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Malasia; un “pontífice” en la crisis social

El principio, a nivel social y político, es el de la moderación y de la recíproca tolerancia, en una nación que se caracteriza por la pluralidad de etnias y religiones como Malasia. El nuevo cardenal Anthony Soter Fernández, arzobispo emérito de Kuala Lumpur, que recibió el birrete rojo de manos de Papa Francisco durante el último Consistorio público, vive en un país que está pasando por una fase de extremas turbulencias sociales y políticas.

El cardenal podrá poner a disposición inmediatamente su sabiduría y su capacidad de intermediación, como un auténtico «pontífice» que contribuye a reunir a las comunidades minoritarias, como los cristianos y los hinduistas, o a los chinos con los hindúes, con la población mayoritaria, es decir los malayos de religión islámica. Todo ello porque los católicos, subraya Fernández, «son ciudadanos leales, aman a su país, son promotores del bien común».

El concepto mismo de mediación, factor clave para prevenir el extremismo religioso, las incomprensibles y los conflictos en las sociedades, ha sido hasta ahora la columna vertebral del gobierno que guía el Primer ministro Najib Razak. Pero ahora debe afrontar un «impasse» político, después de las imponentes manifestaciones que pedían abiertamente su renuncia.

Desde hace algunos meses Razak se ha visto implicado en un caso de corrupción, después de que concluyeran las investigaciones sobre un fondo estatal del que el líder del ejecutivo habría robado 681 millones de dólares, defraudando a la población del país. Najib, que niega estar involucrado en el escándalo, fue absuelto de cualquier cargo penal.

Pero, a pesar de ello, la confianza en el Primer ministro se derrumbó en las últimas semanas y se despertó nuevamente entre la sociedad civil el movimiento «Berish» (limpieza), que en los últimos años se había convertido en el promotor de los valores de transparencia, honestidad y responsabilidad en la acción política, bajo la bandera de la lucha contra la corrupción.

El pasado 19 de noviembre, en una imponente manifestación pacífica, desfilaron por las calles de Kuala Lumpur 50 mil activistas con camisetas amarillas, para pedir la renuncia del Primer Ministro.

Además de la batalla por la transparencia, que se extendió a otras ciudades de la Federación, como Kota Kinabalu y Kuching, resurgió la batalla por las libertades y los derechos civiles, puesto que el gobierno, con la torpe intensión de frenar las protestas, arrestó (con base en la ley sobre la seguridad que fue aprobada en 2012 para contrarrestar el terrorismo) a María Chin Abdullah, lideresa del movimento «Bersih». Activistas, estudiantes y comunes ciudadanos llenaron incluso las redes sociales pidiendo inmediatamente su liberación.

Algunos también aprovecharon las manifestaciones para instrumentalizarlas. Si Bernard Paul, obispo católico de Melaka-Johor, declaró que «cada cambio comienza con nosotros, debemos hace nuestra parte», algunos líderes políticos condenaron la participación de los ciudadanos cristianos en las manifestaciones, criticando a las Iglesias y acusándolas de apoyar a las oposiciones políticas,

Hermen Shastri, Secretario general del Consejo de las Iglesias de Malasia, rechazó las «calumnias» subrayando que «con intenciones buenas y sinceras, en todo el mundo cristiano, se marcha contra la discriminación racial, contra las guerras, las injusticias y el abuso de los derechos humanos». Además, se preguntó, «¿por qué concentrarse en los cristianos, en una protesta en la que participaron unidos musulmanes, budistas, hinduistas, sikh y muchos otros ciudadanos que ejercieron su derecho a disentir?».

En la fase de crisis que está pasando el país, los malayos bautizados, que son alrededor del 10% del total de una población de 29 millones de personas (64% musulmanes), han insistido en el bien común, defendiendo la democracia y la libertad.

«Mientras asistimos a tensiones que aumentan en nuestra amada tierra, estamos llamados a rezar por la nación, a actuar con justicia, a amar la misericordia y a caminar con Dios», conscientes de «tener una responsabilidad con el país», indica un llamado que difundió la Federación de las iglesias cristianas de Malasia.

Condenando «violencias y amenazas perpetradas incluso por algunos líderes políticos», los fieles esperan que, incluso dentro de la dialéctica de las opiniones diferentes, «se mantenga un clima pacífico» y que el gobierno trabaje para «limitar el aumento de los conflictos sociales, respetando la libertad y los derechos de los ciudadanos». Las iglesias invitaron al gobierno, a los ciudadanos y a los parlamentarios «a defender la democracia y las libertades fundamentales, garantizadas por la Constitución». Es la línea de la moderación que el cardenal Fernández propone a todos los actores que están en el escenario del país.