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No seas una mujer católica estereotipada, ¡sé tú misma!

Lyuba Burakova | Stocksy United
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Ropa modesta, sonrisa amable, carácter inocente… ¿Así es el estereotipo de mujer católica? Te ayudamos a no prestar atención a ridículas confusiones.

Hace tiempo, en la universidad, escuché que un amigo me comentaba sorprendido: “No tienes pinta de católica”. Empecé a reírme y pensé: “Bueno, es verdad que llevo pantalones, me río de la vida, leo al filósofo Witold Gombrowicz  y a veces me desespera la gente”. Y encima tengo el pelo corto.

Pasaron tres años. Cambié a Gombrowicz por Szymborska y me compré dos faldas, pero no importa cuánto lo intente, no soy un modelo de feminidad católica según la gente. Si el mundo estuviera dividido en dos lados, blanco y negro (ay, qué sencilla sería la vida entonces), en un lado estarían las feministas de ojos sombreados con vaqueros desgarrados luchando por los derechos de las mujeres y, en el otro lado, las católicas, versión sin maquillar con falda de los 80, alianza de boda, niños y un libro de oración en la mano. En mi caso, probablemente tendría que despedazarme y repartirme entre un lado y el otro. Una mano allí, un pie aquí y la cabeza a la basura.

Pero estos estereotipos no nacen por las buenas.

Hay muchos estereotipos sobre las mujeres católicas; estereotipos sobre sexo, inteligencia, vestimenta, estilo personal e independencia de pensamiento. ¿De dónde han salido? De una falta de conversación, de las apariencias mediáticas y, también, en mi caso, del patio de recreo de mi infancia.

Recuerdo bien cómo dos amigas mías de secundaria destacaban abierta y ruidosamente su fe, infravalorando totalmente su feminidad. (Equiparaban el ser mujer más con una falda que con el champú). Gracias a ellas supe del movimiento católico juvenil Oasis, pero también debido a mis otras compañías, nunca encajé.

Sin embargo, a medida que fuimos creciendo, muchas de nosotras nos hemos encontrado con los estereotipos por boca de familiares, amigos o colegas de trabajo. Las palabras hieren nuestra autoestima y dignidad y nos hacen dudar sobre si podemos vivir a nuestro modo, con Dios, y si de verdad importa tanto a los demás la forma en que vivamos nuestras vidas. Así que, ¿qué puedes hacer al respecto? Primero, dejar de preocuparte. Luego…

Intenta no idealizar tus elecciones

Idealizar tu vida devota es comprensible, porque queremos dar testimonio de que una vida con Dios es hermosa… ¡porque lo es! Pero dar testimonio es compartir la verdad, no contar una película. En realidad, el estilo de vida cristiana no es fácil. La planificación familiar natural no es fácil. Es trabajo duro. Requiere paciencia y compromiso de las dos partes.

La abstinencia premarital tampoco es coser y cantar, es más parecido a pasear bajo un aguacero en el campo y lo único que garantiza es una cosa: no embarazo. Pero así es como expresamos nuestro amor a Dios y nuestra confianza en Su consejo.

Vivir en armonía con Dios te da una felicidad auténtica, un sentimiento de realización, una paz de corazón inestimable y una amistad con el Ser más increíble del universo. Pero no es fácil en absoluto. Así que intentemos no mejorar nuestro cristianismo con el Photoshop cuando lo mostremos a los demás.

No pongas excusas

Los estereotipos católicos a menudo van ligados a preguntas sobre nuestra actitud hacia el sexo y la contracepción. La Iglesia, vista desde fuera, puede dar la impresión a los demás de que estamos limitados por normas: no sabemos nada sobre nuestros cuerpos porque solo confiamos en la opinión de los curas, usamos el “método del calendario” que consiste en contar los días de una menstruación a la siguiente y pasamos toda nuestra juventud negando nuestra sexualidad.

Pero todo el mundo tiene la elección de ver y experimentar el mundo a su propio modo. Para las mujeres católicas, la sexualidad es un asunto muy íntimo y no necesitamos explicarlo a todo el mundo. Es nuestra elección personal y, es más, no tenemos siquiera por qué hablar de ello.

Tenemos derecho a tomar nuestras decisiones en la vida y en la fe. No todo el mundo tiene por qué entenderlas; no todo el mundo tiene por qué aceptarlas. Lo importante es que las hemos hablado con Dios.

Recuerda que no tienes por qué ser la mejor

Es agradable ser el mejor estudiante, sentarte en la primera fila de la clase y sacar todo sobresaliente. Pero si ya han pasado unos cuantos años desde tu graduación en el instituto, tienes que dejar de pensar en todo como si lo estuvieran evaluando. Los valores cristianos no son un concurso sobre la vida más noble. Nuestro objetivo no es obtener puntos por buenas acciones, sino llegar a la salvación. La maternidad no es mejor que la soledad y tener muchos hijos no es un cupón de plenitud espiritual. Sea lo que sea lo que logremos hacer en la vida, es un regalo.

Y hablando de decisiones, pregúntate qué significan para ti una buena y una mala decisión. ¿Enfatizar la validez de tus elecciones mejora tu bienestar? ¿Buscas justificación? ¿O quizás en algún lugar de tu interior tienes envidia de alguien?

A veces el mejor testimonio es admitir nuestra debilidad y nuestra simultánea confianza en Dios.

Sé tú misma

Me he comprado una boina roja y trato de mezclarme con las señoras mayores al salir de la iglesia. Y ¿sabes qué? Me gusta. La Iglesia es tan diversa que es una total pérdida de tiempo tratar de luchar contra molinos de viento.

Mientras respire, lea buenos libros y me divierta con las hipérboles en las noticias, estoy bien. Y desde que dejé de idealizarme a mí misma y a los demás, ya no trato de demostrar nada a nadie. Por fin siento que mi prioridad es la opinión de Dios (y no la de todos los demás).

 

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