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Las frases sobre Jesús que no hay que decir nunca a los niños

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Edifa - publicado el 21/10/20

Se dicen sin querer. Sin embargo, estas frases de los padres sobre Jesús pueden empujar a los niños a alejarse poco a poco de Dios.

Una pequeña de seis años se esforzaba en obligar a su hermano mellizo a obedecerla amenazándole: “¡Si no haces lo que te digo irás al Infierno!”. Aunque nos sentimos más divertidos que irritados por este tipo de afirmaciones, vemos importante hacer descubrir al niño que Dios no es el argumento supremo del que hacer uso y abuso a nuestro antojo para poner Su omnipotencia al servicio de nuestra impotencia.

Y, sin embargo, ¿acaso no utilizamos los adultos exactamente el mismo tipo de argumentos, en particular en el ámbito de la educación? “Has puesto triste al Niño Jesús; Dios te ha castigado; Jesús no te quiere cuando haces eso; Jesús está enfadado; ¡Dios lo ha querido!”. Y aunque no nos reconozcamos en ninguna de estas fórmulas, sigue siendo cierto que, con frecuencia, “utilizamos” a Dios y lo cerramos dentro de los límites de lo que creemos saber de Él.

Como dice la pequeña Anna en el libro de Fynn Anna and Mister God (“Anna y el Señor Dios”), metemos a Dios en pequeñas cajitas “porque no lo amamos realmente”. Con demasiada frecuencia, presentamos a los niños a un Dios “útil”, ya sea para repartir recompensas, para obrar milagros, para explicar cualquier cosa o casi como un hombre del saco.

Este es un riesgo al que nos enfrentamos todos, en especial porque muchas pequeñas frases las pronunciamos sin reflexionar verdaderamente sobre todo lo que implican. A continuación, algunos ejemplos de frases que desterrar.

Evitar mostrar a Jesús “de pequeño” de manera corriente

No es falso hablar del “Niño Jesús”, ya que Jesús se hizo hombre y, por tanto, primero fue niño. Pero no es deseable representarlo en estos términos de manera habitual porque, para el niño, Jesús solamente será el “Niño Jesús”, el pequeño bebé del portal de Belén o de la casa de Nazaret.

Entonces seguirá siendo un “Niño Jesús para niños” que arriesgan a dejar de lado al crecer, en el museo de las chiquilladas y los recuerdos de la infancia. “No debemos aprender nada durante la infancia que nos veamos obligados a olvidar más tarde”.

“Jesús no te quiere cuando te comportas así”

Esta fórmula hay que proscribirla completamente porque es del todo falsa. Jesús nos ama infinitamente a todos, hasta al peor de los pecadores.

Un niño que escucha decir eso crecerá con el temor a perder el amor de Dios y se convencerá de que ese amor es meritorio, que Dios no ama al pecador.

Lo que dicen los padres durante los primeros años posee un impacto tal que el niño, ya de adulto, seguirá marcado por esta imagen de un Dios que sólo nos ama cuando nuestra conducta es satisfactoria.

En el mismo orden de ideas, nunca deberíamos decir: “No me gustan las niñas mentirosas (o los niños coléricos, por ejemplo)”, una fórmula acortada para significar que no nos gusta cuando los niños mienten. Pero lo que los niños entienden al escucharnos es que no les queremos cuando mienten.

Quizá pueda parecer un detalle algo puntilloso, y quizás lo sea en cierto modo, pero la educación se hace desde las pequeñas cosas y, en este caso, hay que recordar que la manera en que amamos a nuestros hijos, en que les significamos nuestro amor, les ayuda a percibir y a vivir el amor de Dios.

“Dios te ha castigado”

Aunque es cierto que el sufrimiento es la consecuencia del pecado, es falso y peligroso presentar un sufrimiento o un fracaso como la sanción directa de un pecado concreto.

Recordemos la respuesta de Jesús a sus discípulos cuando le preguntaron en relación a un ciego: “Y sus discípulos le preguntaron: Rabí, para que este hombre haya nacido ciego, ¿quién pecó, él o sus padres? Ni él pecó, ni sus padres respondió Jesús, sino que esto sucedió para que la obra de Dios se hiciera evidente en su vida” (Jn 9,2-3).

Si el niño se lastima con motivo de una desobediencia y escucha decir que se trata de un castigo de Dios, pensará que el sufrimiento es siempre “merecido” y, al contrario, que la felicidad o la idea que se haga de ella (la salud, la suerte, la ausencia de sufrimiento, el placer) es siempre señal de una conducta que complace a Dios.

“Jesús no está contento, lo has hecho entristecer”

Afirmación ambigua, por ser cierta y falsa a la vez.

Claire, desde su sentido común de diez años, señala: “¡Jesús no puede estar triste porque está feliz para siempre en el Cielo!”. Lógico. Pero también podemos hacer notar a Claire que son sus propios pecados, los pecados de hoy, los que crucificaron a Jesús. Jesús sufrió con antelación por todos los pecados de las personas pasadas, presentes y futuras.

Incluso si sólo existieran los pecados de Claire, Jesús habría dado su vida igualmente. Decir que nuestro pecado hace sufrir a Jesús es, por tanto, falso. Pero conviene estar atentos: lo que cuenta no es lo que tengamos intención de decir, sino lo que el niño percibe y comprende.

El niño corre el riesgo de pensar que la felicidad de Jesús depende de él, de su conducta buena o mala, cosa que es errónea. En realidad, la felicidad de Jesús no se ve destruida por el pecado, sino por la felicidad del pecador.

De igual modo, la calidad del amor de Jesús hacia nosotros no depende de nuestra respuesta: Dios nos ama gratuitamente, totalmente e incondicionalmente. Este es el amor que tenemos que contar y repetir sin cesar a nuestros hijos.

Christine Ponsard

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amordiosfejesuspadres e hijos
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