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Reconocer a Jesús

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 10/01/16 - actualizado el 07/11/18

Él espera paciente el tiempo que haga falta hasta que yo me dé cuenta de su presencia

Jesús se dirige hasta el Jordán buscando su camino. Jesús no lo sabía todo. No tenía claro todos los pasos a dar. Al revestirse de su carne pobre, Jesús renunció a su sabiduría infinita. Renunció a conocer el futuro en todos sus pasos. Y aceptó la condición de buscador que tiene todo hombre.

Jesús se hizo peregrino. Buscador de cumbres. Soñador de cielos. No se quedó al lado del camino esperando una luz que le mostrara los pasos a dar.

En Nazaret durante treinta años vivió de la mano de Dios, atado a María, anclado en José. Allí tocó el amor humano y se supo amado profundamente por Dios en su familia, en ese hogar que había recibido como don.

Pienso que a veces es necesaria la hondura del alma antes de poder comenzar a compartir lo que llevamos dentro. Nazaret fue un tiempo de pozo antes de poder ser fuente. Un tiempo de raíz profunda en la tierra antes de poder ser tronco y fruto.

Compartió la misma intimidad del alma de María. Esa intimidad de María con Dios fue la que la hizo capaz de estar un día junto a la cruz.

La hondura y la roca de nuestra vida se mide hacia dentro, en su profundidad. En el océano interior. Si no tenemos vida interior, honda y profunda, cuando el viento sople con fuerza nos quebraremos.

Pero al mismo tiempo es verdad que todo eso que tenemos dentro un día lo entregaremos. Y dejará de ser algo sólo nuestro. Se romperá la tierra y brotará la vida. Nuestra vida es para darla.

Hoy Jesús comienza su camino fuera de su hogar, de sus raíces más hondas. Camina hacia fuera después de muchos años de caminos interiores, de hablar con su Padre, en silencio, en la intimidad de su familia de Nazaret.

Jesús tuvo paciencia. Esperó señales. Buscó las estrellas cada noche intentando descifrar los misterios. Y un día se puso en camino. Dejó su tierra de Nazaret y se dirigió al Jordán. Jesús llega al Jordán como un hombre cualquiera. Dios se hizo uno más. Pisó mi camino como un hombre más.

No comprendo tanto amor. Me desborda. En el himno de los filipenses S. Pablo habla de este misterio que me hace amar más a Dios: Él, siendo Dios, se despojó de su rango, tomando la condición de esclavo. Y así, actuando como un hombre cualquiera…”. Desde luego, sólo Dios puede ser así.

Nosotros buscamos ser los mejores, señalarnos, destacarnos, queremos que nos valoren. Me gustaría ser sencillamente un hombre. Compartir con el resto de los hombres la vocación humana de peregrino. Somos todos tan parecidos en el fondo

Jesús no es como yo. El que no tenía pecado se puso en la fila de los pecadores en el Jordán. No sabemos lo que habría en su corazón en esa espera llena de anhelo. No sabemos las luces y sombras que habría en su alma. Sólo sabemos que se puso de pie detrás de otros hombres, detrás de hombres pecadores. Esperó su turno.

Miró a Juan. Escuchó sus palabras apasionadas. No vino Él a predicar, a manifestarse ante los hombres. Simplemente se arrodilló ante el más grande nacido de mujer. Y se dejó hacer. Jesús aprendió a caminar dejándose hacer.

Fue bautizado: En un bautismo general, Jesús también se bautizó”. En un bautismo general. Junto a muchos. Nada especial por ser el hijo de Dios entre los hombres. Y allí, arrodillado, postrado, tocó el amor de su Padre. Ese amor inmenso, ese amor que se abajaba para cubrir su cuerpo, su alma, su vida para siempre.

Jesús ese día descubrió que Dios lo amaba con locura. Descubrió quién era en lo más profundo. Desentrañó parte del misterio de su vida. Treinta años esperando este momento. ¡Qué impacientes somos a veces!

Hoy miramos a Jesús manso, a Jesús dócil al Padre, a Jesús humilde, humillado como otro pecador cualquiera. Uno más dentro de una fila. Uno más en un bautismo general. Un bautismo para cambiar de vida. Y era verdad, Jesús iba a cambiar de vida.

Iba a dejar de ser un carpintero en Nazaret y se iba a convertir en un peregrino libre entre los hombres. Iba a cambiar sus hábitos, junto a María, junto a su padre José. Iba a vivir ahora sin un lugar sobre el que reclinar la cabeza.

