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San Elías

Con él, el profeta será no tanto quien prevé el futuro cuanto quien enseña a leer la voluntad de Yahvé

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Conmemoración de san Elías Tesbita, profeta del Señor en tiempo de Ajab y Ococías, reyes de Israel, que defendió los derechos del único Dios ante el pueblo infiel a su Señor, con tal valor que prefiguró no sólo a Juan Bautista, sino al mismo Cristo. No dejó oráculos escritos, pero se le ha recordado siempre fielmente, sobre todo en el monte Carmelo.

Como lo señala el elogio del Martirologio Romano, Elías vivió «en tiempo de Ajab y Ococías, reyes de Israel», esto es, entre 875 y 850. Pero la figura de Elías trasciende por completo las circunstancias históricas que lo rodearon; no en vano Elías pasa al reservorio de imágenes religiosas de Israel como un auténtico fundador, casi de la talla de Moisés.

Es un profeta, pero un profeta que funda, a su vez, un nuevo profetismo: el específico profetismo de Israel, que terminará volcándose en oráculos escritos, y dando figuras como un Isaías, un Jeremías, un Oseas, etc.

Debe tenerse presente que el profetismo no es, en principio, algo exclusivo de Israel ni del mundo bíblico; es más: la palabra «profeta», que proviene para nosotros de la traducción griega del Antiguo Testamento (siglos IV-III), era una palabra en uso en el mundo preclásico griego, mucho antes de que la Biblia se tradujera a ese idioma.

En todos los pueblos del mundo antiguo hay alguna institución, venerabilísima, que cumple la específica función de decir de viva voz las palabras, oráculos y vaticinios de parte de los seres divinos.

En los distintos pueblos, con sus características específicas, esa institución desplegó también ciertos rasgos comunes: al vate antiguo, al profeta en un sentido genérico, se lo reconocía por cierto éxtasis, por cierto trance; el profetismo, en todos los pueblos antiguos, es limítrofe con la enfermedad y la locura.

No escapa de eso la realidad del Israel antiguo. La palabra hebrea «nabí» (y su plural «nebi’im») con la que se designa a los profetas, en ocasiones hasta puede significar «loco», así, en Jeremías 29,26 se le dirá al sacerdote Sofonias (no confundir con el profeta homónimo), que él «ha sido puesto al frente de la casa de Yahvé para limpiarla de locos y profetizantes…» (aunque a veces se traduce «pseudoprofetas», en un intento de racionalizar el párrafo).

Es que los profetas solían actuar en grupos, y ejecutaban danzas y música frenética, que los llevaba al éxtasis religioso. La Biblia se recrea en la locura de los «profetas de Baal» en 1Re 18,26ss:

«…Danzaban cojeando junto al altar que habían hecho. Llegado el mediodía, Elías se burlaba de ellos y decía: «¡Gritad más alto, porque es un dios; tendrá algún negocio, le habrá ocurrido algo, estará en camino; tal vez esté dormido y se despertará!».

Gritaron más alto, cortándose, según su costumbre, con cuchillos y lancetas hasta chorrear la sangre sobre ellos. Cuando pasó el mediodía, se pusieron en trance hasta la hora de hacer la ofrenda, pero no hubo voz, ni quien escuchara ni quien respondiera…».

Sin embargo, aunque Elías se burla de ellos, y con él la Biblia enseña la locura que es confiar la relación con Dios al frenesí incontrolado, no hacía mucho que los propios profetas de Yahvé, no los de Baal sino los del Dios de Israel, hacían esas mismas cosas que se le reprochan a los de Baal, como puede verse en la curiosa y simpática escena de 1Samuel 19,18-24, donde a medida que van tomando contacto con los profetas, los mensajeros y el propio rey se van contagiando del éxtasis.

Y posiblemente el profetismo en Israel hubiera seguido siendo esa institución religiosa primitiva, y hubiera muerto en su primitivismo, sin acompañar el crecimiento religioso de Israel, si no hubiera mediado la figura de Elías, que no sólo practica una nueva forma de relación con Dios -una relación de diálogo y confianza recíproca entre dos personas, no entre dos entidades fantasmagóricas-, sino que enseña a los demás que ésa es la relación a la que el Dios de Israel está dispuesto.

Mientras los 400 profetas de Baal invocan a su dios «a lo loco», y no obtienen respuesta, Elías invoca a Yahvé, pero en el contexto de una catequesis al pueblo, exactamente como Jesús nos enseña a dirigirnos al Padre por medio de una oración, el Padrenuestro, que es a la vez una verdadera catequesis: se dirige a Dios, pero se dirige también a nosotros:

«A la hora en que se presenta la ofrenda, se acercó el profeta Elías y dijo: «Yahveh, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, que se sepa hoy que tú eres Dios en Israel y que yo soy tu servidor y que por orden tuya he ejecutado toda estas cosas. Respóndeme, Yahveh, respóndeme, y que todo este pueblo sepa que tú, Yahveh, eres Dios que conviertes sus corazones».» (1Re 18,36).

