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A los pocos días de nacer, los bebés reconocen dónde provienen los sonidos, anticipan el desplazamiento de objetos e identifican a su madre por su olor y por su voz.
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Asombrosamente imitan los gestos de los adultos, como sacar la lengua, porque parecen saber que también tienen una lengua y les maravilla el movimiento de sus manos.
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El uso del lenguaje y la comunicación por parte de los adultos permite que por ejemplo, comprendan las variaciones temporales del habla y los ritmos de la voz. 
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Comparten emociones e interactúan. Crean vínculos afectivos y construyen su mundo social.
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A través de la sorpresa conocen el mundo. Su asombro es un indicador de lo que “descubren”.
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Le llama la atención cuando otra persona mira un objeto o un acontecimiento específico y así logran involucrarse con el entorno.
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Responden a las palabras del adulto a través de una sonrisa, una mirada y así logran relacionarse con los demás.
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  El rol comunicativo se invierte. El bebé se convierte en emisor, invita al adulto a mirar o  a realizar la acción que a él le interesa, a través de comportamientos como el llanto, la risa, o los gorjeos. Así muestran a sus cuidadores sus tiempos y necesidades.