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La guerra contra los cristianos: catástrofe del siglo XXI

KHALED DESOUKI
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¿Cuántas más masacres deberán ocurrir, para que el mundo se de cuenta del problema?

Imaginemos si los corresponsales a finales de 1944 hubieran informado sobre la Batalla de las Ardenas, pero sin explicar que fue un momento crucial en la segunda guerra mundial. O si los periodistas económicos contaran la noticia de la crisis de la AIG en 2008 sin añadir que esto planteaba interrogantes sobre sus derivados y sobre las hipotecas sub-prime que podían hacer augurar un enorme implosión financiera.
 
Mucha gente diría que los periodistas fallaron al no proporcionar el contexto adecuado para entender las noticias. Y sin embargo, esto es lo normal en los medios de comunicación cuando hay titulares sobre la persecución contra los cristianos en todo el mundo, por lo que la guerra global contra los cristianos sigue siendo la gran noticia nunca contada de principios del siglo XXI.
 
En estos días, la gente de todo el mundo se ha horrorizado ante las imágenes de ataques a iglesias en Pakistán, donde 85 personas murieron cuando dos terroristas suicidas se lanzaron contra la iglesia anglicana de Todos los Santos en Peshawar, y en Kenia, donde el asalto a una iglesia católica en Wajir dejó un muerto y dos heridos.
 
Estas atrocidades son de hecho horribles, pero no pueden ser bien comprendidas sin verlas como pequeñas piezas de un puzzle mucho más grande. Consideremos  tres puntos del panorama de la persecución anticristiana hoy, que es sorprendente que sean generalmente desconocidos. Según la Sociedad Internacional para los Derechos Humanos, un observatorio no confesional con sede en Frankfurt (Alemania), el 80% de todos los actos de discriminación religiosa hoy en el mundo se dirigen contra los cristianos. Desde el punto de vista estadístico, esto hace a los cristianos el cuerpo religioso más perseguido del planeta.
 
Según el Pew Forum, entre 2006 y 2010 los cristianos padecieron alguna forma de discriminación, sea de jure o de facto, en un asombroso total de 139 países, que es casi las tres cuartas partes de las naciones de la tierra. Según el Center for the Study of Global Christianity, en el Gordon-Conwell Theological Seminary en Massachusetts, cerca de 100,000 cristianos han sido asesinados en lo que este centro llama “situación de testimonio’ cada año en la pasada época. El resultado es 11 cristianos asesinados cada hora del día los siete días de la semana y los 365 días del año, en algún lugar del mundo, por razones relacionadas con su fe.
 
En efecto, el mundo está siendo testigo del surgimiento de una entera nueva generación de cristianos mártires. La matanza está teniendo lugar a tan gran escala que representa no sólo la noticia cristiana más dramática de nuestro tiempo, sino con toda probabilidad el principal reto para los derechos humanos de esta época.
 
Para poner “carne y sangre” a estas estadísticas, todo lo que uno tiene que hacer es mirar alrededor. En Bagdad, los militantes islámicos asaltaron la catedral siro-católica de Nuestra Señora del Socorro el 31 de octubre de 2010, asesinando a los dos sacerdotes que celebraban la misa y dejando un total de 58 muertos. Aunque impactante, el asalto no era una guerra sin precedentes; de las 65 iglesias cristianas en Bagdad, 40 han sido atacadas con bombas desde el principio de la invasión de 2003 guiada por Estados Unidos.
 
El efecto de esta campaña de violencia e intimidación ha sido devastador para el cristianismo en el país. En la época de la primera Guerra del Golfo en 1991, Iraq tenía una floreciente comunidad cristiana de al menos 1,5 millones de fieles. Hoy, la cifra más estimada del número de cristianos que quedan es de cerca de 500.000, y de forma más realista, muchos creen que podría ser de 150.000. Muchos de estos cristianos iraquíes han partido al exilio, pero una cantidad escalofriante han sido asesinados.
 