Con Elías el profeta, y el profetismo, encuentran un nuevo camino: no es la persona del profeta alguien que debe ser aniquilado para que Dios se pueda expresar, sino que por el contrario, su investidura como profeta lo hace «más humano», si cabe la expresión.

El profeta será no tanto quien prevé el futuro, cuanto quien enseña a leer la voluntad de Yahvé, y por lo tanto aprender a preparar ese futuro. El «modelo bíblico» del profeta, que se inaugura con la actividad puramente oral de Elías y se desarrolla luego en el profetismo escrito, es el peldaño anterior a la encarnación: en el profeta habla Dios, pero no aniquilando la humanidad del profeta, sino promoviendo esa humanidad a su plenitud.

Por eso también el profeta es más sensible que nadie al cansancio y al dolor de la existencia, a nadie duele tanto como al profeta la tozudez de los hombres, la dificultad que tenemos para dejarnos conducir por Dios.

El profeta, más humano que cualquiera por estar en intimidad con Dios, es también más que ninguno una antena que capta todo el dolor de la existencia humana, y así se lo hacen saber al propio Dios varios profetas, y quizás como nadie, Elías, que en el conmovedor capítulo 19 de 1Reyes, precisamente después de la escena con los profetas de Baal, cuando lo lógico es que el pueblo se hubiera convertido, ve cómo ese baño de sangre en que terminó la confrontación entre Yahvé y el falso dios no sirvió para nada, al contrario: ahora buscan su vida, para matarlo.

Y así, cansado de una existencia que parece tener menos sentido cuanto más conscientes somos de la verdad de Dios, dirá a Dios «¡Basta ya, Yahveh! ¡Toma mi vida (qaj nafeshí), porque no soy mejor que mis padres!» (1Re 19,4). Yahvé no «toma» su vida, por ahora, más bien le da de comer y beber, le enseña a reconstruir los retazos de su vida con pequeños y simples gestos, y lo lleva a la montaña, a la soledad, a un encuentro total con Dios, en lo que es posible en las condiciones aun de este mundo.

Al profeta le falta aún un trecho de vida, debe llevar a término la obra que Dios le tiene encomendada, incluyendo la transmisión de su carisma profético a su discípulo Eliseo; pero tras completarlo todo, Dios lo llevará con él.

El P. Alonso Schökel hace notar que la misteriosa escena del arrebatamiento de Elías a los cielos en un «carro de fuego» (2Re 2) está centrada en el mismo verbo lqj que antes había usado Elías para pedir que Dios «tome» su vida, ahora el Señor la arrebata con él a los cielos, aunque Eliseo pretenda interponerse: «Dios toma y se lleva lo que es suyo, la vida de su profeta, cuando quiere y donde quiere; y no permite interferencias humanas» (Biblia del peregrino, comentario a 2Re 2).

Podemos fantasear infinitamente sobre el modo concreto de esa acsensión del profeta: nubes dirigibles, carros de fuego, alfombras mágicas… son escasísimos los recursos -y muy toscos todos- con los que cuenta el lenguaje poético y religioso para contar un cambio trascendental de «esfera»: de la del hombre a la de Dios, de la superficie y la apariencia de las cosas, a la dimensión profunda de realidad y vida. En eso consiste el final de la vida de Elías, un final que es, como todo él, anticipo y figura de Cristo.

Y como anticipo y figura, fue también él el personaje que la poética de Israel supuso que volvería literalmente antes de la plenitud de los tiempos: «unos piensan que eres Elías, o alguno de los profetas». Sin embargo Jesús sabe que es necesario romper la apariencia de las imágenes para poder decir la verdad: «Os digo, sin embargo: Elías vino ya, pero no le reconocieron sino que hicieron con él cuanto quisieron». (Mt 17,12); esto lo decía Jesús, como bien comprendieron los discípulos, refiriéndose a Juan el Bautista.

Valen la pena las introducciones y notas al «Ciclo de Elías» en Biblia del Peregrino, siempre llena de sugerencias; también conserva todo su valor la introducción al profetismo, en Grollenberg, Visión nueva de la Biblia, Herder, 1972, cap. V (se encuentra en la Biblioteca de ETF); también puede ser útil, sobre todo para el contexto del profetismo en los pueblos antiguos, el Cuaderno Bíblico 43, Louis Monloubou, Los profetas del Antiguo Testamento, Verbo Divino, 1987.

La obra clásica de Rebbe Abraham Heschel Los profetas (1962, hay edición castellana de Paidós en 3 tomos, y también se consigue en nuestra Biblioteca) sigue siendo una de las más profundas aportaciones de nuestro tiempo a la comprensión de lo humano y lo divino en el profeta, o de la «promoción de lo humano» cuando Dios se presenta dentro del hombre.

La obra El dios «sádico«, de François Varone, editado en español por Sal Terrae, analiza la figura de Elías, y se detiende en especial en la escena de su confrontación con los profetas de Baal, sin embargo, aunque obra valiosa en muchos aspectos, no me da la impresión de que termine de comprender el pathos interior del profeta.

Artículo originalmente publicado por evangeliodeldia.org 

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