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¿Y si prolongaras la Navidad durante todo el año?

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Edifa - publicado el 26/12/20 - actualizado el 26/12/20

La Navidad ha pasado pero no por eso debemos olvidar hasta el año siguiente el misterio de la natividad que nos ha revelado.

La Navidad acaba de pasar… ¿qué queda de ella? Juguetes nuevos dispersos por la casa, recuerdos felices, la mente un poco neblinosa por la falta de sueño, trozos de papel de regalo arrugados por todas partes y las tarjetas de felicitación en el buzón por la mañana.

O, quizás, el peso de la soledad un poco más cargante, la herida del duelo más viva que de costumbre… La Navidad, sí, también es eso, en lo concreto de nuestras vidas… pero ¿es sólo eso y primero eso?

La Navidad nos invita a maravillarnos ante el amor de Dios por nosotros

La Navidad, bien lo sabemos, es la gracia que se nos ofrece de acoger al Verbo hecho carne. La verdad de la Navidad es la Buena Nueva anunciada por los ángeles: “Hoy, nos ha nacido un Salvador”.Y eso es lo que da su sentido a todos los aspectos de la fiesta.

Los días siguientes a la Navidad no pueden parecerse, por tanto, a esos días de después de otras fiestas, tristes o alegres, pero que siempre están impregnados de cierta nostalgia por aquello que fue y no será más. Porque la alegría de Navidad no se nos ha dado solamente por algunas horas o algunas decenas de minutos durante la misa de Navidad.




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Y la celebración de la Natividad no es un mero cumpleaños que sólo dura el tiempo de soplar las velas. No es cuestión de dejar enterrado lo que Dios nos ha ofrecido por Navidad. Expliquemos a los niños que es un poco como si metiéramos en un armario o tiráramos a la basura todos los juguetes nuevos. Esta lástima les resultará muy vehemente.

En Navidad, hemos recibido un regalo mucho más grande y hermoso que todos los demás, pero como no se ve, nos arriesgamos a olvidarlo hasta el año próximo. Pero ¿qué puede cambiar la Navidad en nuestras vidas?

El amor de Dios

Dios nos ama tanto que, por nosotros, se hizo hombre. Él, que es el Creador omnipotente, nació pobre y desamparado como todos los bebés que dependen por completo de sus padres. Dios se da a nosotros y se nos revela no en la magnificencia, la riqueza y el poder, sino en la pequeñez y en la pobreza.

¿Cómo podríamos entonces buscar los honores, la riqueza y el poder mientras que Dios mismo nació en la pobreza, cuando se hizo un niño pequeño? Dios nos enseña a aceptar profundamente nuestros límites, nuestras dependencias.

Jesús no sufrió su condición de hombre, sino que la amó. Él nos conduce a amar nuestra condición de personas, con todos los límites, las exigencias y las dependencias propias de cada edad. Jesús no se hizo semejante a un niño pequeño, se hizo niño de verdad. Dios se hace próximo a nosotros. Él es “el totalmente Otro” y, sin embargo, se pone a nuestro alcance.

Su amor busca amansarnos dulcemente, sin causarnos temor.

La Navidad nos invita a maravillarnos ante este amor y a dejarnos llevar por él, a no olvidar nunca –ni siquiera más tarde en el año cuando celebramos otras fiestas litúrgicas– toda la ternura, la pureza y la simplicidad que nos son reveladas en el portal de Belén.

Todo le importa

Delante del belén, vemos y creemos más allá de las apariencias. Dios se hace carne. Muy concretamente, eso implica que nos es dado encontrarnos con Dios, servirle y amarle a través de todo lo que constituye nuestra vida humana. No está Dios por un lado y por otro nuestra existencia carnal.

No hay en nuestra vida unos momentos para Dios y otros que no Le conciernen. No somos seres divididos en dos: el alma para Dios y el cuerpo ajeno a Él. Es esencial no olvidar esto, en particular en el ámbito de la educación religiosa.

La educación de la fe no concierne solamente a una parte de la existencia o de la personalidad de nuestros hijos: es de verdad una educación de toda la vida. Nada de lo que hagan nuestros hijos, nada de lo que vivan es ajeno a Dios: todo es susceptible de acercarles o alejarles de Él, incluyendo las preocupaciones y los gestos más materiales.

Dicho esto, es importante subrayar que la educación de la fe no podría ser una mera educación para la vida: hace falta un anuncio explícito de la existencia de Dios que, encarnado, no es menos que el “totalmente Otro”. No es raro, por ejemplo, escuchar decir que el primer despertar en la fe debe ser un despertar a la vida, al mundo que rodea al niño, a los demás, etc.

Vida de oración

Es cierto si entendemos por ello que el despertar en la fe no debe estar desencarnado y dividido de la vida cotidiana del niño. Pero es falso si este “despertar a la vida” sustituye a toda instrucción religiosa y toda vida de oración.

Además, aunque es cierto que Dios nos da de encontrarle y amarle en cada instante de nuestros días y a través de todo lo que vivimos, no hay que olvidar que lo que da “aliento” –el aliento del Espíritu Santo– al menor de nuestros gestos, ya sea lavarse los dientes o pelar una fruta, es la oración.

Es porque dedicamos al menos diez minutos diarios a la oración, solamente para Dios, que podremos encontrarle y amarle durante los demás minutos.

La educación de la fe no debe de ningún modo desviar a los niños de su vida de niños, no debe hacer de ellos seres desencarnados, más bien al contrario, pero debe también guiarles a vivir al nivel del día a día, a presentir la dimensión sobrenatural de su existencia y orientar todas sus elecciones en función de esa dimensión.

Porque así es como aprendemos la Navidad: delante del belén, vemos y creemos más allá de las apariencias. Delante de ese niño pequeño, se nos pide creer que estamos en presencia del Hijo de Dios. Y quien mejor puede guiarnos por estos caminos de fe es la Virgen María.

Más que cualquier otro, ella sabía que su bebé era similar a los demás porque ella lo alimentó, le enseñó a hablar, a caminar, etc. Pero más que cualquier otro, ella creyó, plenamente, que este niño tan pequeño, que dependía por completo de ella, era verdaderamente su Salvador.

Christine Ponsard




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