Vatican News

Marsella; católicos, musulmanes y la “cadena del bien”

«En tema de integración, Francia ha fracasado. La política “asimilacionista”, cuyo objetivo es transformar a cada inmigrante en un ciudadano francés, no ha funcionado: ha producido guetos miserables en los que las personas viven como ciudadanos de clase B. Pretender imponer los propios valores como si fueran absolutos e incontestables, como si los inmigrantes no tuvieran tradiciones culturales y religiosas que merecen respeto, ha sido un error enorme. Vivimos cotidianamente los resultados de esta política».

Son palabras de sor Valeria Rubin, escalabrina de 73 años que forma parte de la asociación «Enfants d’Aujourd’hui, Monde de Demain» (Niños de hoy, mundo de mañana») de Marsella, que fue fundada en 1987 por su familia religiosa: «Nuestro Centro (sede de la asociación) se encuentra en el 3o “arrondissement” de la ciudad, en donde viven miles de inmigrantes de primera, segunda y de tercera generación, y muchos de ellos son de religión islámica. Es el barrio más pobre de Europa. Con respecto a las “banlieus” de otras grandes ciudades como París o Lyon, aquí la tensión social (provocada por el enorme desempleo y por la pobreza extendida) es mucho menor. Y esto se debe a la presencia de una sólida red de asociaciones que promueve y favorece las relaciones, la comprensión y el respeto recíprocos, mediante numerosas iniciativas para sostener a las personas con mayores dificultades. Las relaciones entre los cristianos y los musulmanes, por ejemplo, son buenas. Claro, no por mérito del Estado, al que la población percibe como un gran ausente».

Las iniciativas del Centro
 
La cotidianidad del Centro escalabrino son las vidas de las personas a las que acompaña o acude, rescatadas de la pobreza y de la exclusión; vidas que construyen pacientemente su futuro mediante una red de vínculos fraternales y de atención que salvan de la desesperación. Hay familias que vuelven a tener esperanza al recibir comida y ropa, consuelo y amistad. Hay cientos de adultos que van a los cursos de alfabetización y que son capaces de superar los exámenes para obtener el permiso de residencia. Hay niños y muchachos (más de cien) que van a la cursos después de la escuela y que logran terminar con buenos resultados sus ciclos escolares, y jóvenes que se encuentran todas las semanas para reflexionar juntos sobre los grandes temas de la vida, aprendiendo a estar juntos y a apoyarse los unos a los otros responsablemente.

La joven voluntaria musulmana

En el Centro escalabrino trabajan 70 voluntarios: muchos son musulmanes y en el pasado recibieron la asistencia de las monjas; algunos de ellos incluso forman parte del Consejo de administración. Entre ellos está Narimane Deffas (cuyos padres son de Argelia), tiene 23 años y está estudiando para obtener el BTS Banque (diploma de asesor bancario que acude a la clientela). Y cuenta: «cuando era niña, en la escuela, tuve muchas dificultades y mis padres decidieron llevarme al Centro escalabrino: siguieron escrupulosamente mis estudios hasta que terminé la preparatoria. Ahora, todos los sábados por la mañana trabajo en las clases después de la escuela: me encomendaron un grupo de niños de segundo de primaria. Me gusta mucho darles mi tiempo a estos pequeños; me parece justo, normal, ayudar a los demás después de haber recibido ayuda. Aquí trabajan monjas, sacerdotes, musulmanes, cristianos, ateos: trabajamos todos con el mismo espíritu de dedicación y en gran armonía». Con respecto a la convivencia entre cristianos y musulmanes en el barrio, dice: «generalmente es buena, las personas son tolerantes y se apoyan recíprocamente, aunque no falten egoísmos e indiferencia».

La historia se repite

Sor Valeria vive en Marsella desde hace 32 años y ha podido vivir las mutaciones de la ciudad: «Hace tiempo vivían aquí muchísimos italianos (sobre todo piamonteses), que llegaron buscando una vida mejor. Había prevaricaciones y grandes humillaciones. Se les discriminaba mucho, no lograban encontrar trabajo. El racismo contra ellos era evidente. La historia se repite ahora, pero con los inmigrantes que llegan de África o del Medio Oriente, huyendo de guerras y de la miseria. Desgraciadamente no ha cambiado nada».

Los límites de la política francesa

Narimane añade: «Francia, en mi opinión, no está siguiendo una política capaz de garantizar una vida digna a los inmigrantes. Yo nací y crecí en Marsella, tengo la nacionalidad francesa, pero todavía se me considera extranjera y, por lo tanto, una persona, ¿cómo podría decir?, inferior y peligrosa. Estoy consciente de que será muy difícil que yo encuentre trabajo, tanto porque faltan las oportunidades de empleo como porque soy mujer y magrebí».

Según sor Valeria, «el Estado se concentra en cuestiones que no son esenciales, como, por ejemplo, la vestimenta de las mujeres musulmanas, y no afronta los verdaderos problemas de los inmigrantes. El primero de todos es el de la falta de trabajo. Una buena convivencia entre personas diferentes por su religión y cultura, se basa en el conocimiento y en el respeto recíprocos, pero en este país nunca se ha promovido una educación seria bajo este perfil. Los musulmanes vienen de muy buena gana a nuestro Centro, porque han comprendido que serán respetados y saben que nosotros, los católicos, esperamos recibir el mismo respeto así nacen la confianza recíproca y las relaciones se vuelven límpidas y fecundas».

Las personas auténticamente religiosas (de diferentes religiones) que viven juntas y en paz pueden ofrecer mucho en la actualidad, observó Narimane: «Pueden ofrecer el testimonio de los valores auténticos, y el dinero, evidentemente, no es uno de ellos. Pueden mostrar que es posible actuar juntos, aceptando y dando valor a las respectivas diferencias, para construir un mundo mejor, con mayor igualdad y justicia».

Después de los atentados

Los atentados terroristas que han sacudido a Francia (desde el ataque contra la redacción de la revista “Charlie Hebdo” en enero de 2015 hasta el asesinato del padre Jacques Hamel en julio de este año) han dejado una herida profunda en la sociedad francesa y también han provocado una serie de reacciones. «La desconfianza y el racismo frente a los musulmanes, por ejemplo, han aumentado sensiblemente», dice sor Valeria. «Por su parte, la Iglesia se ha movilizado inmediatamente para proponer una reflexión pública en la que participaron obispos, sacerdotes e imanes que, juntos, además de condenar el uso de la violencia en nombre de Dios, apoyaron y animaron la convivencia pacífica y activa entre todos los ciudadanos. Los musulmanes fueron invitados a las celebraciones eucarísticas y participaron muchos de ellos aquí en Marsella. Fue un gesto importante». Y Narimane concluye: «Los hombres que llevaron a cabo esas atrocidades no son musulmanes, aunque se proclamen tales: ¡nadie tiene derecho de quitar la vida!».
 

Publicidad
Publicidad