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Miércoles, 01 De Julio
San Atilano Cruz Alvarado

Joven sacerdote asesinado por odio a la fe durante la guerra cristera

ATILANO CRUZ ALVARADO
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Nació en el municipio de Teocaltiche, Jalisco, el 5 de octubre de 1901. De muy humilde origen, durante su infancia se empleó como pastor.

Gracias a su tenacidad alcanzó de sus padres autorización para estudiar en el colegio de los Dolores y en el seminario auxiliar de Teocaltiche, Jalisco.

Al concluir los estudios elementales, ingresó al Seminario conciliar de Guadalajara. Sus cualidades humanas, su índole noble y paciente, le granjearon la estima de sus condiscípulos.

Fue alumno del plantel levítico durante lo más álgido de la persecución religiosa y aceptó ser clérigo cuando este servicio se consideraba un crimen.

Recibió la ordenación presbiteral el 24 de julio de 1927, en un lugar de la Barranca de San Cristóbal, refugio del arzobispo, don Francisco Orozco y Jiménez, quien lo nombró en el acto vicario parroquial de Cuquío.

Ejerció su ministerio en las peores circunstancias sin desfallecer, antes bien, se acreditó por su solicitud, obediencia y piedad.

Fueron once meses de vivir a salto de mata. El 29 de junio de 1928, atendiendo un llamado de su párroco, llegó al rancho Las Cruces, para acordar, ése y el siguiente día, asuntos tocantes a la atención pastoral.

La madrugada del día 1º de julio, mientras descansaban en la misma habitación los dos sacerdotes y un hermano del párroco, la casa fue tomada por un grupo de soldados del ejército federal, guiados por el presidente municipal de Cuquío, José Ayala y Gregorio González Gallo.

El padre Justino Orona fue acribillado a tiros al abrir la puerta, mientras exclamaba: ¡Viva Cristo Rey!; acto continuo, los verdugos completaron su obra disparando sobre los indefensos Atilano Cruz y José María Orona, que murieron en el acto.

Los cadáveres de las víctimas fueron ultrajados antes de su traslado a la plaza de Cuquío, para exhibirlos como sangriento trofeo. Sus restos se conservan en la iglesia parroquial de ese lugar.

Artículo publicado por la Arquidiócesis de Puebla

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Cuando Jesús llegó a la otra orilla, a la región de los gadarenos, fueron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros. Eran tan feroces, que nadie podía pasar por ese camino.
Y comenzaron a gritar: "¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?"
A cierta distancia había una gran piara de cerdos paciendo.
Los demonios suplicaron a Jesús: "Si vas a expulsarnos, envíanos a esa piara".
El les dijo: "Vayan". Ellos salieron y entraron en los cerdos: estos se precipitaron al mar desde lo alto del acantilado, y se ahogaron.
Los cuidadores huyeron y fueron a la ciudad para llevar la noticia de todo lo que había sucedido con los endemoniados.
Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verlo, le rogaron que se fuera de su territorio. Mt. 8,28-34

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