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Y la mejor manera de ponerse al servicio del Reino de Dios es…

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© thodonal88 I Shutterstock

Edifa - publicado el 28/03/21

Incluso si la oración es primordial, no nos dispensa de actuar: ponte al servicio del Reino con todas tus capacidades

A Dios no le interesan los indecisos, los que sueñan su vida en lugar de cogerla con las manos o los que no cesan de añorar el pasado, los profesionales del “yo digo que” y de los aleccionadores en pantuflas.

Dios podría hacerlo todo sin nosotros, pero Él elige necesitarnos.

Quiere asociarnos a su obra de Creador: es aquí donde reside la grandeza de nuestro trabajo humano, que no es exclusivamente, ni en principio, un medio de ganar dinero (puede ser un trabajo voluntario y esto no le resta nada de valor).

La acción proviene de la contemplación

Las personas “creadas a imagen de Dios” son “llamadas a prolongar, las unas con y por las otras, la obra de la Creación dominando la Tierra […] El trabajo honra los dones del Creador y los talentos recibidos” (Catecismo de la Iglesia católica, § 2427).

Los santos nos enseñan con el ejemplo: ninguno de ellos se quedó de brazos cruzados. La oración es la fuente de su acción, pero no la remplaza. Ellos se dedican con energía al servicio del Reino.

Miremos la Virgen Maria después de la Anunciación: sin detenerse, se pone en marcha para ayudar a su prima Isabel.

Los santos no son “planeadores”: con el corazón en el Cielo, mantienen los pies en el suelo.

Los más grandes contemplativos tienen a menudo un excepcional sentido de lo concreto y son de lo más eficaces porque solo buscan la voluntad de Dios. Van directos a su objetivo.

Es un error oponer Marta y Maria (Lc 10, 38-42): escoger “la mejor parte”, que nos es propuesta a todos, no quiere decir dejar trabajar a las “Marta”, sino trabajar con la vista puesta en esta “mejor parte”.

La acción no se opone a la contemplación: sino que es su consecuencia.

Construir o contemplar: ¡la decisión es nuestra!

Frente a los desafíos del mundo actual, podemos dedicarnos a lamentarnos, a lagrimear sobre lo que ya no es, a imaginar lo que podría haber sido, quedándonos inertes.

Rehacer el mundo alrededor de una mesa, discutir interminablemente de lo que debería hacer nuestro obispo o el director del colegio de nuestros niños, el cura de la parroquia o el alcalde de nuestra ciudad, repartir positivos y negativos con tanto rigor que nos sale gratis, todo esto es estéril.

Por no decir pernicioso.

El Reino no necesita inspectores de trabajos acabados, sino hombres y mujeres que se arriesguen a actuar.

Actuar pues, es tomar riesgos: el de equivocarse, el de exponerse al juicio de los otros, el de recibir críticas y reproches.

Para ser la sal de la tierra hay que aceptar mezclarse con la tierra.

Mantener las manos limpias es fácil cuando las guardamos en los bolsillos; otra cosa muy diferente es cuando se decide confrontarnos a la realidad, comprometernos visiblemente al servicio de nuestros hermanos, tomar iniciativas.

¿Osaremos salir de los caminos marcados para poner en la práctica nuevas soluciones, abrir puertas, levantarnos contra la desdicha, la mediocridad, le fealdad, la miseria y todas las formas de violencia, negándonos a ver en esto una fatalidad ineluctable?

Nuestros hijos necesitan vernos comprometer nuestra vida en lugar de padecerla.

Necesitan que les alentemos a implicarse “para impregnar las realidades sociales, políticas, económicas, según las exigencias de la doctrina y la vida cristiana” (Catecismo de la Iglesia católica, § 899).

La acción no es la agitación

Nuestras obras no hacen avanzar el Reino: es Dios quien lo hace avanzar, con nosotros.

Somos como herramientas en sus manos, cuanto más dóciles más eficaces. Dios no nos pide que hagamos lo imposible.

Él no espera de nosotros que acumulemos éxitos: él nos demanda únicamente que hagamos lo poco que nos confía.

Que cumplamos la tarea que nos corresponde en el tiempo que Él nos da.

Esto supone estar “conectado” con Él por la oración: si nos dejamos llevar por el fragor de la batalla sin detenernos a orar, seguramente conseguiremos grandes éxitos, pero ¿cuál será nuestra fecundidad real? Igual que si no sabemos respetar el domingo.

Por Christine Ponsard

Tags:
contemplacióndiosoraciónServicio
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