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¿Sabes cómo presentó la Virgen su pureza? Con una sonrisa

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Syda Productions | Shutterstock

Edifa - publicado el 08/12/20

El 8 de diciembre se celebra el día de la Inmaculada Concepción. ¿Cómo incide en nuestra vida?

Lourdes, 3 de marzo de 1858. A orillas del río Gave, en la húmeda y oscura gruta de Massabielle, una mujer se aparece por decimocuarta vez en veinte días a Bernadette (o Bernardita), una niña francesa.

Motivada, aquel día, por su sacerdote, que quería conocer la identidad de esa “bella dama”, la joven le pregunta. A cambio, recibe una sonrisa.

Esa sonrisa es la primera respuesta de esta mujer a la adolescente que quiere conocer su nombre.

Antes de presentarse, el 25 de marzo, como “la Inmaculada Concepción”, deja contemplar su sonrisa, como si fuera la puerta de entrada más adecuada a su misterio.

¿Qué nos dice la sonrisa de María de su misterio? ¿De qué forma ilumina el Adviento, que es un tiempo de espera vigilante y confiada del Salvador? ¿Por qué es un signo de esperanza?

María, segura de la victoria del amor de Dios

Así reflexionó Benedicto XVI en Lourdes el 15 de septiembre de 2008, durante la misa de los enfermos:

“María está hoy en el gozo y la gloria de la Resurrección. Las lágrimas que derramó al pie de la Cruz se han transformado en una sonrisa que ya nada podrá extinguir, permaneciendo intacta, sin embargo, su compasión maternal por nosotros”.

Así que esta sonrisa es la señal de que, en medio del mayor dolor –su hijo muerto en la Cruz–, en medio de la mayor injusticia –el Hijo de Dios inocente condenado por los hombres–, María permanece segura de la victoria del amor de Dios sobre el pecado y la muerte.

Y esta victoria de la gracia, María la vive desde su concepción. Hija de santa Ana y san Joaquín, María fue concebida inmaculada, es decir, preservada del pecado original, y esto, por anticipación de los favores de la muerte y la resurrección de Cristo.

“En ella resplandece la eterna bondad del Creador que, en su plan de salvación, la escogió de antemano para ser madre de su Hijo unigénito” (Benedicto XVI, Roma, 8 de diciembre de 2005).


IMMACULATE CONCEPTION

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Todos llamados a ser inmaculados

“El fundamento bíblico de este dogma se encuentra en las palabras que el ángel dirigió a la joven de Nazaret: ‘Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo’ (Lc 1,28). ‘Llena de gracia’ –en el original griego kecharitoméne– es el nombre más hermoso de María, un nombre que le dio Dios mismo para indicar que desde siempre y para siempre es la amada, la elegida, la escogida para acoger el don más precioso, Jesús, ‘el amor encarnado de Dios’ (Deus caritas est, 12)” (Benedicto XVI, Roma, 8 de diciembre de 2006).

María es el receptáculo perfecto de la plenitud de gracia.

Y si “la Cruz es el lugar donde se manifiesta de forma perfecta la compasión de Dios por nuestro mundo”, decía Benedicto XVI en Lourdes en 2008, “María comparte la compasión de su Hijo”.

“Su corazón, mediante el ser y el sentir con Dios, se ensanchó. En ella, la bondad de Dios se acercó y se acerca mucho a nosotros” (Benedicto XVI, Roma, 8 de diciembre de 2005).

En efecto, esta concepción inmaculada, que distingue a María de nuestra condición común, no la aleja sino que, al contrario, la acerca a nosotros.

“Mientras que el pecado divide, nos separa unos de otros, la pureza de María la hace infinitamente cercana a nuestros corazones, atenta a cada uno de nosotros y deseosa de nuestro verdadero bien. (…) Lo que, por miramiento o por pudor, muchos no se atreven a veces a confiar ni siquiera a los que tienen más cerca, lo confían a Aquella que es toda pura, a su Corazón Inmaculado: con sencillez, sin fingimiento, con verdad”, explicaba una vez más Benedicto XVI durante su visita a Lourdes en 2008.

