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Quedarse en casa: volver a la intimidad del hogar

Bajo el lema “yo me quedo en casa" hemos recuperado el valor de mirar hacia adentro, de compartir más con nuestros seres queridos y vivir el sacrificio de ser parte como familia de un bien mayor. El quedarnos en casa nos ha ayudado a entender que existe todo un universo por descubrir en la intimidad de nuestros hogares y dentro de nosotros mismos, un universo que podríamos ignorar fácilmente por nuestra rutinas fugaces cotidianas.
Se han abierto oportunidades reales de crear esos lazos que perduran en el tiempo y que permiten superar las adversidades. Volver a los principios y valores más profundos para poder trabajar la búsqueda de un balance que recupera las costumbres como resultado de pasar más tiempo juntos y manifestar muestras de cariño fortaleciendo los vínculos cercanos.
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Calles y lugares famosos desiertos: dejar de lado lo superficial

El virus ha derrumbado muchos de nuestros planes, programas y agendas. Cuando nos creíamos dueños del tiempo y constructores de la realidad, hemos abandonado algunos placeres a los que estábamos acostumbrados, a la comodidad, lugares y espacios con los que llenamos nuestras vidas, pero que al final nos nos ofrecían nada sustentable.
El encierro obligatorio ha sido una ocasión para abandonar la idolatría de armar planes como fines en sí mismos y liberarnos del "hacer por hacer" sin encontrar el verdadero sentido de las cosas. Nos ha alejado de las distracciones para poner nuevamente el foco en lo que de verdad importa y acercarnos a entender la razón y el valor de las cosas
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Estantes vacíos: recuperar lo esencial

Con una mirada a las tiendas en general, la pandemia nos ha mostrado que no hace falta tener mucho, sino aquellas cosas que son esenciales. Hemos tomado más conciencia de que la existencia se torna más saludable y gozosa desde la simplicidad de quien renuncia a la frenética búsqueda del bienestar material, del consumo desmedido y de la vida hedónica.
Muchos nos hemos replanteado las cosas que tenemos o queremos, nos hemos amigado con la capacidad al desapego y la búsqueda de lo importante priorizando y aprendiendo a tener que dar, compartir o incluso dejar cosas de lado que antes pensábamos eran indispensables para vincularnos con la realidad de una manera más genuina.
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Dibujos de arcoíris en las ventanas: la esperanza para seguir adelante

Aprender a renunciar a querer controlarlo todo es aceptar que no podemos predecir ni evitar que cosas que no queremos, nos pasen. Hay circunstancias que no dependen de nosotros y el coronavirus nos ha mostrado que la incertidumbre es una norma y no una excepción. Es esa cuota de incertidumbre muchas veces la que nos permite descubrir nuestro futuro.
Nuestros principios, sueños y fuerza para levantarnos, son las que toman protagonismo y nos invitan a vivir la nueva realidad más real que antes cuando hay esperanza. Aunque podemos prever algunas cosas, no podremos anticiparlas todas y la única certeza que tenemos es la de un corazón que confía y espera en el amor: el amor de los amigos y los que amamos.
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Población de riesgo: valor y respeto a nuestros mayores

La parte de la población más afectada y que ha sido atacada de forma directa por el virus ha sido la de las personas mayores. Hemos aprendido la importancia de valorarlos y respetarlos para que nos les falte alguien que les acompañe, alguien que les tome la mano en el momento de la partida y que les de una sepultura digna.
Cuántas normas como la eutanasia o la discriminación o el simple olvido se nos presentan como opciones razonables, muchas veces disfrazadas como “normales”, cuando en realidad los ancianos también tienen un papel decisivo en el aporte que hacen en nuestra sociedad y que merecen nuestros cuidados. 
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Mascarillas: aprender a hacer silencio

El entorno nos motiva a hablar más, pero los tapabocas y mascarillas se han instalado para hacernos callar. En vez de soltar palabras con prisa por querer expresarnos, interrumpir o ignorar a los demás fingiendo que escuchamos al responder rápido o no queriendo verdaderamente entender a los demás, aprendimos a llenarnos con un poco de silencio.
Al callarnos tenemos la oportunidad de encontrarnos con el mundo del otro y poder comprenderlo desde su punto de vista. Afinar el oído nos aleja de nuestro propio ego para dejar entrar los corazones y las mentes de los demás.
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Lavarse las manos: mantener hábitos de higiene personal

Hay una mayor conciencia sobre la la importancia de incorporar con más frecuencia pequeños actos cotidianos como mantener las manos limpias para evitar enfermedades. Estos hábitos de limpieza han llenado nuestra rutina protegiéndonos no solo del COVID19 sino también de muchos otros gérmenes.
Mantener los hábitos de cuidado personal es lo que nos prepara para afrontar cada día. De hecho, hasta que no haya una vacuna esta es hoy una de las pocas formas de acción eficaces con las que realmente contamos en la lucha contra la enfermedad.
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Aplausos: reconocer la defensa de la vida

Un punto común ha sido el reconocimiento de las personas que trabajan por defender la vida. Los trabajadores de la salud, médicos, enfermeros y voluntarios, fueron aplaudidos en todo el mundo por luchar contra el COVID-19. Han sido homenajes muchas veces emocionantes donde la humanidad se hace palpable y nos deja ver parte de su grandeza.
Los reconocimientos globales a estos trabajadores desde las ventanas y los balcones se transformaron en un fenómeno en donde al final del día se sentía el aliento de las personas para seguir luchando. También hemos aprendido que no hay una única forma de hacerlo: aplausos, cantos populares, gente tocando instrumentos o agitando banderas.
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Sin transporte: momento de pausa en el camino

El tiempo de cuarentena parece habernos enseñado que cuando nos detenemos un momento en el viaje de la vida, eso nos puede servir como impulso o renovación para el futuro, que existen beneficios también en las pausas. El medioambiente se limpia, se respira mejor aire, las aguas se tornan cristalinas y reaparecen animales que antes no se veían.
La sabiduría no depende de la cantidad de sellos que uno puede recolectar en un pasaporte. De nada sirve recorrer ciudades, tomar un millar de fotos y traer algún imán para la nevera si regresamos con el mismo vacío con el que nos fuimos. Ahora que no podemos movernos podemos reflexionar hacia dónde queremos ir y cuál queremos que sea nuestro motor.
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Sitios transformados en hospitales: hacer lugar para todos

Este tiempo ha sido un tiempo de modificaciones en favor de objetivos comunes. Edificios como escuelas y hoteles que se han transformado en hospitales poniendo a disposición espacios para ayudar a los demás. Aprendimos que necesitamos cultivar la ayuda mutua y a poner en práctica la solidaridad para cuidarnos entre todos y asumir más responsabilidades.
Nos ha ayudado en cierto modo a ver que la soledad es inhumana y destructiva y que no formamos un conjunto de individualidades, sino que el pensar como sociedad nos recuerda que el bien personal es inseparable del bien común y que no podemos progresar de verdad si cada uno busca soluciones a espaldas de la comunidad entera.