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Manifiesta de forma física la unión y el amor.

Según cada cultura y cada familia, los abrazos y los besos son más o menos expresivos. En cualquier caso, el contacto físico siempre nos hace sentir que formamos parte de la familia, donde se nos quiere y se nos da apoyo en los peores momentos
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Subraya lo positivo.

Reunirnos juntos, hacer planes juntos en los días de Navidad, contar recuerdos agradables de la persona difunta hacen que su memoria quede integrada en la celebración. El dolor, así, no estará reñido con la alegría navideña.
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No trates de tapar el dolor por la ausencia como si no pasara nada.

Compartir el duelo y hablar de lo que sentimos por dentro nos aliviará, porque nos sabremos comprendidos.
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Piensa en los más pequeños.

Para los niños, las fiestas de Navidad son muy especiales. A la hora de plantear tu actitud, piensa en lo que va a ser mejor para ellos. Esto te moverá a pasar por alto el disgusto y avanzar.
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Apóyate en la familia para superarlo.

La soledad no es buena compañera cuando nos lleva a la desesperanza. No te cierres ante los que están a tu alrededor.
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Reza por los que ya no están.

La oración pone en manos de Dios nuestras vidas y eso nos da otra perspectiva. Dios cura las heridas. Es quien mejor nos conoce y quien más nos ama, y promete consuelo a los que sufren tribulación. Rezar por los que murieron nos recuerda que estamos a una vida que no acaba con la muerte física.
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Haz una visita al cementerio.

Llevar unas flores a la tumba de un ser querido y rezar unos momentos allí es una forma de rendirle homenaje, de probar que no lo olvidamos y que deseamos su felicidad en el cielo.
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A la hora del brindis, nombren a los que ya no están.

Siguen vivos en nuestra memoria y nos acompañan desde el cielo. Al honrarlos, hacemos que sigan en la historia familiar, también entre los que amplían la familia. Los nuevos miembros se integran más al conocer también a los que echamos de menos.