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Navidad: descubre los tesoros ocultos tras el belén

enfant devant crèche de noel

© Fred de Noyelle / Godong

Edifa - publicado el 24/12/20

¿Qué hay más familiar y, en apariencia, más anodino que un portal de Belén? Y sin embargo, no medimos toda su carga simbólica.

¿Cómo entrar en el misterio de la Navidad? ¿Y cómo cultivar las gracias de la Natividad a lo largo de todo el año? Entrevista con fray Éric Bidot, capuchino del convento de Clermont-Ferrand (Francia).

¿Por qué en 1223 san Francisco realiza un belén viviente?

Francisco vivía con Cristo. Lo veía en los acontecimientos y en los encuentros de la vida cotidiana, Lo reconocía en sus hermanos, en especial en los más pobres. Francisco solamente tenía un deseo: encontrar, ver, tocar a su Señor. En el Evangelio, hay dos misterios de la vida de Cristo que le hacían brotar lágrimas en los ojos: la Crucifixión y la Natividad. Francisco se presenta como un hombre “simple”: es artista, poeta, sensible. Para comprender el Evangelio, necesitaba verlo, tocarlo y experimentarlo.

¿Cómo reaccionó la gente?

¡Seguro que dio mucho que hablar en los corrillos! Aunque no tenemos indicios de lo que Francisco dijo durante su predicación, la leyenda popular cuenta que las personas quedaron tan conmovidas que se marcharon llevándose briznas de paja del portal y no dejaron ni una… Además, su manera de hablar de Jesús transmitía su fe y su fervor.

Tiendo a pensar que Francisco predicó sobre la humildad de Dios: ¿cómo el Dios tres veces santo, creador del universo, maestro del tiempo y de la Historia, pudo hacerse hombre y nacer como un marginado? El portal de Belén revoluciona la imagen que puede tenerse de Dios: un Dios que se humilla para nuestra salvación.

¿Cómo se entra en la contemplación de este misterio?

Aceptemos dejarnos transformar y embargar por el misterio que se vive ante nuestros ojos. Entremos en la escuela de la humildad de Dios. Para aplaudir ante el mayor milagro de la Historia, tenemos que recuperar nuestra alma de niño. Deberíamos quedar transformados por el belén. Y por ello, nuestros belenes nunca serán lo bastante hermosos. Intentemos convertirlos en auténticos iconos que, al contemplarlos, quedemos profundamente maravillados por un misterio tan grande.

Es importante que, en el belén, estén representadas las actividades cotidianas y concretas de las personas de ayer y de hoy, sumergidas en su día a día. ¿Por qué no añadir a las tradicionales figuras médicos, trabajadores de la construcción, agricultores, comerciantes…? En el belén, toda la Creación está convocada: el cosmos, los elementos naturales, los pequeños y grandes de este mundo… Dios se hace hombre para renovar y reconciliar toda la Creación desde dentro.

¿Está ahí el centro del mensaje del belén?

El belén es un misterio de simplicidad. Démonos cuenta de que los pastores, los primeros testigos del nacimiento del Salvador, eran de los más pobres y despreciados de entre los judíos de su tiempo. Si tuviéramos corazones y manos de pobres, entraríamos sin dificultad en el júbilo de la contemplación de este gran misterio.

En Navidad, la presencia de Emmanuel (“Dios con nosotros”) nos revela la simplicidad del Amor. Dios es simple. Somos nosotros los complicados por nuestro pecado. En el belén, Dios está ahí. Un misterio del que se hace eco la exclamación de san Agustín: “Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no lo estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían”.

¿Cómo cultivar la gracia de Navidad a lo largo de todo el año?

Dejando a Dios transformar todas nuestras relaciones: nuestra relación con Él, con nosotros mismos y con los demás. No se trata de una técnica psicológica, sino de una verdadera conversión espiritual. Y para ello solo hay un medio: la oración personal. Sin ella, es imposible vivir la gracia de la Navidad. Es un poco abrupto, pero es la verdad. Cada día, Dios sólo pide renacer en nosotros, darnos la paz y la alegría de Navidad. No una paz de fachada y una alegría alborotada, sino una paz profunda y la alegría de saberse amado. ¿No tenemos cinco minutos al día para que Dios se encarne en nosotros?

A riesgo de parecer provocador con esta pregunta: ¿por qué se encarnó Dios?

¡Para decirnos que toda persona es hijo e hija de Dios! Para revelarnos el auténtico rostro de Dios y, de golpe, restaurar nuestra relación con el Padre de los cielos. “Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios”, decía san Ireneo en el siglo II. Jesús, siendo de verdad Dios y de verdad hombre, reconcilia en su persona al hombre con Dios y conduce al hombre a su verdadera y plena dimensión. Al encarnarse, el Verbo eterno revela la omnipotencia de su bondad, de su misericordia y de su ternura. En Jesús, Él se hace del todo próximo y pequeño para no asustarnos. El belén, como la eucaristía, es la revelación de un Dios que se hace siervo de toda persona para hablarnos de todo el poder de su amor. Como dice un antiguo villancico: “Del belén a la crucifixión, Dios nos entrega un grandísimo misterio”.

Entrevista realizada por Emmanuel Pellat


MANGER

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Tags:
belenpesebre
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