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¿De dónde sale mi rabia?

Shutterstock / Varnava

Carlos Padilla Esteban - publicado el 29/06/18

Amar a los que me rodean es más importante que llevar razón

A menudo me doy cuenta de una cosa, no me basta con tener razón, necesito que me la den. Quiero que reconozcan que estoy en lo cierto, que estoy en posesión de la verdad. Quiero que sepan que he acertado en mi forma de ver las cosas. Que digan que mi punto de vista es el correcto.

Que lo sepa yo está bien. Pero que otros lo sepan y lo reconozcan, marca la diferencia. Es mi orgullo.

A menudo guardo rencor y vivo con rabia. Pienso que el mundo no me da la razón. Me la quita injustamente. Los demás, o alguien importante en mi vida, no ven las cosas como yo las veo.

Quiero que lo digan en alto, que lo reconozcan públicamente. No me basta con ganar. Necesito los titulares de toda la prensa rendidos a mis pies.

Cuando eso no sucede, cuando no aplauden mi forma de ver las cosas, me lleno de rabia. Sé de dónde viene ese rencor guardado. Alguna vez me negaron esa razón que era mía. Yo grité con furia. Tenía razón. Pero el mundo guardó silencio. O le dio la razón a otro de forma inmerecida.

Me quedé confuso, solo. Yo tenía la razón. Buscaba argumentos. Entre ellos el grito, o la fuerza. Producía el efecto contrario. Volvían el rostro. Me dejaban solo. Y entonces el odio comenzó a tomar fuerza en mi corazón herido.

¿Nace con tanta facilidad el odio? Es una palabra tan fea. Tiene tanta fuerza. No nace de golpe. Va incubando lentamente, guardando heridas y desprecios, alimentándose de los insultos y olvidos.

Como un ave carroñera que sólo se alimenta de despojos muertos. Así mi odio crece al no sentir que otros me dan la razón que tengo.

Y culpo a Dios de mi desdicha. Él podía cambiarlo todo. Podía haberlo hecho diferente. Me duele no tener un lugar, un camino, un final feliz.

Podía haberse inventado algo que diera forma a mis sueños. Podía darme la razón de forma definitiva y hacer posible lo que yo deseo. Y si no lo hace es que no es mi Padre. O por lo menos es un padre que no quiere a su hijo.

Dios, o el mundo, no me afirman. Aunque tenga muchos likes en mis redes sociales, nunca es bastante. Alguien tendrá más.

Y querré que muchos más me sigan a mí y me den la razón. Es tanta la vanidad, mezclada con el odio que he ido guardando y esa mirada llena de rabia que tengo.

Tal vez, me parece, no necesito tener razón para ser feliz. Creo que puedo ser feliz teniendo razón o no teniéndola. No es tan importante.

Puede que esté en lo cierto. Que el otro lo haya hecho mal y yo no. Pero eso no cambia nada. La vida es como es y no puedo cambiarla aun teniendo toda la razón del mundo. Aun siendo injusto todo lo que me pasa. Aun siendo yo el que debería tener una vida mejor de la que tengo.

Pero no es así y tengo que querer mi vida como es. Con o sin razón. ¿Qué importa? Lo importante no es estar yo en lo cierto, cargar con la verdad a cuestas.

Lo que importa de verdad es amar la vida y en ella al que Dios ha puesto en mi camino. Amar mi presente hoy y no los futuribles que deseo. Amar mi alma rota y todas las injusticias que padezco. Aunque quisiera borrarlas de un plumazo. Pero no puedo.

Dios quiere mi bien. Quiere que sepa que me mira, sostiene y sana. Quiere que sepa que está conmigo. Él siempre tiene la razón. Yo no siempre. Y aunque la tenga sólo desea que sea feliz y haga a otros la vida más fácil.

Por eso desde hoy tomo una decisión: no importa que tenga la razón, no importa que esté yo en lo cierto, que lo mío sea lo justo y lo otro lo injusto.

Puede que sea así, es cierto. Pero no voy a dejar en ningún caso que ese deseo de que me den la razón acabe quitándome la paz y la alegría.

No voy a aceptar que mi deseo de recibir el reconocimiento me lleve al rencor y al odio. Voy a aceptar que mi vida no es justa.

Y que si persigo la justicia continuamente, o la perfección, o la verdad, haré de mi mundo un infierno. Y haré que los demás sean objeto de mi rabia, de mi ira, de mi odio. No lo quiero.

Quiero aprender a amar. Sin buscar la razón. Amar con el corazón a los que tengo en mi camino. Eso es más importante, mucho más, que el hecho de que muchos me den la razón y me digan que estoy en lo cierto.

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