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La homilía que Jorge Mario Bergoglio nunca pronunció en Argentina

© MARKO VOMBERGAR
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Estaba preparada para la Misa Crismal en Buenos Aires, salió elegido Papa y cambió la historia

El 13 de marzo de 2013, a Jorge Mario Bergoglio lo elegirían Papa y tomaría el nombre de Francisco para cumplir el proverbio: ‘El hombre propone y Dios dispone’ (Proverbios 16).

Convocado a Roma para participar en el cónclave de la sucesión de Benedicto XVI en febrero 2013, el cardenal argentino compró un ticket de avión de ida y vuelta y preparó la homilía para la tradicional Misa Crismal.

En esas hojas expone que el sacerdocio es para llevar la unción de Dios a los pobres, los cautivos, los oprimidos, los enfermos…ser sacerdotes fieles al Señor para los demás. Sacerdotes ungidos para servir.

El plan del entonces arzobispo de Buenos Aires era volver a su ciudad a tiempo para presidir la celebración del 28 de marzo en la Catedral Metropolitana de la capital argentina.

La historia indica que celebró con alegría la primera Misa Crismal, pero como Obispo de Roma en la Basílica de San Pedro en la misma fecha rodeado de cardenales y prelados de todo el mundo.

Bergoglio, el Jueves Santo de 2013, sí pronunció la homilía preparada ya como pontífice para animar a la Iglesia, en especial a sus sacerdotes, a salir e ir a las periferias para ungir al pueblo de Dios al que sirve.

Pide ser sacerdotes en las periferias y salir “de sí, en vez de” ser mediadores, que se van convirtiendo “poco a poco en intermediarios, en gestores”.

La homilía escrita, predispuesta y datada del arzobispo Bergoglio que nunca pronunció en Buenos Aires se encuentra en el libro: Nei tuoi occhi è la mia parola. Homelias y discursos de Buenos Aires 1999-2013. Editado por Rizzoli en Italiano, 2016.

“Al buen sacerdote se lo reconoce por cómo anda ungido su pueblo; esta es una prueba clara”, dice el mismo Francisco.

En la homilía en Roma, se perfila la línea del pontificado de Francisco para los sacerdotes, así mencionamos algunos puntos clave de ese llamado.

Sacerdotes a ponerse en los hombros al pueblo “que se le ha confiado y llevando sus nombres grabados en el corazón”. Una humilde casulla para celebrar y sentir “en el corazón el peso y el rostro de nuestro pueblo fiel”, dice. Recuerda los santos y los mártires.

Sacerdotes custodios “la belleza de lo litúrgico, que no es puro adorno y gusto por los trapos, sino presencia de la gloria de nuestro Dios resplandeciente en su pueblo vivo y consolado, pasamos ahora a fijarnos en la acción”.

Sacerdotes que llevan la unción del Señor que es para “los pobres, para los cautivos, para los enfermos, para los que están tristes y solos. La unción, queridos hermanos, no es para perfumarnos a nosotros mismos, ni mucho menos para que la guardemos en un frasco, ya que se pondría rancio el aceite… y amargo el corazón”.

Sacerdotes ungidos con el “óleo de alegría”. Un sacerdote que “sale de la misa con cara de haber recibido una buena noticia”.

Compartir penas y alegrías, angustias y esperanzas. El culmine es que el Sacerdote sea identificado con Jesús: «Rece por mí, padre, que tengo este problema…», «Bendígame, padre», y «rece por mí» son la señal de que la unción llegó a la orla del manto porque vuelve convertida en súplica, súplica del Pueblo de Dios”.

Sacerdotes “reavivar la gracia e intuir en toda petición, a veces inoportunas, a veces puramente materiales, incluso banales – pero lo son sólo en apariencia – el deseo de nuestra gente de ser ungidos con el óleo perfumado, porque sabe que lo tenemos”.

Pastores a “salir a experimentar nuestra unción, su poder y su eficacia redentora: en las «periferias» donde hay sufrimiento, hay sangre derramada, ceguera que desea ver, donde hay cautivos de tantos malos patrones”.

A metros de “hacernos pelagianos, a minimizar el poder de la gracia que se activa y crece en la medida en que salimos con fe a darnos y a dar el Evangelio a los demás; a dar la poca unción que tengamos a los que no tienen nada de nada”.

El sacerdote que sale poco de sí, que unge poco ….se pierde lo mejor de nuestro pueblo, eso que es capaz de activar lo más hondo de su corazón presbiteral.

Que nuestra gente nos sienta discípulos del Señor, sienta que estamos revestidos con sus nombres, que no buscamos otra identidad; y pueda recibir a través de nuestras palabras y obras ese óleo de alegría que les vino a traer Jesús, el Ungido”, concluyó.

Si al líder se le mide por sus palabras y su coherencia… entonces en este discurso hay un punto de referencia para leer el desarrollo del pontificado, que este 13 de marzo 2017, cumple su cuarto aniversario.

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