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Santa Godeberta de Noyon (aprox. año 700)

Atendió a los enfermos de una forma menos directa que muchos otros. Como abadesa de gran influencia sobre las gentes que vivían cerca de su abadía, Godeberta les animó a rezar por el fin de una plaga. Después de pasar tres días ayunando en arrepentimiento, la plaga terminó repentinamente.
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San Roque (1295-1327)

Se embarcó en una peregrinación a Roma con 20 años, mendigando durante todo el camino. Cuando llegó a Italia, encontró un país desolado por la plaga. Roque se dedicó a cuidar de los desconocidos enfermos con los que se encontraba (a menudo curándolos milagrosamente) hasta que él mismo contrajo la enfermedad. Como no conocía a nadie, Roque se arrastró a morir a un bosque cercano, pero un perro local le trajo comida y lamió sus heridas hasta que Roque se recuperó.
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San Carlos Borromeo

Era cardenal cuando el hambre y la peste azotaron Milán, en el siglo XVI. Aunque la mayoría de los nobles huyeron de la ciudad, el cardenal Borromeo organizó a los religiosos que se quedaron para alimentar y cuidar a los hambrientos y enfermos. Alimentaban a más de 60.000 personas al día -la cuenta pagada en gran parte por el cardenal, que se endeudó personalmente para alimentar a los hambrientos. También visitó personalmente a los que sufrían de peste y les lavó las llagas, habiendo escrito primero su testamento y preparado para la muerte. Pero el buen cardenal se salvó, viviendo otros seis años después de la que se conocería como "plaga de san Carlos".
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San Enrique Morse (1595-1645)

Ingles nacido protestante, se convirtió en sacerdote jesuita y regresó a Inglaterra para servir de forma encubierta. Gran parte de su trabajo consistió en servir a víctimas de la peste, en el brote de 1624 y luego (después de ser desterrado de Inglaterra y haber regresado en secreto) en 1635. En 1635-1636, Morse contrajo la peste tres veces, pero se recuperó cada vez. Cuando fue capturado más tarde, tuvieron en cuenta su trabajo con las víctimas de la peste y lo liberaron. La próxima vez que lo capturaron, no tuvieron tanta clemencia y Morse fue martirizado.
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Santa Virginia Centurione Bracelli (1587-1651)

Era una mujer adinerada y viuda cuando una plaga de la peste irrumpió en Génova. Dio cobijo a muchos enfermos en su hogar; como se quedó sin espacio, alquiló un convento vacío y luego construyó más viviendas. Tras el final de la plaga, el hospital de Virginia continuó atendiendo a cientos de enfermos y la orden religiosa que Virginia fundó en medio de esta situación continúa funcionando a día de hoy.
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Beato Pedro Donders (1809-1887)

Este sacerdote redentorista holandés sirvió en Surinam durante 45 años. Luchó por los derechos del pueblo esclavizado, evangelizó a los indígenas y atendió a los enfermos durante una epidemia (a la que sucumbió brevemente). Pasó las últimas tres décadas de su vida atendiendo a una colonia de leprosos y defendiendo ante las autoridades la obtención de un mejor cuidado para su gente.
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San José Brochero (1840-1914)

Justo después de su ordenación sacerdotal, el padre José, argentino, atendió a los enfermos de una epidemia de cólera de la que salió indemne. Luego, para servir a sus feligreses, construyó 200 kilómetros de caminos y conectó su parroquia con los servicios de correo, de telégrafo y con la línea ferroviaria. Con el tiempo, contrajo la lepra y empezó a quedarse ciego, tras lo cual se retiró tanto del ministerio activo como de su contribución individual a la construcción de infraestructura en la región. Había pasado más de 40 años sirviendo como sacerdote, enfermero, “lobista”, carpintero y obrero de la construcción.
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Santa Mariana Cope (1838-1918)

Respondió a la llamada del rey de Hawái para llevar allí a sus Hermanas para servir a los leprosos junto con san Damián de Molokai. Aunque muchos temían la enfermedad, por entonces considerada extremadamente contagiosa, Mariana aseguró a sus Hermanas que ninguna de ellas la contraería. A través de estrictas prácticas de higiene y una buena dosis de gracia, las Hermanas trabajaron con los leprosos de Molokai durante casi un siglo sin que ninguna de ellas contrajera la terrible enfermedad.