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Un breve ejercicio para ayudarte a ser más misericordioso

© Jessi R & Math R
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Sólo necesitas una foto tuya de bebé (o una buena memoria)

Acabamos de terminar con el Año Jubileo que dio comienzo el 8 de diciembre de 2015. Durante este año el papa Francisco nos ha llamado a familiarizarnos más íntimamente con el gran don de Dios que es la misericordia y a llevar a cabo obras con este espíritu. Esperemos que este jubileo nos haya dejado cambiados y que continuemos predicando este espíritu.

Para ello, lo mejor es comenzar por practicar la misericordia con uno mismo. Después de todo, es más probable perdonar a los demás si uno puede perdonarse a sí mismo. Es más probable que surja la bondad si uno es bondadoso consigo mismo. Pero, ¿cómo podemos ser misericordiosos con nosotros mismos cuando, con frecuencia, tenemos problemas para perdonarnos y ser amables con nuestra propia persona?

Pues aquí tenéis un ejercicio que podéis hacer hoy mismo, en este momento. Con este ejercicio cultivaréis la misericordia hacia vosotros mismos, para luego poder extenderla a los demás. Se trata de algo que solía hacer regularmente con mis estudiantes de primer año de inglés, y más recientemente lo he aplicado a mis clases de Formación en la Fe para Adultos.

Busca una fotografía que tengas de cuando eras bebé (si no dispones de ninguna, simplemente imagínala) y estúdiala. Mira tus mejillas, tus ojos, tus manos. Fíjate en lo adorable que eras, en lo pequeño o pequeña que eras. Ahora imagina que te pusieron en una cesta con una nota donde se leyera: Por favor, cuide de este bebé.

Luego, visualiza cómo eres ahora mismo, un adulto. Imagina que abres la puerta de tu casa y descubres esa cesta con el mismo bebé de antes dentro. Exacto: abres la puerta y te encuentras a ti mismo de bebé. El bebé llora tembloroso. ¿Qué haces?

Imagina de qué forma sacarías al bebé de la cesta y lo acercarías a ti, susurrando palabras de consuelo. Puede que le des de comer, que le beses en la cabecita, que le acaricies las roscas de los brazos. Posiblemente lo acunarías y le cantarías y arrullarías hasta que se relajara, cerrara los ojos y se calmara su aliento. Por ese precioso niño harías todo esto en un santiamén. Pero ese niño, eres tú.

Perdónate de la misma forma que perdonarías a un bebé por cometer un error. Percibe la inocencia y el potencial y la belleza que aún están en tu interior.

Me gustaría que mantuvieras esa foto de ti de bebé en algún lugar importante de la casa en las próximas semanas, en algún sitio que veas todos los días, preferiblemente donde te prepares para las horas que te esperan por delante en el día.

Por ejemplo, en tu mesita de noche, para que la veas al despertarte. O quizás en el espejo del baño, para que mires esa carita preciosa mientras preparas tu rostro de adulto, todavía precioso, para cada día. Tal vez podrías tener la foto en el coche, donde verías la imagen antes de marchar al trabajo, o quizás en el bolso o en la cartera para que te sorprenda en el ajetreo del día a día.

Pregúntate (y esto es algo que deberías hacer en un diario): ¿Qué quieres de este bebé? ¿Qué sueños y esperanzas tienes para él o para ella? ¿En qué tipo de persona desearías en tus oraciones que este niño se convirtiera? ¿Existe algo que pudiera hacer esa adorable cara para que dejaras de quererla? ¿Y tu rostro de adulto? Se nota el cansancio en algunas zonas, pero aún brilla. ¿Qué crees que ve Dios cuando te mira a ti? ¿Qué ves tú?

La moraleja de todo esto es que estás llamado a quererte a ti mismo con la misma ternura que merece un bebé, con la misma misericordia incondicional. Perdónate de la misma forma que perdonarías a un bebé por cometer un error. Percibe la inocencia y el potencial y la belleza que aún están en tu interior.

Cierto año, meses después de que hiciera este ejercicio con los novatos de inglés, una de mis estudiantes se me acercó para decirme que, como resultado de este ejercicio, había reexaminado sus pensamientos de suicidio y, por fortuna, había elegido buscar ayuda. Se había sentido inútil, sin valor, pero al percibir su amor por el bebé que una vez fue, se dio cuenta de que seguía siendo esa misma persona, digna de vida. Quería aprender a quererse a sí misma otra vez, por el bien de la niña que había sido y la persona que estaba destinada a ser. Le confió a su madre sus problemas y fue a un centro de rehabilitación durante varias semanas. Con orientación, creció hasta ser una joven mujer segura de sí misma, con sueños y ambiciones llenos de esperanza.

Prueba este ejercicio y tal vez encuentres la misericordia que te debes a ti mismo, y de esta forma la misericordia hacia los demás, un poco más fácil de practicar. Simplemente contempla el niño o la niña que una vez fuiste. Escribe en un diario las preguntas anteriores. Luego, decide qué deseas para ese inigualable hijo de Dios.

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