Ella guardó cada paso de su Hijo, cada palabra, cada milagro, cada gesto, cada silencio… Lo guardó todo para poder entregárnoslo. para sostener a los apóstoles cuando tuvieran miedo tras la muerte de Jesús
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María aprendió a amar y a guardar todo lo vivido durante toda su vida. Miraba, escuchaba, guardaba, lo meditada todo en diálogo con Dios en su corazón. Lo que no entendía, lo que le sorprendía, lo difícil, lo bonito, todo lo que vivió desde su sí primero en Nazaret lo guardó hondo, lo rezó.
Quizás no todo lo comprendió en su momento. Habría cosas guardadas que entendería más tarde, al pie de la cruz, o en la resurrección, o tras la Ascensión. Pero siempre fue la hija de Dios, la niña confiada en sus manos de Padre, la Madre que amaba como su Hijo, sin medida, de forma personal, desde las entrañas.
¡Cuántas horas de intimidad con Dios! ¡Cuántas horas para hablar, para escuchar, para agradecer, para entregar, para acompañar a Jesús! ¡Cuántos momentos para abrazar y querer a los discípulos, a todos los que Jesús amaba!
Varias veces nos dice el evangelio que María guardaba todas las cosas meditándolas en su corazón. Con asombro lo guardaba todo. Ella guardó en el cáliz de su corazón la sangre de Jesús al pie de la cruz.
Ella guardó cada paso de su Hijo. Guardó cada palabra, cada milagro, cada gesto, cada silencio. Cada caída bajo la cruz, cada desprecio de los hombres. Guardó sus palabras íntimas. Guardó sus silencios profundos. Sus abrazos, sus besos.
Lo guardó todo para poder entregárnoslo. Para sostener a los apóstoles cuando tuvieran miedo tras la muerte de Jesús. Ella seguramente les recordaría a cada uno las palabras que Jesús les había dicho personalmente. Les traería a la memoria esas palabras de cariño, de esperanza, de predilección.
No les recordaría, como nosotros a veces hacemos con nuestra buena memoria, lo mal que lo hicieron, su infidelidad, sus miedos, su huida, sus torpezas, su dificultad para entender.
A cada uno le hablaría del amor personal que Jesús le tenía. De ese amor fiel y fuerte. ¡Cuánto les consolaría y sostendría la presencia de María! Sus palabras les harían tanto bien, serían un bálsamo en sus heridas, un remedio para sus miedos.
Ella es la que guarda a Cristo, fue la primera custodia viva, es la que guarda nuestra historia de amor con Él, la que nos habla de Él cuando no lo vemos, cuando lo hemos perdido, cuando nos sentimos solos y pensamos que se ha olvidado, porque no nos salen las cosas o no sabemos qué hacer ni dónde está.
María sostuvo a cada uno con inmenso amor desde la muerte a la resurrección, desde la Ascensión hasta la venida del Espíritu Santo. María nos sostiene a nosotros de la misma manera. Nos abraza por la espalda. Nos anima, nos enaltece, nos respeta y cuida.
Jesús les dice a los apóstoles que imiten a María. Que guarden esa noche, que guarden sus palabras para que se hagan vida, para que puedan recordarlas y regalárselas a otros cuando Él no esté, para que los sostengan cuando ya no pueda repetírselas con su voz humana.