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Revisa.

Pregúntate por qué te comportas como lo vienes haciendo. Cuáles son tus hábitos, tu relación con los demás, tus horizontes en lo personal.

Cuestiona si son adecuadas tus decisiones como ciudadano y como consumidor. Y, por encima de ello, como persona que tiene en cuenta la espiritualidad. ¿Cuento con Dios en mi vida o mi espiritualidad vuela bajo y se conforma con mirarse a uno mismo y decir "tú lo vales, tú puedes"? Revisar es saber que solos no podemos.

Haz un 360 grados y repasa si eres coherente: lo que crees, lo que dices, lo que compras, lo que comes, lo que transmites y lo que practicas debe ser un todo que hable de ti siempre en los mismos términos.
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Aprende.

Muéstrate abierto al cambio. Escucha, lee con ánimo sincero de cambiar. Así podremos liberarnos de la superficialidad o del egoísmo.

Adopta la mentalidad de los niños: están abiertos a asombrarse. No pienses que no puedes cambiar el carácter o que a nadie le importa lo que hagas. Di no a las rutinas insanas o a los estilos de vida que poco a poco nos denigran y nos empobrecen como personas.

Busca personas que lleven una vida ejemplar. Todos necesitamos personas que sean nuestra referencia: nuestra madre, un amigo, los abuelos... Señálalas en tu corazón y cuando debas decidir algo, piensa "qué haría ella en mi lugar".
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Cambia.

Rompe con hábitos poco saludables: amistades, comidas, ambientes sociales insanos...

No olvides que la mejora del mundo depende del cambio de cada persona. Si todos nos proponemos llevar un estilo de vida consciente, esto revertirá en beneficio de la sociedad a todos los niveles. El cambio empieza por uno mismo.

No culpes a los demás de lo mal que está el mundo sin antes mirar en tu interior y ver qué puedes modificar.