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Corría el año 1873 y Chester Greenwood, de 15 años, era como cualquier otro adolescente de su natal Maine (Estados Unidos) que, durante el invierno, le gustaba patinar y jugar sobre los estanques congelados. El problema es que era alérgico a los sombreros de lana con cobertores de oreja de la época, así que para protegerse del frío y poder disfrutar con sus amigos, le pidió a su abuela que le cosiera unos protectores de algodón tejido o piel de castor a un alambre para colocárselo sólo en las orejas que era donde le pegaba más las bajas temperaturas. En 1877 obtuvo su patente.

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