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Los milagros de la fe de Sarahí, una niña con cáncer

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Desde la Fe - publicado el 01/11/15

Mostró a todos los niños, familiares y doctores la manera en que se podía vivir en alegría, aun consciente de su enfermedad

Con la sonrisa plena y el corazón lleno de gozo, Sarahí ultimaba los preparativos para el acontecimiento; detallista en todo a sus ocho años de edad, no quería dejar faltantes. Así, poco después indicaría a sus padres qué cantos se escucharían, cuáles otros se bailarían; les pediría muchos globos e infinidad de sonrisas para ese día; en particular, a su madre, doña Leticia Ramírez, le pediría que la arreglara muy bonita, que le pintara los labios y le pusiera el vestido con el que había hecho su Primera Comunión.

Pero eso no sería lo único que les pediría en esa sala de hospital, también deseaba que su féretro fuera totalmente blanco y que no hubiera lágrimas por su partida…

Veinte años atrás, el Matrimonio Xicoténcatl Ramírez había perdido a su hijo Roberto en un accidente en motocicleta, pero de su muerte, ni doña Leticia ni don Ricardo recuerdan mucho; aseguran que en ese entonces se desconectaron de la realidad, únicamente deseaban morir. Dos años después de esta lamentable pérdida tendrían otra hija, Rosario; y en el 2007 serían bendecidos nuevamente, con la pequeña Sarahí.

Doña Leticia Ramírez dice que por años su Matrimonio viviría lleno de dicha al lado de sus dos hijas, hasta que en enero de 2014 sucedió algo cuyas consecuencias estaban muy lejos de imaginar: a Sarahí comenzaron a aparecerle ulceraciones en la boca y se le inflamaron las encías. Explica que la llevaron al médico, quien le diagnosticó estomatitis y le mandó enjuagues bucales y antibióticos, sin que eso curara su problema; “Sarahí comenzó pronto con fiebres muy altas y su boquita empezó a despedir un olor muy fétido”.

Comenta que inmediatamente la llevaron a un hospital particular, donde le practicaron los primeros estudios de hematología, y que el médico les sugirió llevarla al Seguro para que recibiera una atención completa.

Con la orden de hospitalización, la llevaron al Magdalena de las Salinas, donde creyeron que Sarahí tenía una bacteria, por lo que la internaron ahí dos días, tras los cuales la trasladaron al Hospital de la Raza, donde le practicaron unos estudios de médula ósea que arrojaron lo que Sarahí tenía: leucemia mieloblástica aguda L5, una leucemia muy agresiva, que, de acuerdo con la doctora Hernández, requería ciclos de quimioterapia tan fuertes que Sarahí no soportaría ni el primero, por lo que su sugerencia para la familia era que ya se fueran haciendo a la idea de que moriría en dos meses a lo mucho.

Don Ricardo Xicoténcatl comenta que, en efecto, el primer ciclo de quimioterapias fue un suplicio, pues Sarahí estuvo 21 días en ayuno, sin tomar siquiera agua; sin embargo, Sarahí se sobrepuso a eso, y más aún, mostró a todos los niños, familiares y doctores la manera en que se podía vivir en alegría, aún consciente de su enfermedad.

Apenas se repuso de ese primer ciclo, comenzó a pedir a Dios por todos sus compañeritos, les enseñó a orar, a alabar a Dios, a no dejarse amedrentar por los dolores de la enfermedad; tal era su actitud, que en las tres salas de “Escolares” los niños pedían que Sarahí los acompañara, porque donde ella estaba la vida se volvía alegría.

“Sarahí pedía a Dios y Mamita María por todos los niños, mencionando el nombre de cada uno; papás y médicos se sorprendían por la efervescencia, la fluidez y la belleza de sus oraciones, tan rápidas a veces, que los presentes llegaban a opinar que oraba en lenguas. Cuando los niños entraban a un aspirado, a una intratecal o a cualquier tratamiento que le causara dolor, Sarahí les decía ‘no lloren, pídanle a Dios. ¡No tengan miedo!, esta era la frase que más se le oía decir”.

