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Europa: ¿Dónde está el Samaritano?

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Los gobiernos «cristianos» pasan de largo y miran para otro lado

Os contaré una historia. Un hombre de Siria e Iraq caminaba hacia Europa. En su país estaba siendo perseguido. Le quitaron sus posesiones y lo echaron de su hogar. Se encontró con mafias que le dejaron con lo poco que tenía a las puertas de una vida mejor. Tras cruzar el Mediterráneo, en Lesbos (Grecia) o atravesando media Europa en pleno invierno.

Cuando estaba allí se encuentra con los europeos, ellos no le dejan entrar a su continente  y lo mandan a campos de refugiados. Allí los países intentan controlar y regular el flujo migratorio. Es lógico piensan algunos. Les da miedo que este hombre pueda ser un terrorista. Les da miedo que pueda violar a sus mujeres.

Países muy solidarios y cristianos deciden confiscarle todo lo que tiene: dinero y joyas por demandar asilo. Así se hace desde 1995 en Suiza y Dinamarca acaba de proponerlo. Naciones cristianas y europeas que requisan todas las posesiones y mandan a este hombre a sobrevivir al frío invierno. Sin techo, sin abrigo, sin nada.

En su país les han robado y echado de casa; las mafias le han “cobrado” los ingresos de toda una vida y los “cristianos” gobernantes le requisan lo poco que le queda. Dinero, joyas y recuerdos. ¿Qué va a hacer un refugiado sin nada? Todos ellos han visto a este hombre, pero han preferido desviarse de su camino y seguir de largo.

Lo peor no es su sufrimiento. Este hombre de Siria e Iraq no viaja sólo. Tiene esposa e hijos. ¿Qué puede decirle a ellos? Intenta ofrecerles esperanza y les cuenta que en Europa y en el mundo cristiano existe una figura, un buen hombre. Alguien que se acerca al que sufre. Alguien que se acercará y viéndolos se compadecerá de ellos.

Les curará las heridas con vino y aceite y se las vendará. Los montará en su Jeep y los llevará a un alojamiento donde los cuidará. Sacará unos cuantos euros y se los ofrecerá al dueño. “Cuídemelo, le dirá, y lo que gaste usted de más, se lo pagaré cuando yo vuelva.” “¿Cómo se llama este hombre?”, le pregunta llorando el hijo al Padre. “Le llaman samaritano”, contesta el hombre llegado de Siria o Irak, “pero no se donde está”.

La imagen de los refugiados cruzando el frío invierno europeo. La imagen de los niños menores de cinco años llorando. La imagen de sus madres intentando consolarles. Padres de familia, jóvenes sin futuro, personas que sufren y huyen porque no tienen más remedio… me recuerdan a la parábola evangélica. Hay ONGs y gente que colabora pero desgraciadamente hay más levitas y sacerdotes que pasan de largo. Hacen falta muchos, muchos más samaritanos.

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