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Santa Mónica, madre de san Agustín (siglo IV)

Frente a un marido violento, el dulzor y el silencio de la joven Mónica bajo los reproches terminaron por convertirle. Con él tuvo tres hijos, pero se dedicó en cuerpo y alma a Agustín, al ver que se desviaba por el mal camino. Cuando Agustín renegó de su fe y huyó a Italia, Mónica partió para reunirse con él y se acercó a la escuela del obispo san Ambrosio, en Milán, sin dejar de rezar para que su hijo volviera al catolicismo. Tras ver cumplida su plegaria, Mónica tuvo la inmensa alegría de asistir a la conversión y el bautismo de su hijo. Tras dejar atrás los reproches, se convirtió entonces en una ayuda para su hijo bienamado e incluso una discípula cuando se afianzó la magnitud intelectual y espiritual del futuro Padre de la Iglesia.

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