Cuando algún doctor preguntaba a Sarahí cómo se sentía ‒agrega doña Leticia‒, ella invariablemente contestaba que bien y le levantaba el dedo pulgar para reafirmarlo. “Nunca renegaba de su enfermedad, e incluso llegó a agradecérsela a Dios, pues por ese padecimiento conocía a muchas personas que le tenían cariño, a quienes consideraba también sus familiares”.

Recuerda la madre de Sarahí que una de las cosas más sorprendentes que ocurrieron, fue que la doctora Hernández, quien tenía fama de ser muy severa con los pacientes de todos los pisos, tras convivir un tiempo con su hija, le pidió contactarla con el sacerdote de su parroquia, el P. Daniel, pues quería hacer en San Judas Tadeo su Confirmación; la hizo, y desde entonces no pudo evitar enamorarse de cada paciente, adultos y niños, lloraba cuando alguno sufría, hasta que finalmente abandonó las tareas hospitalarias y partió a España.

“Otra cosa que jamás podré olvidar ‒comenta‒ es cuando fui con Sarahí y una compañerita de ella llamada Valeria al restaurante que está bajo los cuartos; ya ninguna de las dos tenía pelo.

Valeria se sentía muy mal, pues le habían hallado tumores en el corazón. Sarahí, al ver el sufrimiento de Valeria, se la llevó hacia una esquinita, la invitó a hincarse y comenzó a hacer oración tomándole la cabeza; Valeria después se levantó y se le entregó en un abrazo, dejando a la señora del restaurante hecha un mar de lágrimas”.

Los médicos ‒dice doña Leticia‒, llamaban a su hija “Sarahí, caso extraordinario”, primero porque jamás habían tenido en el hospital a una niña que se comportara de esa forma y llenara de alegría a tantos compañeritos enfermos, y segundo porque se sobreponía a ciclos de quimioterapia que no cualquiera habría resistido.

“Llegó a salir incluso del hospital por un periodo de siete meses, en los cuales hizo su vida con la normalidad de entes: iba a la escuela, asistía a Misa los domingos, a la Hora Santa los Jueves, y cantaba en el coro de niños. Sin embargo, un día recayó y volvió al hospital, donde los niños de las tres salas de “Escolares” pedían que la pusieran con ellos”.

Explica la señora Ramírez que ahora el problema era que, como en las recaídas la leucemia cobra mayor fuerza, se vieron en la necesidad de decidir: un opción era darle sólo cuidados paliativos, en los que no hay manera de prolongar la vida del paciente; la otra, un doloroso trasplante sanguíneo de cordones umbilicales compatibles.

“Sarahí eligió esta opción ‒dice doña Leticia‒ y pudieron conseguirse dos cordones umbilicales. En agosto la estuvieron preparando con tratamientos muy severos, pues era necesario tener la médula limpia para la transfusión, pero el día que iba a ser intervenida, una varicela lo impidió. Era imposible practicársela así. Mi hija supo entonces que pronto moriría.

En septiembre, estuvo cantando, bailando, disfrutando los últimos momentos de su vida y planeando su funeral.

Tras una de sus crisis, dijo haber ido al cielo, haber visto a Cristo y a muchos ángeles, entre quienes se hallaba su hermano, y aseguró que a su regreso del cielo me había visto a mí rezando un Rosario tras la puerta del cuarto, lo cual era cierto: ahí había estado yo rezando el Rosario”.

Doña Leticia asegura que en el último día de vida de Sarahí, el médico, a través del cristal de la sala, le preguntó cómo se sentía, y ella pudo aún levantar el pulgar para decirle que bien; el doctor inmediatamente se giró, pues se le salieron las lágrimas al ver su estado, y se marchó.

Por su parte, don Ricardo da gracias a Dios por haberle permitido encaminarla hacia Él. “Yo se la entregué al Señor; canté dos alabanzas y dije a Sarahí: ‘hija, ya estoy preparado, y creo que tú también; vete y no te detengas, adelante’. A Sarahí se le salió una lágrima, y nos dejó para ir al encuentro de Dios”.

Artículo originalmente publicado por Desde la Fe

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