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El vicario que hizo un pacto con el diablo y después se arrepintió

Aleteia Team - publicado el 30/01/16

Célebre relato medieval del milagro de Teófilo enseña que el perdón, mediado por Nuestra Señora, nunca es imposible

Sucedió en Sicilia, Italia, y dio origen a la famosa leyenda que inspiró el auto sacramental El milagro de Teófilo, uno de los más célebres de la literatura medieval.

Fue escrito por el sacerdote Eutiques de Constantinopla, testigo ocular del hecho, confirmado por san Pedro Damián, san Bernardo, san Buenaventura y san Antonio, entre otros.

¿Y cuál fue el caso de Teófilo?

Vicario de la iglesia de Adanas, en Sicilia, dirigió durante mucho tiempo, con dedicación y acierto, los bienes eclesiásticos, facilitando a su obispo la dirección de las almas. Llegó el día, sin embargo, en que el prelado entregó el alma al Creador, para gran desconsuelo y tristeza de los fieles.

¿Quién ocuparía la sede vacante? No hay duda: Teófilo, se decía por todas partes. El pueblo lo estimaba y lo quería para obispo, dignidad que él, por humildad, rechazó, respondiendo que su vocación era continuar ejerciendo las funciones de vicario. Por fin, otro obispo ocupó la sede vacante.

El nuevo prelado no confiaba en Teófilo y, algún tiempo después, lo quitó de su cargo. La desolación invadió entonces el alma del eclesiástico. Mientras vagaba por la ciudad, el demonio le susurraba: «Perder el cargo, la carrera. ¿Cómo fueron a hacerte eso a ti, Teófilo? Eso no puede quedar así».

Fue en ese estado que el infeliz sacerdote llamo a la puerta de un hechicero. Este, además, no le dio una solución fácil: «Sólo hay una salida: invocar la ayuda de los infiernos«.

Teófilo dudó un instante. Pero el resentimiento le corroía el corazón y terminó aceptando la propuesta. Invocado por el hechicero, el diablo apareció con toda su hediondez.

Con gritos, blasfemias y palabrotas, fue dictando a Teófilo los términos de los actos a escribir en pergamino con la sangre del ex vicario y sellados con su anillo.

Él tenía que renunciar a la fe, a la Iglesia, a la santísima Virgen y a nuestro Señor Jesucristo. Arrodillándose, el ex vicario rindió lealtad al demonio.

Al día siguiente, el nuevo obispo reconoció la falsedad de las acusaciones contra Teófilo y le pidió perdón, restituyéndole el cargo que ocupaba.

La fortuna y el placer le sonreían, pero un profundo malestar lo atormentaba en su interior. Lloraba sin cesar, con la consciencia desgarrada por el arrepentimiento por el enorme pecado que había cometido.

Era como si una mano lo tomara por el corazón. Además, sólo de pensar que su felicidad terminaría un día, se volvía sumamente infeliz. Se llenaba de terror, por encima de todo, de saber de quién era siervo.

Al no poder soportar más la situación, entró un día en la iglesia y, lanzándose a los pies de una imagen de la santísima Virgen, lloró amargamente y le dijo:

«Oh, Madre de Dios, no quiero desesperarme. Aún me quedas tú, tú que eres tan compasiva y poderosa para ayudarme«.

Hizo lo mismo durante cuarenta días, renovando siempre sus súplicas y pidiendo perdón. Una noche, se le apareció la Madre de Misericordia y le dijo:

«¿Qué hiciste, Teófilo? Renunciaste a mi amistad y a la de mi Hijo y te entregaste a aquél que es enemigo tuyo y mío».

Teófilo, sin dejar de llorar, imploró misericordia de la Madre de Dios. Recordando el ejemplo de otros pecadores, como el profeta y rey David, santa María Magdalena y san Pedro, terminó diciendo:

«Señora, perdóname y obtén para mí el perdón de tu Hijo«.

Ella respondió que le perdonaría haberla negado, pero no podría perdonar la negación de su Hijo:

«Consuélate, que rogaré a Dios por ti«.

Tras oír estas palabras, reanimado, se intensificaron sus lágrimas, las oraciones y las penitencias, quedándose siempre a los pies de la imagen de María. Se le reapareció la Madre de Dios que, amablemente, le dijo:

«Teófilo, llénate de consuelo. Le presenté a Dios tus lágrimas y oraciones. De hoy en adelante, guárdale gratitud y fidelidad».

El infeliz respondió:

«Señora mía, aún no estoy plenamente consolado. Aún conserva el demonio el impío documento en el que renuncié a ti y a tu Hijo. ¿Puedes hacer que lo regrese?«.

Compadecida, ella misma se ofreció a ir a buscar el pergamino al infierno. Durante tres días Teófilo esperó postrado en tierra, al cabo de los cuales reapareció la Virgen con el pacto maldito, que entregó a Teófilo como símbolo de su perdón.

Al día siguiente, Teófilo fue a la iglesia, y arrodillándose a los pies del obispo, que en ese momento oficiaba, le contó entre sollozos todo lo que había sucedido.

Le entregó el impío documento, que el obispo hizo quemar inmediatamente frente a los fieles presentes, mientras lloraban todos de alegría, exaltando la bondad de Dios y la misericordia de María hacia aquel pobre pecador.

Teófilo volvió a la iglesia de Nuestra Señora y, después de tres días, murió contento, lleno de gratitud con Jesús y su Madre Santísima.

Una escultura medieval representa el hecho en la catedral de Notre-Dame: en ella se puede ver el auge de bondad de María.

Mientras el vicario arrepentido ora fervorosamente, la santísima Virgen obliga, espada en mano, al demonio a devolverle el pergamino.

Tres fisionomías marcan la escena: confianza y calma en Teófilo; protección maternal y fuerza en Nuestra Señora; cinismo y desesperación en el demonio.

Revista Catolicismo, nº 320, septiembre de 1977.

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