Su concepción inmaculada repercute en nosotros

Este misterio de la inmaculada concepción no está solamente para que lo contemplemos, sino para que lo vivamos, y ello en la medida en que creamos en ella y la amemos. Este misterio es para nosotros.

“La gracia de la Inmaculada Concepción hecha a María no es sólo una gracia personal, sino para todos, una gracia hecha al entero pueblo de Dios”, dijo Benedicto XVI en 2008.

Primero, para que “como hijos e hijas de María, aprovechemos todas las gracias que le han sido concedidas, y [que] la dignidad incomparable que le procura su Concepción Inmaculada redunde sobre nosotros, sus hijos”, precisaba. Y añadió:

“María ama a cada uno de sus hijos (…); los ama simplemente porque son sus hijos, según la voluntad de Cristo en la Cruz”. “En María, la Iglesia puede ya contemplar lo que ella está llamada a ser. En Ella, cada creyente puede contemplar desde ahora la realización cumplida de su vocación personal. Y nuestra vocación es vivir la misericordia de Dios que nos libera del pecado. En María, eso se cumplió desde su concepción, gratuitamente y en un solo instante. Nosotros, aunque sumergidos en Dios durante nuestro bautismo y lavados del pecado original, padecemos todavía las consecuencias. También, nuestra santificación se logra progresivamente. Hace falta tiempo para que la gracia cristiana pueda colmarnos por completo. Sin embargo, aunque eso sólo se realizará plenamente en el Cielo, donde seremos inmaculados, debe empezarse en la tierra y desde ahora mismo. “En la Madre de Cristo y Madre nuestra se realizó perfectamente la vocación de todo ser humano. Como recuerda el Apóstol, todos los hombres están llamados a ser santos e inmaculados ante Dios por el amor (cf. Ef 1,4)”, Benedicto XVI, Roma, 8 de diciembre de 2005.

Un magnífico signo de esperanza

La inmaculada concepción de María es, pues, un magnífico signo de esperanza para nosotros. Porque la esperanza es estar seguros de que, en Cristo, ya somos victoriosos del pecado y de la muerte.

Si lo queremos, la gracia de Dios se extenderá por doquier. No esperamos a alguna cosa que debe llegar, esperamos lo que ya está presente pero velado, una bienaventuranza que ya está presente en nosotros.

Y la Inmaculada nos es dada para ello: “Vita, dulcedo, et spes nostra…” (“Vida, dulzura y esperanza nuestra…”), como canta el Salve Regina.

“Al aparecerse a Bernardita como la Inmaculada Concepción, María santísima vino para recordar al mundo moderno la primacía de la gracia divina, más fuerte que el pecado y la muerte”, Benedicto XVI, Roma, 11 de febrero de 2006.

“Ante María, precisamente por su pureza, el hombre no vacila a mostrarse en su fragilidad, a plantear sus preguntas y sus dudas, a formular sus esperanzas y sus deseos más secretos. El amor maternal de la Virgen María desarma cualquier orgullo; hace al hombre capaz de verse tal como es y le inspira el deseo de convertirse para dar gloria a Dios” (Benedicto XVI en Lourdes en 2008).

Busquemos la sonrisa de María

“María permanece así ante Dios, y también ante la humanidad entera, como el signo inmutable e inviolable de la elección por parte de Dios, de la que habla la Carta paulina: ‘Nos ha elegido en él (Cristo) antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor. Él nos predestinó a ser sus hijos adoptivos’ (Ef 1, 4,5). Esta elección es más fuerte que toda experiencia del mal y del pecado, de toda aquella ‘enemistad’ con la que ha sido marcada la historia del hombre. En esta historia María sigue siendo una señal de esperanza segura” (Juan Pablo II, Redemptoris Mater, n.° 11).

Así que en este tiempo de Adviento, e incluso después, busquemos la sonrisa de María, fuente de una esperanza invencible.

“En una manifestación tan simple de ternura como la sonrisa, nos damos cuenta de que nuestra única riqueza es el amor que Dios nos regala y que pasa por el corazón de la que ha llegado a ser nuestra Madre”, dijo Benedicto XVI en Lourdes.

Su deseo es que, al acercarnos a ella, nos dejemos guiar a la única fuente de la Salvación, su Hijo, Jesús.


LOURDES

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Tags:
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