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Lo primero, silencio y calma. Busca un ambiente propicio para reflexionar. Puede ser cuando estés a solas en la habitación, en un parque, frente al mar... El silencio y la paz exterior ayudan al recogimiento de los sentidos. El oído no se distrae con otras conversaciones, con la música o las noticias.

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Lo segundo, hazte la pregunta. ¿Cuál es de verdad el propósito de mi vida?

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Toma nota. ¿Para qué y para quién vives? Verás que aparecen distintos objetivos. Quizás te iría bien escribirlos y releerlos. En ese ejercicio vas haciendo examen y descubres que quizá dedicas tu tiempo a un fin muy concreto, pero que tu vida no tiene marcado un propósito todavía. De los muchos propósitos que vas escribiendo, hay uno que es el que conduce tu vida.

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Pide asesoramiento. A un amigo que te conozca y que sepas que solo busca tu bien. A un sacerdote con el que podrás expresar tus dudas y tus dificultades o tus interrogantes más profundos.

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Es hora de determinar el propósito de vida. ¿Qué pretendo hacer con mi vida? ¿Por qué estoy vivo? ¿Qué quiero ser? ¿Qué tengo en lo más profundo de mi corazón? ¿Por qué cosa estaría dispuesto a dedicar mi vida?

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El propósito de vida es una idea. No más. Así de sencillo.

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Pide ayuda a Dios para acertar. Quien nos ha creado y nos ama es quien mejor sabe para qué vinimos a este mundo. Ponte en oración de manera muy sencilla y pide a Dios que te ayude: "Jesús, ¿qué quieres de mí?". En la oración descubrimos la verdad sobre nosotros mismos. Y la oración se puede hacer sentado en el salón de casa, en una capilla pequeñita o viajando en el metro. Es hablar con Dios. Él siempre está dispuesto a hablar con nosotros.

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Anota tu propósito de vida. Mentalmente, en tu móvil o en tu agenda o en un papel que quieras guardar en el cajón de tu mesilla de noche.

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Revisa a menudo el propósito de tu vida. Así verás cómo ponerle patas. Cumpliendo las pequeñas o grandes metas que nos marquemos, vamos a hacer que ese sea el verdadero motor de nuestra vida.