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Miércoles, 15 De Abril
San Damián de Molokai

Un misionero belga en Hawai que sabía lo que era vivir en los márgenes de la sociedad

DAMIAN
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Jozef De Veuster creció en una granja en Bélgica y se esperaba que se hiciera cargo del negocio familiar. Sin embargo, se dio cuenta de que Dios tenía otros planes para él e ingresó en la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y María en Lovaina.

Tomó el nombre de Hermano Damián y sentía compasión por otros. Mientras estudiaba para el sacerdocio, Damián rezaba ante una foto de san Francisco Javier, pidiéndole que intercediera por él para que fuera enviado como misionero. Su deseo le fue concedido tres años más tarde.

Cuando su hermano (que era sacerdote en la misma orden) no pudo ir a su misión en el archipiélago de Hawái, Damián fue elegido para ocupar su lugar. Fue ordenado sacerdote en Honolulu el 21 de mayo de 1864.

En 1865, el gobierno local tomó medidas drásticas para prevenir la propagación de la lepra y puso en cuarentena a todos aquellos que padecían la enfermedad en la isla de Molokai.

Era, fundamentalmente, una sentencia de muerte ya que no tenían los recursos para proporcionar una asistencia sanitaria adecuada.

El obispo local vio la nefasta situación de los leprosos y pidió voluntarios para ir a la isla. Se esperaba que un sacerdote fuera allí y atendiera las necesidades espirituales de aquellos exiliados por la sociedad. La tarea implicaba una futura muerte entre los leprosos.

A su llegada, el Padre Damián dijo a la gente que él sería “uno que será un padre para vosotros, y uno que os quiere tanto que no duda en convertirse en uno de vosotros; en vivir y morir con vosotros”.

Su presencia en la isla aumentó considerablemente la calidad de vida de los leprosos. Además de construir una iglesia parroquial, ayudó en todos los aspectos de la vida y se ocupó de sus necesidades físicas y médicas tan bien como pudo.

Según la página web de Waimea, “construyó casas para ellos, cuidó sus heridas y los enterró cuando llegaba el momento. Los ayudó a pintar sus casas y a plantar cosechas. Transformó la comunidad y se convirtió en un ejemplo de triunfo. Su mensaje de servidumbre se oyó en todo el mundo. La grave situación de las víctimas de la enfermedad de Hansen se hizo conocida y llegó ayuda”.

Esto renovó la esperanza de la gente allí, que hasta entonces habían vivido vidas miserables como parias sociales. Él los trató con gran dignidad, sin importar su religión. Les mostró que, incluso viviendo en los márgenes de la sociedad, se puede vivir con júbilo.

El Padre Damián se quedó allí con la gente y finalmente contrajo la misma enfermedad de las personas con las que trabajaba. Como ya había afirmado proféticamente, se convirtió en uno de ellos y después murió con ellos en 1889.

Su heroico ejemplo ha llevado a algunos a llamarlo un “mártir de la caridad”, muriendo en conexión con el amor que vertió por su gente.

Pablo VI declaró que era “venerable” en 1977 y Juan Pablo II lo beatificó en 1995. Benedicto XVI más tarde confirmó los numerosos milagros que se le atribuían y lo canonizó en 2009.

Por Philip Kosloski

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Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén.
En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.
Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos.
Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran.
El les dijo: "¿Qué comentaban por el camino?". Ellos se detuvieron, con el semblante triste,
y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: "¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!".
"¿Qué cosa?", les preguntó. Ellos respondieron: "Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo,
y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron.
Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas.
Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro
y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo.
Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron".
Jesús les dijo: "¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas!
¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?"
Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.
Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante.
Pero ellos le insistieron: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba". El entró y se quedó con ellos.
Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio.
Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.
Y se decían: "¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?".
En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos,
y estos les dijeron: "Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!".
Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan (San Lucas 24,13-35).

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