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Efecto Mateo: El rico más rico y el pobre más pobre

Antonio Marín Segovia-cc
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Análisis de la situación económica, laboral, social y familiar en España

Hace escasamente unas semanas, la Comisión europea hizo público su Informe España 2007. Entre las conclusiones de dicho estudio, se nos advertía de que, pese a que aparentemente nuestro país ha remontado la crisis, las mejoras de ciertas variables macro-económicas “se han traducido en caídas mínimas de las tasas de pobreza y exclusión social”.

Pese al optimismo de los nuevos brotes verdes, nos encontramos, pues, en una situación extremadamente frágil y somos altamente vulnerables a cualquier alteración inesperada de los mercados.

Cuando escuchamos estos diagnósticos, uno tiende a solventar su inquietud buscando blancos para nuestras quejas e iracundias. Acabamos culpabilizando de todo a entes etéreos o abstractos como los mercados, con todas sus fuerzas ocultas de naturaleza financiera, que siguen leyes complejas, casi mágicas, solo predecibles por las grandes computadoras y sus secretos algoritmos.

Al final, parece que estemos entregados a la tijé de los dioses griegos, a la voluntad arbitraría de un monstruo neoliberal al que el FMI, las medidas de austeridad de la Unión Europea, la señora Merkel y nuestros respectivos gobiernos, le dan de comer cada día para que no nos devore.

Mientras esta especie de catarsis sucede en nuestras conciencias e inconsciencias, ya no es solo América Latina la que tiene las venas abiertas, sino también España, que, como le sucedía a Unamuno, nos duele.

Bruselas asegura que, pese a la innegable recuperación, “la desigualdad entre el 20% más rico y el 20% más pobre es una de las más elevadas de la Unión y sigue al alza”.

Como afirma el diario El País, “el riesgo de pobreza está muy por encima de las cifras que se encontró Rajoy a su llegada a La Moncloa. Los niveles, siempre superiores a la media europea, son especialmente elevados en el caso de los niños y de las personas en edad de trabajar: Bruselas destaca el riesgo de que en España se instalen tasas de pobreza notables incluso entre quienes tienen empleo.”

En gran parte, nos dice el mencionado documento, esta preocupante situación se debe a que uno de los remedios invocados por la misma Comisión Europea ante la crisis económica y nuestros flirteos nacionales con la bancarrota, la eufemística flexibilización del mercado laboral, no está recabando los resultados esperados. En nuestro país, cada vez son más los que sobreviven con contratos precarios, que, además, son perniciosos para la siempre invocada productividad, para la recaudación fiscal y para la Seguridad Social, que se mantiene en números rojos.

Pero dejemos la abstracción y la lente marxista por un instante, y focalicémonos en ese mundo líquido de las relaciones en el que sobrenadamos. El estudio empírico de los hogares de los países de la OCDE arroja resultados inesperados para las previsiones de comportamiento que proporcionaba la teoría de la segunda transición demográfica, hasta hace bien poco aceptada unánimemente en el mundo científico. Según ésta, la emancipación de la mujer, el individualismo galopante y la instauración de los nuevos derechos en nuestras sociedades globalizadas, iban a resultar no sólo en una diversificación del tipo de familia sino en una sociedad más atomizada y con mucha “menos familia”.

Sin embargo, con la entrada del siglo XXI, los datos le están quitando la razón a estos pronósticos. Son cada vez más los estudios empíricos que revelan que, en las clases más educadas, el matrimonio se ha revitalizado y revalorizado. Una de las posibles explicaciones sociológicas de este fenómeno sería la de la maduración de la así llamada gender revolution.

En un primer momento, dicha revolución consistía básicamente en la plena incorporación de la mujer al mercado laboral. Ese proceso se inició en las clases mejor educadas y, sin duda, su efecto negativo recayó sobre sus relaciones de pareja. El divorcio empezó a ser algo de clase media-alta y, solo con el tiempo, se fue incorporando al comportamiento de los menos educados. Esto hacía vaticinar que la teoría de la segunda transición demográfica se iba a cumplir: cada vez habría “menos familia”.

Pese a todo, la gender revolution parece estar viviendo un segundo momento.

Progresivamente, los hombres se han ido incorporando a las tareas domésticas, no solo por las medidas tomadas a través de los más diversos planes de igualdad, sino, sobre todo, por consideración o amor hacia la propia pareja, que trabaja tanto como los hombres fuera de casa y llega al hogar tan cansada como ellos.

Este cambio también ha comenzado a suceder por la franja alta de la educación. La mujeres buscan casarse con alguien que esté a la altura de las necesidades reales de la vida y, entre la clase media-alta, lo encuentran. Lo cual favorece la resistencia del vínculo e invierte la tendencia predicha por la teoría de la segunda transición demográfica en las clases culturalmente privilegiadas.

Aunque hoy en día la mayoría de las parejas empiezan viviendo juntos, cuando se tiene el primer hijo, las que tienen mayor nivel educativo se casan más que las que tienen menor nivel educativo. Entre el sector más educado de la población el matrimonio se ha convertido en una especie de broche de oro de las buenas relaciones, lo cual ha redundado, como acreditan numerosos estudios, en beneficio tanto de los implicados como de su descendencia, siempre que no se hayan dado situaciones de violencia o de alto nivel de conflicto.

También se aprecia en los datos que las mujeres con mayor nivel educativo se separan menos que las que lo tienen más bajo, tanto si están casadas como si conviven.

Otro factor que la literatura científica considera relevante a la hora de entender las relaciones de pareja en función de la clase social a la que se pertenece, además de la ya comentada progresiva incorporación del hombre a las tareas del hogar, es la creciente precarización de las condiciones laborales de los trabajadores con menor nivel educativo. Este tipo de empleo, favorecido por la última reforma laboral en nuestro país, dificulta, como pocas cosas consiguen hacerlo, el hecho de plantearse un proyecto vital tan importante como el de fundar una familia.

De este modo, vemos cómo también en el campo de las relaciones amorosas aplica el efecto Mateo, según el cual, “a todo el que tiene, se le dará, y tendrá en abundancia; pero al que no tiene, incluso lo que tiene se le quitará.”

De nuevo, mientras los más favorecidos mejoran en calidad de vida, en parte gracias a que se renueva entre ellos el valor del matrimonio y de las relaciones estables, las mujeres menos educadas suelen tener una menor estabilidad de pareja: ni encuentran a alguien que vaya a compartir con ellas las tareas domésticas, ni encuentran el modo de fundar una casa estable con los míseros salarios que tienen tanto ella como su eventual pareja.

De ahí que merezca la pena re-formular debidamente esa flexibilización del mercado laboral, para evitar que se convierta en trabajo precario y en infra-vida.

No solo por miedo al decrecimiento o al posible “shock” económico con el que nos mete miedo el citado informe. También sería la mejor política pública para crear unas condiciones de existencia dignas, en las que las mujeres de las clases menos favorecidas tuviesen siquiera la posibilidad de seguir en su comportamiento a las mujeres mejor educadas (como hicieron antes), retomando el valor de los vínculos duraderos y de la estabilidad de las familias, los mejores antídotos contra individualismo, la pobreza y la exclusión social.

Con la colaboración de Anna Garriga Alsina

Investigadora Juan de la Cierva en la Universitat Pompeu Fabra (Barcelona)

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