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Mártires de Japón

Crucificados en Nagasaki el 5 de febrero de 1597 tras una horrible tortura

PAUL

Public Domain

Poco después de que san Francisco Javier, uno de los fundadores de la Compañía de Jesús, llevara por primera vez el cristianismo a Japón entre los años 1549 y 1551, unas 300.000 personas seguían sus huellas en este país asiático.

Los cristianos fueron bien acogidos allí un tiempo. Pero la ambición del emperador por conquistar Corea y las fuertes tensiones políticas y religiosas desembocaron en una fuerte persecución.

De ella se recuerda hoy en todo el mundo lo ocurrido el 5 de febrero de 1597. Aquel día 26 católicos murieron crucificados y alanceados en Nagasaki, después de haber sido condenados a muerte y cruelmente torturados.

Les habían cortado a todos el lóbulo de la oreja izquierda y les habían llevado ensangrentados de pueblo en pueblo durante un mes, para atemorizar a los que quisieran hacerse cristianos.

Un contemporáneo describió así su muerte en la Historia de su martirio:

Clavados en la cruz, era admirable ver la constancia de todos, a la que les exhortaban el padre Pasio y el padre Rodríguez. El Padre Comisario estaba casi rígido, los ojos fijos en el cielo. El hermano Martín daba gracias a la bondad divina entonando algunos salmos y añadiendo el verso: A tus manos, Señor.

También el hermano Francisco Blanco daba gracias a Dios con voz clara. El hermano Gonzalo recitaba también en alta voz la oración dominical y la salutación angélica.

Pablo Miki, nuestro hermano, al verse en el púlpito más honorable de los que hasta entonces había ocupado, declaró en primer lugar a los circunstantes que era japonés y jesuita, y que moría por anunciar el Evangelio, dando gracias a Dios por haberle hecho beneficio tan inestimable.

Después añadió estas palabras:

«Al llegar este momento, no creerá ninguno de vosotros que me voy a apartar de la verdad. Pues bien, os aseguro que no hay más camino de salvación que el de los cristianos. Y como quiera que el cristianismo me enseña a perdonar a mis enemigos y a cuantos me han ofendido, perdono sinceramente al rey y a los causantes de mi muerte, y les pido que reciban el bautismo».

Y, volviendo la mirada a los compañeros, comenzó a animarles para el trance supremo. Los rostros de todos tenían un aspecto alegre, pero el de Luis era singular. Un cristiano le gritó que estaría en seguida en el paraíso. Luis hizo un gesto con sus dedos y con todo su cuerpo, atrayendo las miradas de todos.

Antonio, que estaba al lado de Luis, fijos los ojos en el cielo, y después de invocar los nombres de Jesús y María, entonó el salmo: Alabad, siervos del Señor, que había aprendido en la catequesis de Nagasaki, pues en ella se les hace aprender a los niños ciertos salmos.

Otros repetían: «¡Jesús!, ¡María!», con rostro sereno. Algunos exhortaban a los circunstantes a llevar una vida digna de cristianos. Con éstas y semejantes acciones mostraban su prontitud para morir.

Entonces los verdugos desenvainaron cuatro lanzas como las que se usan en Japón. Al verlas, los fieles exclamaron: «(¡Jesús!, ¡María!)», y se echaron a llorar con gemidos que llegaban al cielo. Los verdugos remataron en pocos instantes a cada uno de los mártires.

En el grupo de mártires que murió ese día y que católicos de todo el mundo recuerdan el día 6 de febrero, estaba el jesuita Pablo Miki, perteneciente a una familia importante de Kyoto. Deseaba ser sacerdote pero no pudo ser ordenado porque no había obispo. Sin embargo, llevó a Jesús a muchas personas.

También había 6 franciscanos de distintos países (Pedro Bautista, Martín de la Asunción, Francisco Blanco, Felipe Las Casas, Francisco de San Miguel y Gonzalo García), otros dos jesuitas y 17 laicos.

Oración

Oh Dios, fortaleza de todos los santos, que has llamado a san Pedro Bautista, a san Pablo Miki y a sus compañeros a la vida eterna por medio de la cruz, concédenos, por su intercesión, mantener con vigor, hasta la muerte, la fe que profesamos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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