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Sábado, 20 De Julio
San Elías

Enseña la relación a la que el Dios de Israel está dispuesto

ELIJAH
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Conmemoración de san Elías Tesbita, profeta del Señor en tiempo de Ajab y Ococías, reyes de Israel, que defendió los derechos del único Dios ante el pueblo infiel a su Señor, con tal valor que prefiguró no sólo a Juan Bautista, sino al mismo Cristo. No dejó oráculos escritos, pero se le ha recordado siempre fielmente, sobre todo en el monte Carmelo.

Como lo señala el elogio del Martirologio Romano, Elías vivió «en tiempo de Ajab y Ococías, reyes de Israel», esto es, entre 875 y 850.

Pero la figura de Elías trasciende por completo las circunstancias históricas que lo rodearon; no en vano Elías pasa al reservorio de imágenes religiosas de Israel como un auténtico fundador, casi de la talla de Moisés.

Es un profeta, pero un profeta que funda, a su vez, un nuevo profetismo: el específico profetismo de Israel, que terminará volcándose en oráculos escritos, y dando figuras como un Isaías, un Jeremías, un Oseas, etc.

Debe tenerse presente que el profetismo no es, en principio, algo exclusivo de Israel ni del mundo bíblico; es más: la palabra «profeta», que proviene para nosotros de la traducción griega del Antiguo Testamento (siglos IV-III), era una palabra en uso en el mundo preclásico griego, mucho antes de que la Biblia se tradujera a ese idioma.

En todos los pueblos del mundo antiguo hay alguna institución, venerabilísima, que cumple la específica función de decir de viva voz las palabras, oráculos y vaticinios de parte de los seres divinos.

En los distintos pueblos, con sus características específicas, esa institución desplegó también ciertos rasgos comunes: al vate antiguo, al profeta en un sentido genérico, se lo reconocía por cierto éxtasis, por cierto trance; el profetismo, en todos los pueblos antiguos, es limítrofe con la enfermedad y la locura.

No escapa de eso la realidad del Israel antiguo. La palabra hebrea «nabí» (y su plural «nebi’im») con la que se designa a los profetas, en ocasiones hasta puede significar «loco», así, en Jeremías 29,26 se le dirá al sacerdote Sofonias (no confundir con el profeta homónimo), que él «ha sido puesto al frente de la casa de Yahvé para limpiarla de locos y profetizantes…» (aunque a veces se traduce «pseudoprofetas», en un intento de racionalizar el párrafo).

Es que los profetas solían actuar en grupos, y ejecutaban danzas y música frenética, que los llevaba al éxtasis religioso. La Biblia se recrea en la locura de los «profetas de Baal» en 1Re 18,26ss:

«…Danzaban cojeando junto al altar que habían hecho. Llegado el mediodía, Elías se burlaba de ellos y decía: “¡Gritad más alto, porque es un dios; tendrá algún negocio, le habrá ocurrido algo, estará en camino; tal vez esté dormido y se despertará!” Gritaron más alto, cortándose, según su costumbre, con cuchillos y lancetas hasta chorrear la sangre sobre ellos. Cuando pasó el mediodía, se pusieron en trance hasta la hora de hacer la ofrenda, pero no hubo voz, ni quien escuchara ni quien respondiera….»

Sin embargo, aunque Elías se burla de ellos, y con él la Biblia enseña la locura que es confiar la relación con Dios al frenesí incontrolado, no hacía mucho que los propios profetas de Yahvé, no los de Baal sino los del Dios de Israel, hacían esas mismas cosas que se le reprochan a los de Baal, como puede verse en la curiosa y simpática escena de 1Samuel 19,18-24, donde a medida que van tomando contacto con los profetas, los mensajeros y el propio rey se van contagiando del éxtasis.

Y posiblemente el profetismo en Israel hubiera seguido siendo esa institución religiosa primitiva, y hubiera muerto en su primitivismo, sin acompañar el crecimiento religioso de Israel, si no hubiera mediado la figura de Elías, que no sólo practica una nueva forma de relación con Dios -una relación de diálogo y confianza recíproca entre dos personas, no entre dos entidades fantasmagóricas-, sino que enseña a los demás que ésa es la relación a la que el Dios de Israel está dispuesto.

Mientras los 400 profetas de Baal invocan a su dios «a lo loco», y no obtienen respuesta, Elías invoca a Yahvé, pero en el contexto de una catequesis al pueblo, exactamente como Jesús nos enseña a dirigirnos al Padre por medio de una oración, el Padrenuestro, que es a la vez una verdadera catequesis: se dirige a Dios, pero se dirige también a nosotros:

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En seguida los fariseos salieron y se confabularon para buscar la forma de acabar con él.
Al enterarse de esto, Jesús se alejó de allí. Muchos lo siguieron, y los curó a todos.
Pero él les ordenó severamente que no lo dieran a conocer,
para que se cumpliera lo anunciado por el profeta Isaías:
Este es mi servidor, a quien elegí, mi muy querido, en quien tengo puesta mi predilección. Derramaré mi Espíritu sobre él y anunciará la justicia a las naciones.
No discutirá ni gritará, y nadie oirá su voz en las plazas.
No quebrará la caña doblada y no apagará la mecha humeante, hasta que haga triunfar la justicia;
y las naciones pondrán la esperanza en su Nombre. Mt. 12,14-21

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