Iba a convertirse en profeta, en sanador, en anunciador del reino de Dios que viene a cambiarlo todo: “El pueblo no tiene ya que salir al desierto a prepararse para el juicio inminente de Dios. Es Jesús mismo el que recorre las aldeas invitando a todos a entrar en el reino de Dios que está ya irrumpiendo en sus vidas”[1].

Jesús descubre aquí dónde comienza su camino. Da el primer paso al que seguirán muchos otros. Mira las estrellas y busca lo que Dios quiere para su vida. Me conmueve mirar hoy a Jesús arrodillado, postrado, humillado.

Me conmueve porque yo le sigo a Él y me cuesta tanto postrarme, ser uno más, arrodillarme, pasar desapercibido en medio de una masa de hombres en el Jordán.

Jesús me enseña con su vida a ser más humilde y a buscar el querer de Dios en medio de las sombras. Sin pretender tenerlo todo claro. Confiando en su amor y dejándome conducir por Él cada día. Arrodillándome antes de comenzar a andar. Pidiendo su bendición, su amor, su luz.

Juan espera a Jesús en el desierto. Juan espera a Jesús en el Jordán. No sabe cómo será. Aún no sabe quién es Jesús en lo más profundo. Pero si sabe quién es él. Sabe que él no es el Mesías: “Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”.

Sabe que su misión sólo es preparar torpemente el corazón limpiando con agua. Eso me impresiona. Juan no pide que lo sigan a él, ni se deja alabar. Es honesto. Él se descentra. Sólo habla de otro. Sólo lava con agua para que otro cambie para siempre el corazón con su fuego.

No cae en la tentación de creerse importante. Él sólo cumple su misión. Su humildad me conmueve. Es muy difícil ser así. A todos nos cuesta dejar que alaben a otro, y seguir hablando bien de esa persona.

Juan ni siquiera se siente digno de ser su siervo, de arrodillarse ante Él y descalzarlo. No quiere engañar a nadie. No necesita la gloria, sólo cumplir con obediencia su misión. Es el hombre honesto e íntegro que sabe quién es y también quién no es.

Hoy es el día y la hora. Juan y Jesús se encuentran. Es el encuentro entre Juan y Jesús ya adultos. Un día se habían encontrado en el seno de sus madres. Y Juan saltó de gozo.

No sé si yo puedo decir el día en que me encontré con Jesús. El lugar. La hora. Lo que me pasó. ¿Qué me hizo reconocerlo?

Hoy Juan y Jesús se encuentran. El corazón anhelante de Juan por fin se calma ante Jesús. Es el sueño de su vida. El misterio de su vida. El sentido de su vida.

Lo primero que me llama la atención es que Jesús va hacia él. Sale de su vida. Deja su tierra. Va al Jordán donde se encuentra Juan. No espera a que Juan llegue a Él. Jesús siempre toma la iniciativa y se acerca a mi vida. Nos “primerea” en el amor, como dice el Papa Francisco.

No tengo que salirme de mi vida para llegar hasta Él. Jesús, así lo hará durante toda su vida en la tierra, se acerca, llega a mí. Es su estilo.

Se acercará a unos hombres sencillos al borde del lago mientras pescan para llamarlos y cambiar su mar. Se acercará a la mesa de cambios de Mateo el publicano en Cafarnaúm para decirle que lo siga. Se acercará a la adúltera mientras la apedrean.

Irá a Samaria. Llegará hasta Jericó y tocará al ciego, y se invitará a casa de Zaqueo. Llegará al pozo de Jacob y pedirá que le den de beber.

Jesús llega siempre a mi vida. A lo que hago. Allí donde yo estoy. Se interesa por mí. Se mete hasta el fondo de lo que estoy haciendo y viviendo. En ese instante Él entra y me llama. Y entonces me abre el horizonte para vivir con más hondura.

Ese estilo de Jesús de vivir me gustaría que fuera el mío, que conformara mi vida entera. Llegar hasta la vida de los otros donde ellos la viven. Compartirla, dejar mi esquema e implicarme. Así me lo enseña Jesús.

Esa forma de Jesús de acercarse, de acoger la vida del otro, es lo que sana el corazón del hombre. Jesús se pone en mi lado, y no me juzga desde su vida. Todos sabemos que eso es lo único capaz de abrir y de curar las heridas. Jesús toca mi alma con respeto infinito.

Así se acerca hoy Jesús a Juan. Va al Jordán. A su lugar de misión. Ha oído hablar de él. Jesús quizás no sabe todavía cuál es su misión. En su alma se va despertando la hondura de quién es, a quién pertenece, para qué está llamado. Poco a poco su mundo interior va haciéndose roca.

