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La primera misericordia debe ser con uno mismo

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La solidaridad con los necesitados como gesto de misericordia

Hace unos días me enviaron un video por internet, que es un fragmento de la película Angel-A del director francés Luc Besson (2005), donde una mujer alta lleva delante de un espejo a un joven de menor estatura, venido a menos en varios aspectos, y empieza entre ambos un diálogo sumamente interesante.

Ella lo conduce con preguntas simples a darse cuenta de que también él está en el reflejo, y no solamente como algo añadido, sino como una parte primordial, como la parte más importante, e incluso hay un momento de la escena en la que aparece únicamente él, concentrado en su persona, en su mirada, en su figura, él y sólo él.

Podría parecer absurdo que al hablar de solidaridad y misericordia hacia los demás, este artículo esté dedicando a hablar de alguien que se queda frente al espejo percibiendo su sola imagen, siendo que hay otra persona que aparece también en el reflejo; pero a mi consideración no es así.

Quería partir de este sencillo ejemplo, donde el mencionado protagonista, cuyo nombre en la realidad es Jamel Debbouze, después de una escena digna de un premio Oscar, llega con mucho esfuerzo a expresarse un poco de amor propio; logra, como si hubiera escalado una escarpada cumbre, a decir con mucha dificultad: “Te amo”, lo dice a sí mismo, a su persona, a su mirada, a él: “Te amo”.

Quien aparece nuevamente en el espejo, aquella joven de grandes dimensiones, le explicaba que le costó tanto trabajo porque no había experimentado eso antes, que no tenía recuerdos de que alguien le hubiera expresado en su vida que lo amaba y por consiguiente a él le costaba tanto trabajo expresar para sí mismo esas dos dificilísimas palabras: “Te amo”.

Buena semana que pasé recordando ese fragmento de aquella película que no he visto completa, de la cual me quedo con tan sólo esa escena; semana primera de Adviento, donde me doy cuenta de que la primera solidaridad y el primer gesto de misericordia los debemos tener con nosotros mismos, antes que con cualquier otra persona.

Sí, conmigo mismo, porque aunque parezca egoísmo, a mi consideración no hay posibilidad, ni aunque sea remota, de manifestar misericordia a alguien más si nosotros mismos no la hemos experimentado primero.

Cuando cometo errores, frecuentemente utilizo palabras condenatorias para mí: “¡qué tonto!”, “¡qué menso!”, palabras que ni siquiera uso con las demás personas, pero que me vienen muy ligeras a la mente cada que equivoco las acciones o el camino.

Recuerdo también el bien que me hizo una dinámica, donde escribía una carta para mí mismo, como niño o adolescente, la dirigía con cariño a mi persona en otra etapa de mi vida, me llamaba yo mismo con cariño: “Querido Oscar”, y luego me decía que los errores que había cometido en ese momento de mi vida no importaban ya; que yo, grande como soy ahora, estaba ahí para protegerme y para ayudarme y para superar ese momento de dificultad, y que yo mismo me perdonaba los errores que podía haber cometido.

Es por eso que en este artículo tengo presentes cientos de páginas y reuniones que he realizado con el objetivo de ayudar a los demás, de vivir gestos de solidaridad para con otras personas, pero ahora quiero utilizar este espacio para reafirmar que la primera misericordia, el primer gesto de solidaridad y de amor, debe ser con uno mismo.

Es así como uno podría llegar algún día a ocuparse del bien de los demás, una vez que se ha demostrado a sí mismo un profundo, claro y sano amor propio.

Sirvan estas líneas para invitar al lector a recrear la escena de la cual les hablaba al inicio, que consiste en ponerse delante de un espejo y procurarse un poco de misericordia, tal vez sea bueno hacerlo delante de un espejo o tal vez funcione mejor con un gesto de amor con uno mismo; un abrazo es también una buena opción, así que si alguien en quien confiamos nos puede ayudar en esta breve dinámica, nos serviría mucho que después de haber sido testigo discreto de nuestra confesión, nos pueda dar un abrazo, como signo de esa reconciliación que tenemos con nosotros mismos, a fin de sanar esa parte de nuestra historia personal.

Sólo así imagino un gesto posterior de solidaridad con los demás, después de haber experimentado esa misericordia en nosotros mismos. Desde mi ser cristiano, no puedo terminar sin mencionar que esa primera misericordia, antes de tenerla cada quien consigo mismo, habrá que recordar que ya Dios la tuvo con nosotros, el “primereó”, como dice el Papa Francisco, su amor con nosotros, para que nosotros lo vivamos cada quien consigo mismo y entonces, con los demás. ¡Feliz Año de la Misericordia!

Artículo originalmente publicado por Desde la fe

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