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¿Cómo prosperar en la vida? Consejos para quienes buscan la felicidad

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Todos los jóvenes quieren prosperar en la vida. Pero, para lograrlo, primero hay que reflexionar sobre su vida interior y sus deseos.

Jeanne Larghero, profesora de filosofía, se junta con muchos adolescentes que tienen dificultades para encontrar su camino. En su libro Comment réussir ta vie : à une jeunesse qui cherche le chemin du bonheur (“Cómo prosperar en la vida: para una juventud que busca el camino de la felicidad”), Jeanne propone recentrarse sobre la vida interior para construirse.

¿No hay ya bastantes libros sobre el éxito personal?

Los libros de desarrollo personal proponen a menudo perspectivas narcisistas, psicológicas, y abordan rara vez las cuestiones morales. Dicen cómo ser feliz, explican cómo conservar el bienestar en cualquier circunstancia, pero ¿explican cómo tomar decisiones justas?

Entonces, ¿cómo se toman decisiones justas?

Las generaciones jóvenes tienen una necesidad intelectual de reflexionar. Corresponde a los adultos no reducir su reflexión a un “haz lo que quieras”. Encontramos en la filosofía de santo Tomás de Aquino, que retoma el Catecismo de la Iglesia Católica, tres referentes que ayudan a discernir: “¿Lo que hago es justo, es buen momento para hacerlo, tengo de verdad el deseo de hacer el bien?”.

Estas preguntas constituyen una brújula muy esclarecedora, porque instintivamente podríamos legitimar una mala acción a través de una buena intención. En efecto, el aspecto favorable de las circunstancias puede confundir la mente y desviarnos de la realidad. Por ejemplo, podría justificarse el robo de un portátil extraviado. Sin embargo, el hecho de que su propietario no esté identificado no transforma el acto del robo, ni siquiera con la intención de dar el portátil a alguien que lo necesite. Un robo sigue siendo un robo. En definitiva, pongo en valor la moral. Puede parecer arcaica y, sin embargo, ofrece unos criterios fiables para saber si una decisión es justa.

¿Cómo educarles para que reflexionen?

La gratuidad es la clave del éxito. Enseñemos a los adolescentes mayores a saber dar sin esperar nada a cambio. A estar dispuestos a renunciar a un bien aparentemente satisfactorio en vistas de un objetivo mejor, más grande, que no estamos seguros de obtener. Hacer un favor gratuito atendiendo a las necesidades de los demás desarrolla los talentos personales, multiplica las relaciones, enriquece, atrae propuestas y, quizás, el aspecto económico consiguiente.

Es la idea de san Mateo cuando dice: “Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura” (Mt 6,33). Yo lo viví cuando me impliqué en la formación para una educación afectiva y sexual únicamente para prestar un servicio a mis alumnos. Finalmente, desarrollé esas competencias, me han invitado a dar conferencias, luego a escribir libros…

¿Qué debemos cambiar en nosotros para ayudarles a prosperar?

Sobre todo debemos renunciar a la carrera del éxito social para ellos. Hacer cargar a nuestros hijos con nuestras propias proyecciones efímeras o valorar sus actividades en términos de los beneficios que podrían extraer, no construye la confianza en sí mismos. En estos casos, los niños se sienten sujetos a constantes obligaciones de resultados, incluso implícitas. Así les causamos angustia, alimentamos futuros burn-out, les generamos inseguridad…

¡Ellos tienen derecho a hacer deporte sin tener que ir a competiciones, a cultivarse sin aspirar a la erudición! Un día, pregunté a mis alumnos por qué iban al museo, al teatro, al cine, a conciertos… Y me respondieron: “Porque eso forma la mente, ayuda a reflexionar”. Lo de cultivarse por placer, ¡ni siquiera se les había ocurrido!

Para que prosperen, es mucho más útil incitar a los hijos a adoptar una postura, una forma de sonreír que les haga sentir bien, que les abra a los demás y cree un vínculo natural. Qué éxito sería si les hiciéramos comprender la importancia de convertirse, como san Pablo, en “personas de bendición”. Saber dar gracias por la belleza de un acto de otro es un antídoto contra la comparación, la cual tiende a volvernos orgullosos o tristes. Los halagos sinceros no hacen bien solamente a quien los escucha, sino también a quien los pronuncia. El niño percibe así su suerte por estar rodeado de personas de calidad.

¿Qué es lo más importante para prosperar en la vida?

El niño necesita de una vida interior que le haga capaz de estar en la vida; ayudémosle a desarrollarla. La práctica muy olvidada del examen de conciencia puede ser un aliado valioso. La relectura de nuestro día, donde se establece el inventario de las gracias y los perdones, sigue siendo el secreto de la estabilidad personal.

Gracias a la exploración de su castillo interior de moradas innumerables, podrá evitar soñar con otra vida más que la suya. Este regreso a la interioridad podrá, en definitiva, permitirle profundizar su relación con Dios. Es en el silencio donde el niño podrá responder a la pregunta que Jesús plantea a Bartimeo en la Biblia: “¿Qué quieres que haga por ti?” (Mc 10,51).

Además del examen de conciencia, ¿hay otras herramientas para prepararse para las vicisitudes de la vida?

La rehabilitación del deber de estado sigue siendo una noción capital en el camino del éxito. Para un joven, se resume en vivir su día a día de joven con aquello que la Providencia ha puesto ante él: entenderse con sus hermanos y hermanas, adaptarse a su vida de familia, estudiar… y quizás limpiar las zapatillas de fútbol. Vivir simplemente su deber de estado no es limitar su ambición, sino todo lo contrario, supone elevarla.

En el fondo, una vida próspera para un joven es lo mismo que para un adulto. Nuestras acciones presentes construyen ya las grandes aventuras del mañana. Si hubiera sido negligente, el biólogo e investigador Alexander Fleming habría podido tirar a la basura sus placas de Petri llenas de hongos. Hizo lo que tenía que hacer: limpió sus placas, sencillamente. Y así descubrió la penicilina y ganó el Premio Nobel.

¿La fe puede ayudar a prosperar en la vida?

No se puede instrumentalizar la fe para reducirla a una clave de desarrollo personal, pero, cuando se es creyente, la perspectiva sobre el éxito cambia. Primero, la vida es ya un éxito con Jesús como interlocutor, ¡porque siempre será inédita y nueva! Luego, apoyarse en las tres virtudes teologales –fe, esperanza y caridad– da una libertad increíble. Por último, la vida de fe estructura la moral y la inteligencia.

Profundizar en la coherencia y el contenido de nuestra fe permite desplegar las potencialidades de nuestra inteligencia, porque hay una coincidencia entre la visión de la Iglesia y la del mundo. Por ejemplo, el relato de la Creación permite interesarse por la formación del universo. La fe permite, de hecho, ahondar en todos los ámbitos.

Entrevista realizada por Olivia de Fournas

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