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Emigrante, empresario, viudo, religioso ¿y santo?

SEBASTIAN APARICIO
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Sebastián de Aparicio ayudó a los indios pobres en México y hoy es considerado protector de los conductores

Le llaman el primer charro de América por su trabajo capturando y domando ganado. Emigró a México en 1533, procedente de lo que hoy es España.

En Puebla, fundó una empresa de construcción de carros de carga y transporte. Ayudó a los indios pobres enseñándoles lo que sabía. También ayudó a construir carreteras.

En 1542 se trasladó a la ciudad de México y siguió con su trabajo, cada vez mayor. La web pazybien cuenta varias anécdotas de sus años de trabajo transportando viajeros y minerales.

En una ocasión, mientras transportaba mercancía, lo asaltó una banda de Chichimecas que al principio no lo reconocieron. Pero cuando se dieron cuenta de quien era lo dejaron pasar libremente. “Tú has sido siempre como un buen papá para con nosotros. -dijeron- A ti no te haremos daño”.

Pasando una vez Sebastián con sus carretas por la plaza mayor de México, aplastó por accidente la mercancía de un vendedor de cacharos, el cual le desafió espada en mano. Las disculpas y la oferta de Sebastián de pagar los daños no consiguieron calmar al comerciante que le vino encima.

Con su gran fuerza y habilidad Sebastián le derribó por tierra. El cacharrero pidió perdón por amor de Dios. Sebastián le ayudó a levantarse, diciéndole: “De buen mediador te has valido”.

A los 50 años de edad se estableció en una hacienda ganadera en Chapultepec. Aunque había ganado bastante dinero con su trabajo, su estilo de vida era muy sencillo: no tenía cama sino que dormía en un petate, comía las mismas tortillas que los indios y vestía humildemente.

De hecho, convirtió su hacienda en un centro de misericordia. Allí trataba como amigos a sus trabajadores. En una época en la que la esclavitud era habitual, él sólo tenía uno… al que trataba como a un hijo hasta que le concedió la libertad… y quiso quedarse a su lado como trabajador por lo bien que estaba junto a él.

Tras sufrir una enfermedad muy grave, a los 60 años se casó con la hija de un amigo vecino, con la que llevó una vida virginal. A los pocos meses enviudó. A los 67 años volvió a contraer matrimonio, también virginal.

Así lo explicó Sebastián en una cláusula de su testamento: “Para mayor gloria y honra de Dios declaro que mi mujer queda virgen como la recibí de sus padres, porque me desposé con ella para tener algún regalo en su compañía, por hallarme mal solo y para ampararla y servirla de mi hacienda”.

También murió esta segunda esposa antes de pasar un año de la boda, al caerse de un árbol mientras recogía frutas. Aparicio decía de ellas años después que “había criado dos palomitas para el cielo, blancas como la leche”.

La vocación a la vida religiosa le llegó al final de su vida. Su confesor le recomendó que ayudara a las hermanas clarisas que estaban pasando miseria, así que les cedió sus bienes y se fue él mismo a servirles como portero.

El 9 de junio de 1574, a los 72 años de edad, recibió el hábito franciscano. Dio desde el principio un gran ejemplo de humildad haciendo cualquier servicio con prontitud.

Y por fin a los 73 años de edad, el 13 de junio de 1575 recitó la solemne fórmula:

“Yo, fray Sebastián de Aparicio, hago voto y prometo a Dios vivir en obediencia, sin cosa alguna propia y en castidad, vivir el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, guardando la Regla de los frailes menores”.

Y un fraile firmó por él, pues es analfabeto.

Sebastián de Aparicio fue declarado beato, y pronto podría ser canonizado. De hecho, muchos ya le consideran santo. Acuden a él como protector de los conductores de cualquier tipo de vehículo del aire, mar y tierra. Su cuerpo incorrupto se encuentra en una iglesia de Puebla.

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