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San Ignacio de Loyola. Parte de la Manzana de las Luces, la Iglesia de San Ignacio es una de las iglesias más antiguas conservada en Buenos Aires. Acaba de ser restaurada, y se erige con esplendor a pocos metros de la Plaza de Mayo, iniciando un camino que puede llevar hasta San Telmo pasando por otros emblemáticos templos.
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San Ignacio de Loyola. Fue inaugurada en 1722 en el mismo lugar donde funcionaba la primera capilla de los padres jesuitas. Aunque no se encontrará el esplendor artístico en sus interiores que caracteriza a otras iglesias de Buenos Aires, pasar por ella acompañado de una buena guía turística ayudará a comprender gran parte de la historia de la ciudad.
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San Ignacio de Loyola. La reciente restauración dejó como regalo un templo que luce como nuevo en el que sólo el altar mayor y las capillas parecen ratificar que se está en uno de los templos más antiguos de la ciudad.
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Basílica de San Francisco. A cien metros de San Ignacio, se erige la Basílica de San Francisco, otra puerta de entrada a la maravillosa historia de la Buenos Aires colonial. La fachada presenta dos torres, como San Ignacio, y el turista hasta quizá confunda las fotos que se saque desde afuera. Sin embargo, al interior, amén de la bellísima capilla de San Roque con acceso desde el atrio, la basílica presenta en sus paredes algunos de los santos franciscanos más emblemáticos en imágenes de madera.
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Basílica de San Francisco. El retablo mayor desapareció con un incendio a mediados del siglo XX, por lo que en su lugar fue colocado un inmenso tapiz, de los más grandes que puedan verse en el mundo. Las obras de puesta en valor seguramente terminarán de restablecer el invaluable atractivo del templo animado por los padres franciscanos.
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Convento de Santo Domingo. La Basílica de Nuestra Señora del Rosario y Convento de Santo Domingo es fácilmente identificable por el mausoleo que con solemnidad se conserva en su atrio, con acceso sobre la calle Belgrano, en el que descansan los restos justamente del prócer Manuel Belgrano.
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Convento de Santo Domingo. Amén de su patrimonio artístico, en las paredes y en las reliquias conservadas se puede hacer una aproximación a uno de los acontecimientos más importantes de la historia de la ciudad: las invasiones inglesas. Bellísimamente conservado, el convento no sólo es historia, ya que los padres dominicos llevan adelante una rica variedad de actividades culturales y religiosas.
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Basílica Perpetuo Socorro. Si unir las basílicas de San Ignacio y San Francisco con el convento de Santo Domingo hizo el camino desde la Plaza de Mayo hasta San Telmo, caminar en sentido contrario, hacia la zona de Recoleta, también permite adentrarnos en varios templos que hablan de la riqueza espiritual de la ciudad.
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Basílica Perpetuo Socorro. Las distancias pueden ser algo mayores, eso sí. Uno de los pilares de este recorrido es la Basílica de Nuestra Señora del Socorro, también antiquísima, en el barrio de Retiro. En su interior, los frescos y decorados bien pueden pasar por los de un templo romano bien conservado, donde hasta los confesionarios son una joya de museo.
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San Nicolás de Bari. Tomando la avenida Santa Fe hacia el norte, tras visitar la basílica del Perpetuo Socorro, y tras cruzar la 9 de Julio, se puede llegar hasta San Nicolás de Bari, otro esplendoroso y bien contemplado templo que si el turista camina distraído quizá hasta lo pasa de largo. Pero su preciosa escalinata, que rompe con la propuesta comercial de la calle, es puerta de acceso a un bálsamo de paz en el medio de la locura porteña.
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San Nicolás de Bari. El sagrario, a un costado del altar mayor, está acompañado por las reliquias de San Héctor Valdivielso Sáez, primer santo argentino, bautizado allí. Además del sagrario, donde nunca faltan personas rezando es en la capilla de la Virgen de San Nicolás, advocación mariana que une la historia vieja de la Argentina con la contemporánea.
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