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CINE CLASICO: “Ali”, el boxeador pacifista

Antonio Rentero - publicado el 12/06/16

La cinta de Michael Mann protagonizada por Will Smith logra mostrar la grandeza del hombre más allá de sus puños

«Ali bumayé… Ali bumayé… Ali bumayé» («Ali mátalo… Ali mátalo… Alí mátalo»).

La multitud coreaba ese mantra bajo la lluvia en Kinshasha, Zaire, el 30 de octubre de 1974, en el evento organizado por el inefable Don King y bautizado como «The rumble in the jungle» (traducible por “Jaleo en la jungla”. Mohammed Ali se enfrentaba a George Foreman en una pelea que simbolizaba algo más que un combate de boxeo. Ali encarnaba la conciencia de la negritud frente a un Foreman al que le tocó el papel de representar el icono de la arrogancia norteamericana.

Pese a que el bravucón de Ali había anunciado que mantendría en jaque a Foreman a base de bailar a su alrededor para cansarle (Foreman había ganado 37 de sus 40 peleas por KO antes del tercer asalto), haciendo buena su célebre frase de «Fly like a butterfly, sting like a bee… rumble, baby, rumble!» («Vuela como una mariposa, pica como una abeja… ¡pelea, chico, pelea!») nada más empezar el combate Ali se lanzó hacia el campeón al que trataba de arrebatarle el título y comenzó a lanzarle, llegando a golpearle hasta nueve veces, un punch de derecha absolutamente inusual.

Después de ese desconcertador inicio, a partir del segundo asalto Ali, que más que basar su técnica defensiva en protegerse de los golpes con una guardia impenetrable tenía la grandísima virtud de ser muy hábil esquivando los golpes de su adversario, se dedicó a reinventar un nuevo concepto del término «gran fajador» resistiendo un inmisericorde castigo de Foreman mientras física y verbalmente le alentaba a que siguiera golpeándole.

Quería hacerle sacar su rabia, hacer que se entregara con fuerza… quería desgastarle como nunca nadie lo había hecho. Terminó agotando a Foreman, vaciándole de fuerzas en su ánimo y su resistencia. Ali se encerraba en las cuerdas y dejaba que el campeón le lanzara cientos de golpes, que progresivamente perdían fuerza, técnica y eficacia.

Poco antes del final del octavo asalto Ali le preguntó a Foreman «¿Eso es todo lo que tienes?» y procedió a ejecutar una rápida y breve sucesión de contundentes golpes que acabaron con el campeón de los pesos pesados en el suelo, una cuenta hasta 10 y Ali, en medio de África, arrebatándole el título. La multitud coreaba ese mántrico “bumayé” (mátalo) pero a pesar de lo que muchos puedan pensar en relación con una práctica deportiva basada en golpear al adversario hasta hacerle caer, Mohammed Ali era pacifista.

Durante su juventud Ali se convirtió en todo un símbolo por su afán de autosuperación, su coraje humano, su valentía política en unos tiempos en que el color de la piel seguía clasificando a la gente en la autoproclamada «Tierra de la Libertad».

Deportivamente era capaz de ganarlo todo, socialmente no olvidaba a los suyos, religiosamente se convirtió al Islam abandonando lo que él denominaba «su nombre de esclavo», Cassius Clay, creando en ese aspecto continuas controversias por sus polémicas declaraciones. Y políticamente fue coherente con sus ideales al negarse a ir al Vietnam a combatir alegando objeción de conciencia, perdiendo por ello su título, quedando interrumpida su carrera deportiva en los Estados Unidos durante casi 10 años. Y todo por negarse a ir a Vietnam a combatir contra, como él decía, “jóvenes que no me han hecho nada”.

Michael Mann (“El último mohicano”, “Heat”, “Collateral”) reconstruye en “Ali” (2001) la trayectoria personal, deportiva, humana y política de quien ha sido calificado como EL MÁS GRANDE no tanto por sus logros puramente deportivos como por su generosidad, su defensa de los valores de respeto al prójimo y en última instancia su lucha por los derechos civiles de los oprimidos. Y todo ello sin dejar de ser un bravucón.

Desde 1980 en que se le diagnosticó la enfermedad de Parkinson dejó de ser una figura activa del deporte, pero no se apartó de la vida pública, llevando su ejemplo y sus palabras a las nuevas generaciones que pueden encontrar en él un modelo que seguir. En los Juegos Olímpicos de Atlanta de 1996 fue el último relevista de la antorcha olímpica, ya dentro del estadio, haciendo que de nuevo, décadas después, la multitud se pusiera en pie y le aclamara y coreara su nombre.

En esta ocasión el público gritó sólo «Ali… Ali… Ali». A pesar de todos los golpes que propinó durante toda su vida, Mohammed Ali creía firmemente en la paz. El pasado 3 de junio Mohammed Ali fallecía y parece una ocasión magnífica para recuperar una película en la que Mann consigue no aburrir como en ocasiones sucede con los biopics (películas biográficas), Will Smith logra hacer suyo un personaje de una talla enorme (no solo física) y el espectador, además de transitar los vericuetos vitales de Ali fuera de la lona también podrá experimentar como en pocas ocasiones ha sucedido en la gran pantalla sensaciones como las que deben tener lugar en el cuadrilátero.

Hay momentos en que casi puede notarse el impacto de los golpes, pero definitivamente la transición de protagonista y espectador se produce cuando la figura del gran campeón conecta con los jóvenes que le animan y corren junto a él por los suburbios de Kinshasha. Es ahí cuando toma conciencia de que constituye un ejemplo y encarna una esperanza.

Es ahí cuando se produce la transición y Ali deja de ser un hombre, un deportista, un boxeador, para tomar conciencia de su lugar en el mundo. Es ahí donde nace, realmente, la leyenda de EL MÁS GRANDE.

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