. ¿Lo amarán los hombres tanto como Él los ama?

Muchos rechazan ese amor. No pueden soportar tanta misericordia y se rebelan contra la bondad. Prefieren la oscuridad de las tinieblas y rechazan la luz del sol.

Yo creía que la bondad no podía ser rechazada, ni el amor, ni los abrazos, ni la ternura. Pero no es así. El hombre puede rechazar la verdad, el amor y la bondad.

Pensaba yo que era imposible que Jesús fuera repudiado por los suyos. Imposible que la luz que ilumina los caminos fuera ignorada.

Pero he visto que no es así. Yo mismo rechazo a Dios tantas veces en mi vida. Huyo de su presencia, de su amor infinito, de su luz y me refugio en mi egoísmo.

No quiero sufrir y prefiero que sean otros los que sufran. No soporto un amor tan grande al que no puedo corresponder. No quiero estar en deuda con Dios. No quiero deberle nada. Quiero el equilibrio, la paridad.

No quiero deber algo a alguien y menos a ese Dios todopoderoso que se muestra indefenso.

El amor de Dios Trino es el amor de un Dios que es hogar y familia. La Trinidad me habla de un amor perfecto mientras todos mis amores en la tierra son imperfectos.

Pero al ver ese amor para el que estoy hecho surge en mi corazón el deseo de amar más. Hoy escucho:

«Hermanos, alegraos, trabajad por vuestra perfección, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros».

Ese amor infinito, trinitario, quiere sacar lo mejor de mí. Yo contemplo ese amor que me ha creado y me alegro. La comunión, la familia, el hogar es la expresión del Dios Trino.

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