Orissa, un estado del nordeste de la India, ha sido el escenario del pogrom anticristiano más violento en lo que va de siglo XXI. En 2008, una serie de motines acabó con alrededor de 500 cristianos asesinados, muchos acuchillados hasta morir por radicales hindúes armados con machetes; miles más resultaron heridos y cerca de 50.000 se quedaron sin hogar. Muchos cristianos se instalaron en improvisados campos para refugiados, donde muchos languidecieron durante dos años o más.
 
Alrededor de 5.000 hogares cristianos, junto a 350 iglesias y escuelas, fueron destruidas. Una monja católica, la hermana Meena Barwa, fue violada durante el caos, y luego desnudada y golpeada. La policía, comprensiva con los radicales, la disuadió de denunciar los hechos, y rehusó arrestar a sus agresores.
 
En Birmania, miembros de las etnias Chin y Karen, que son mayormente cristianos, son considerados por el régimen como disidentes, y rutinariamente sometidos a prisión, tortura, trabajos forzados, y asesinatos. En octubre de 2010, el ejército birmano lanzó ataques con helicópteros en territorios donde se concentran los cristianos.
 
Una fuente del ejército birmano contó a la prensa que la junta había declarado esas áreas como ‘áreas negras’, donde el personal militar estaba autorizado a atacar y matar a objetivos cristianos a tiro. Aunque no hay datos precisos, se cree que miles de cristianos birmanos han muerto en la ofensiva.
 
En Nigeria, el movimiento militante islámico ‘Boko Haram’ es considerado responsable de al menos 3.000 muertes desde 2009, incluyendo sólo el año pasado 800. El movimiento se ha especializado en atacar a los cristianos y sus iglesias, y en algunos casos parecen determinados a expulsar a todos los cristianos de algunas zonas del país.
 
En diciembre de 2011, el portavoz local de Boko Haram anunció que todos los cristianos en los estados norteños de Yobe y Borno tenían tres días para irse, y a continuación siguió una cascada de atentados en iglesias el 5 y 6 de enero de 2012, que dejó al menos 26 cristianos muertos, además de dos tiroteos por separado en los que fallecieron ocho cristianos más. Como resultado, cientos de cristianos abandonaron la zona, y muchos son aún desplazados. Por navidad, el año pasado, cerca de 15 cristianos fueron degollados por asaltantes de Boko Haram.
 
Corea del Norte es ampliamente considerado como el lugar más peligroso del mundo para ser cristiano, pues de calcula que la cuarta parte de los entre 200.000 y 400.000 cristianos del país están recluidos en campos de trabajos forzados por negarse a practicar el culto nacional al fundador Kim Il Sung. El ánimo anticristiano es tan fuerte que personas con abuelos cristianos son expulsados de los trabajos importantes – a pesar de que incluso la madre de Kim Il Sung era diaconisa presbiteriana. Desde que el armisticio en 1953 estableciera la división de la península, unos 300.000 cristianos en Corea del Norte han desaparecido y se les supone muertos.
 
Como ilustran estos ejemplos, la violencia anticristiana no se limita al ‘chiqie de civilizaciones’ entre el Cristianismo y el Islam. En realidad, los cristianos afrontan una desconcertante variedad de amenazas, por parte de enemigos diversos y sin una única estrategia adecuada para frenar la violencia.
 
Aunque sus colegas creyentes en Occidente deberían especiales tener razones para preocuparse, la realidad es que no se requieren convicciones confesionales en absoluto para justificar la alarma ante la creciente oleada de animadversión contra los cristianos.
 
