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¿Cómo empezar?

La oración es expresión de vida interior. Consiste en dirigir las potencias del alma -memoria, inteligencia y voluntad- y sus facultades -conocer y amar- al Espíritu Santo, que mora en nuestro interior, y así relacionarnos con Dios Padre y Dios hijo.
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¿Cuánto tiempo orar?

Más vale calidad que cantidad, en forma y tiempo. Por ejemplo, más valen 5 minutos bien hechos a dos horas en las que se haga de todo menos oración.
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Paso a paso

La persona que no ha orado o que no está habituada a hacerlo no puede pretender en un primer momento pasar horas postrada ante el Señor. Hay que comenzar por algo.
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¿Qué le digo a Dios?

Habla con Dios como con un amigo. Dios como Padre nos ama, pero es a la vez nuestro más fiel y mejor amigo. No uses palabras rebuscadas, sé espontáneo.
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¿Dónde y cuándo es mejor?

¿En qué momento? Dios, de manera ideal, concreta y real, te espera en el sagrario y por esto en cualquier momento se puede ir. Pero si estás en otro lugar basta que dispongas tu corazón, pues “cercano esta Yahvéh de aquellos que le invocan, de todos los que le invocan con verdad” (Sal 145, 18). Orar ante el Santísimo Sacramento es como hablar de tú a tú con la persona querida y orar al Señor en otro lugar es, si se me permite la comparación, como hablar con la persona querida vía teléfono móvil.
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Concéntrate

Cuando hacemos oración necesitamos centrarnos, concentrarnos. Para concentrarnos tenemos que ayudarnos eligiendo lo más conveniente en cuanto ambiente, hora, lugar, postura, etc. Y para concentrarnos debemos disciplinarnos.
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Persevera

Cuanto más se hace oración, más se facilita la concentración y más se forma el hábito del recogimiento.
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Fuera distracciones

Si se quiere centrar toda la atención en Dios y hay estímulos que atraen y distraen (verse atraído por otra cosa que te atrae con más fuerza) se necesita imponer la voluntad y hacer lo que se quiere hacer.
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SSsssshhhh

El silencio es importante.
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Vuelve a tu corazón

Saber ignorar las inevitables distracciones que pretenden que abandonemos la oración. Cuando algo nos distraiga o desconcentre no darle importancia alguna. Hay que ignorar la distracción de la manera más serena y retomar el hilo de la meditación o contemplación a través de un diálogo con Dios muy natural, así sin más. “Dedicarse a perseguir las distracciones es caer en sus redes; basta con volver a nuestro corazón: La distracción descubre al que ora aquello a lo que su corazón está apegado…” (Catecismo, 2729).