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Año nuevo, vida nueva

Fr Lawrence Lew, O.P.-cc
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Los buenos propósitos responden a la oportunidad de iniciar una vida nueva

El 1 de enero, octava de Navidad, es para la Iglesia Católica la ocasión de celebrar a la Santísima Virgen María, Madre de Dios, y de esta manera afirmar el dogma de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, ya que a lo largo de la historia hubo y hay quienes le niegan a Jesús ya sea su humanidad, ya sea su divinidad.

El niño Jesús, nacido en Belén y a quien celebramos en este tiempo de Navidad que estamos viviendo, ya desde su concepción en el seno virginal de María, es Dios y hombre verdadero; y María es, por lo tanto, madre de Dios.

De ninguna manera queremos decir que la Virgen María sea madre de la naturaleza divina de Jesús, porque entonces ella misma sería Dios. Jesús es el verbo encarnado, hecho hombre; la segunda persona de la Santísima Trinidad que existe desde siempre con el Padre y el Espíritu Santo; no ha sido creado como los ángeles y nosotros, es Dios que se hizo hombre en la plenitud de los tiempos. María le dio humanidad; su divinidad es eterna; ambas están presentes en su totalidad en el niño Jesús, hijo de María.

La Divina Providencia

A veces nos critican a los católicos porque somos más marianos que cristianos. No obstante, la fiesta de la Divina Providencia –que nos da casa, vestido y sustento- y que celebramos también este 1 de enero, junto con Santa María, Madre de Dios, parece contradecir esta crítica.

Cada año, en dos ocasiones nuestro pueblo se vuelca en las iglesias: en el Miércoles de Ceniza, para pedir perdón, y en el Año Nuevo, para pedir gracias. Multitudes asisten el 1 de enero a la bendición de sus doce velas que encenderán el primer día de cada mes a fin de recordar la Providencia Divina.

Esta devoción tiene un fuerte arraigo en la religiosidad popular y está representada plásticamente por la imagen de la Santísima Trinidad, presente en todas nuestras iglesias con la clásica alcancía con tres ranuras para la triple limosna de la casa, el vestido y el sustento. Tradicionalmente algunos párrocos destinan la colecta de esta alcancía a la providencia sobre los más pobres.

La palabra ‘providencia’, del latín, significa ‘ver por’. Los papás de la tierra ven por sus hijos, tienen providencia de ellos. Los peregrinos que recorren grandes distancias hacia un santuario, encuentran en su camino personas generosas que les dan de comer o les brindan un lugar seguro para descansar, ellos llaman a estas dádivas ‘providencia’, con el sentido propio de las personas que ven por ellos y con el sentido de que es Dios el que tiene providencia de ellos.

Nuestro pueblo tiene una fe enorme en la providencia divina y sabe que detrás de cada bien que recibimos o que logramos con nuestro trabajo está la mano de Dios generosamente abierta para darnos, a sus hijos, cosas buenas, como los padres de la tierra. Y nuestro pueblo acude el 1 de enero a dar gracias ¡y a pedir más!

Vida nueva
En los días inmediatos al año nuevo, los sacerdotes en las iglesias recibimos a mucha gente que acude a jurar como propósito de año nuevo. Juran de no tomar y de no drogarse, pero cada vez hay más gente que jura de no robar y de no ser enojón o violento. Una ocasión me conmovió un hombre que acudió al templo a jurar que no se vengaría ¡y cumplió!

Indudablemente los juramentos significan la fe de nuestro pueblo que se acepta débil y necesitado de la gracia divina para vencer algo que parece ser más fuerte que su voluntad.

En Año Nuevo hacemos buenos propósitos. Con juramento o sin él, expresados o callados, los buenos propósitos responden a la oportunidad de iniciar una vida nueva presente en la celebración de un Año Nuevo.

Estos buenos propósitos se ven reforzados por las incontables bendiciones que recibimos de amigos y familiares que nos repiten hasta el cansancio “¡Feliz año nuevo! Cada buen deseo es una bendición.

Las doce uvas devoradas con prisa antes de las doce campanadas y la sidra con que se brinda es parte de estas costumbres familiares, propias o importadas de Estados Unidos, con las que la familia se une a celebrar la vida, una nueva oportunidad de vivir que nos brinda Dios providente.

Oración de fin de año
Señor Dios, al terminar este año quiero darte gracias por todo lo que he vivido.
Gracias, Padre Dios, por la vida y el amor, por las flores, el aire y el sol. Por la alegría y el dolor. Por cuanto fue posible emprender y por lo que no se pudo realizar.

Gracias por la casa, el vestido y el sustento.
Te ofrezco, Padre Dios, cuanto hice en este año: el trabajo que pude realizar y las cosas que pasaron por mis manos y lo que con ellas pude construir.

Pongoo ante tus ojos providentes a las personas que a lo largo de estos meses frecuenté, a los parientes y amigos; los más cercanos y los que están más lejos, los que me dieron la mano, aquellos a los que pude ayudar, con los que compartí la vida, el trabajo, el estudio, el dolor y la alegría. Bendícelos Padre.

También, Padre Bueno, hoy te pido perdón por el tiempo perdido, por el dinero mal gastado, por las malas palabras y el egoísmo.

Perdón por las obras vacías, por el trabajo mal hecho y por vivir sin entusiasmo, fe y caridad. Por mis olvidos, descuidos y silencios, te pido perdón.

Perdón por las palabras de afecto que se quedaron en mi corazón y no me atreví a pronunciar.
Por tu misericordia he vivido ya otro año. Me has dado vida y fuerza ¡Me has colmado de tantas bendiciones cada día!

¡Te alabo y te bendigo!

Artículo originalmente publicado por Desde la fe

Temas de este artículo:
espiritualidad
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