Hoy es un día especial para Juan y para Jesús. Juan descubre quién es Jesús. Jesús se abaja y recibe del cielo la voz del Padre nombrándolo. Llamándolo. Diciéndole quién es. Diciéndonos quién es para el mundo.

Jesús va al lugar de Juan. En ese momento, Juan era famoso y Jesús un desconocido. Pienso que Dios tiene ese estilo delicado de llegar hasta mí, a mi río, a mi Jordán, a mi misión, a aquello que me ocupa ahora mismo, allí donde yo soy famoso.

¡Cuántas veces tengo miedo de no encontrarlo, de no saber dónde buscarlo! Y Él siempre irrumpe. Debería confiar más. Ojalá siempre sepa reconocerlo en mi vida.

Juan fue capaz de reconocer a Jesús entre muchos hombres. Muchas veces tengo miedo de no ser capaz de reconocer a Jesús entre la gente. Hoy escucho: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre Él he puesto mi espíritu”.

Quiero aprender a mirar a Jesús como lo miró Juan esa tarde. Él fue capaz de descubrirlo sin conocerlo, oculto entre muchos hombres. A mí me da miedo no saber distinguirlo. Dejar que pase de largo en medio de mis agobios y preocupaciones.

Me da miedo no verlo en los hombres que se acercan a mí. No descubrirlo en mi corazón herido. Me complico saliendo de mi vida buscándolo en lugares que me parecen más llenos de Dios. Y me olvido que yo mismo estoy lleno de Dios. Mi Jordán, mi río, está lleno de Dios. Mi hondura, mi jardín interior. Mis raíces, mi tierra. En lo más profundo de mi alma vive Aquel a quien yo busco.

Jesús viene a mi Jordán y me dice que me quiere con locura. Allí donde estoy llega Jesús. Lo deja todo y viene a mí. Quiere estar conmigo, aunque no me sienta digno ni de desabrocharle sus sandalias.

Jesús viene a sacarme de mi ceguera, de mi cárcel, de mi prisión: “Para que abras los ojos de los ciegos. Saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas”. Jesús viene a liberarme. Le importo. Me busca. Me quiere. Parece imposible, pero es así.

Se pone a la cola en mi vida.Espera paciente el tiempo que haga falta hasta que yo me dé cuenta de su presencia. Espera mi tiempo.

Y allí, en lo más hondo de mi vida, en mi enfermedad, en mis palabras, en mis sueños. En aquello que ahora mismo me hace temblar y reír, llorar o temer. Allí llega Jesús, se pone a mi lado, en silencio, y comparte conmigo la vida.

Y entonces el cielo se abre. Y yo tiemblo. Todo sucede no fuera de mi vida. Sino en medio de mi vida. En mi río. Jesús llega hasta mí. Y mientras Jesús ora, el cielo se abre. Jesús ora conmigo, por mí, toma mi vida tal cual es, lo que me inquieta y alegra, lo que simplemente me aburre o me cansa, lo que me parece imposible.

Acoge mi momento. Y ora a mi lado. Entonces, se abre el cielo. Se rompe el muro. Y Dios me muestra donde está. Y dónde estoy yo en su corazón.

El Dios de mi historia, de mi vida. Jesús responde al anhelo de mi vida como respondió al anhelo de la vida de Juan. Y me dice que me ama. Y mi vida cobra sentido. Porque eso es lo que yo necesito oír cada día para salir y liberar a otros. Para ser yo sanado y sanador. Liberado y liberador. Para sacar de su ceguera a los que no ven. Para dar la vida a los que están muertos.

Decía el Padre Kentenich: “Los santos se han hecho santos desde el momento en que comenzaron a amar. Y han comenzado a amar cuando se creyeron, se supieron y se sintieron amados”[2]. Así empieza el camino de la santidad. Cuando me sé amado por Dios. Cuando descubro que soy el hijo querido y esperado de Dios. Cuando entiendo que me quiere con locura, como soy, como estoy.

Así comenzó Jesús su vida pública, sabiéndose amado profundamente. Desde entonces comenzó a curar, a pasar haciendo el bien, consolando: “Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él”.

Sólo el amor profundo saca lo mejor de mí, lo que soy de verdad. Sólo ese amor me convierte en amante, en sanador herido, en liberador de hombres. Sólo ese amor me saca de mí mismo y me pone en camino.

[1] José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica

[2] J. Kentenich, Dios, mi Padre, reflexiones sobre le mundo de la infancia espiritual

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