Dado que gran parte de los 2.300 millones de cristianos hoy son pobres y viven en el mundo desarrollado, y dado que a menudo son miembros de minorías étnicas, culturales o lingüísticas, los expertos consideran su caso como un indicador fiable de en un informe más amplio sobre derechos humanos y dignidad. Igual que uno no tenía que ser judío en los 70 para preocuparse por los judíos disidentes en la Unión Soviética, ni negro en los 80 para horrorizarse por el régimen del Apartheid en Sudáfrica, uno no necesita ser cristiano hoy para considerar la defensa de los cristianos perseguidos como una prioridad.
 
¿Por qué las dimensiones de esta guerra global son tan a menudo ignoradas? Junto al hecho clave de que las víctimas son mayoritariamente no blancas y pobres, y por ello no se las considera “noticiosas” en el sentido clásico, y porque tienden a vivir y morir bien lejos del alcance del radar de la opinión pública occidental, otra razón es el anticuado estereotipo de que el cristianismo es opresor más que oprimido.
 
Habla de “persecución religiosa” a muchos creadores de opinión, y pensarán en las cruzadas, la Inquisición, Bruno y Galileo, las guerras de religión y las brujas de Salem. Hoy, sin embargo, no vivimos en las páginas de una obra mediocre de Dan Brown, en la que los cristianos envían asesinos locos para ajustar cuentas históricas. En su lugar, ellos son los que huyen de los asesinos que otros han enviado.
 
Por otra parte, la discusión pública sobre temas de libertad religiosa sufre a menudo de dos tipos de anteojeras. En primer lugar, generalmente se expresa en términos de tensiones occidentales iglesia / estado, tales como el reciente tira y afloja entre los líderes religiosos en Estados Unidos y la Casa Blanca de Obama sobre las leyes de anticonceptivos como parte de la reforma de salud, o las tensiones en el Reino Unido sobre la Ley de Igualdad de 2010 y sus implicaciones para las agencias de adopción vinculadas a la Iglesia en cuanto a parejas del mismo sexo. La verdad es que en Occidente, una amenaza a la libertad religiosa significa que alguien podría ser demandado, y en muchas otras partes del mundo, significa que alguien puede recibir un disparo, y seguramente éste último es el escenario más dramático.
 
En segundo lugar, la discusión se limita a veces por una concepción demasiado estrecha de lo que constituye "violencia religiosa". Si una catequista es asesinada en la República Democrática del Congo, por ejemplo, porque está persuadiendo a los jóvenes de que permanezcan fuera de las milicias y bandas criminales, se podría decir que es una tragedia, pero no martirio, porque sus agresores no actuaron impulsados ​​por el odio la fe cristiana. Sin embargo, el punto crucial no es sólo lo que había en la mente de sus asesinos, sino lo que había en el corazón de esa catequista, que a sabiendas puso su vida en peligro para servir al Evangelio. Considerar como única prueba los motivos de sus atacantes, en lugar de los de ella, es distorsionar la realidad.
 
Sean cuales sean los motivos del silencio, ha llegado el momento de acabar con él. El Papa Francisco lo reconoció en sus saludos durante la Audiencia General del mes pasado.
 
‘Cuando oigo que muchos cristianos en el mundo están sufriendo, ¿soy indiferente, o es un miembro de mi familia el que está sufriendo?’, preguntó el Papa, añadiendo: ‘¿Estoy abierto a ese hermano o esa hermana de mi familia que está dando su vida por Jesucristo?’
 
En 2011, el Patriarca católico de Jerusalén, Fouad Twal, que preside una iglesia que ya ha cubierto el cupo de nuevos mártires, pronunció las mismas preguntas pero más lastimeramente durante una conferencia en Londres. Preguntó francamente: ‘¿Oye alguien nuestros gritos? ¿Cuántas atrocidades más deberemos soportar para que alguien, en algún lugar, venga en nuestra ayuda?’
 
No puede haber pregunta sobre el destino del cristianismo en el siglo XXI más merecedora de una respuesta apremiante.
 
John L. Allen Jr es autor de The Global War on Christians: Dispatches from the Front Lines of Anti-Christian Persecution. Artículo publicado en The Spectator
 
 

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