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Los consejos de Jesús para luchar contra el desperdicio de alimentos

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La lucha contra el hambre puede abordarse desde muchos puntos de vista. En Aleteia queremos aprender del Evangelio.

Si las personas continúan muriendo de hambre cuando la Tierra puede alimentar hasta a nueve mil millones de individuos, todos tenemos una responsabilidad para cambiar las cosas. Sin duda, eso exige un esfuerzo de atención y de renuncia, pero así es el camino del Evangelio.

Con motivo del Día Mundial de la Alimentación, este 16 de octubre, conviene preguntarnos sobre nuestros hábitos de consumo. Cuando miles de personas mueren de hambre en el mundo, ¿cómo podemos transformar nuestra forma de vivir y consumir? Aquí puedes leer algunas respuestas con el padre Olivier Lebouteux, profesor de la Sagrada Escritura.

– Tiramos a la basura varios kilos de alimentos al año. ¿A qué se debe esta dejadez?

El desperdicio de alimentos puede deberse a una pérdida de conciencia sobre el valor de las cosas. Cuando Jesús cuenta la parábola del administrador deshonesto (Lc 16,1-8), invita a sus interlocutores a una reflexión sobre su relación con el dinero. La misión del administrador consiste en gestionar unos bienes que no posee. Sin embargo, este administrador poco escrupuloso los despilfarra, señal de que no conoce la medida de su auténtico valor. Cuando el propietario le hace rendir cuentas y le retira la gestión de sus bienes, el otro se pregunta qué otras actividades podría hacer (trabajar, mendigar…), pero renuncia a todas, porque no se juzga capaz de hacerlas. Así que vuelve a su oficio inicial –la administración– habiendo tomado conciencia del valor de los productos, como el aceite y el trigo, que exigieron un trabajo por parte de sus productores.

En la parábola del hijo pródigo encontramos una conclusión similar: “Malgastó sus bienes en una vida licenciosa” (Lc 15,13). Como su herencia no le había supuesto ningún esfuerzo, no mide su valor y la dilapida. El derroche puede revelar también una falta de confianza en la solicitud del Padre, quien sabe, no obstante, aquello que necesitamos. ¿Acaso no dice Jesús: “No se inquieten por la vida, pensando qué van a comer, ni por el cuerpo, pensando con qué se van a vestir. Porque la vida vale más que la comida, y el cuerpo más que el vestido” (Lc 12,22-23)?

De forma más profunda, el desperdicio proviene a menudo del temor a la carencia y, por tanto, de un miedo al futuro que se reduce a un miedo a la muerte. Estamos invitados a preguntarnos sobre ese comportamiento y a superar nuestros miedos, no tanto a través de la valentía sino a través de la confianza en Dios.

– ¿Cuál es el vínculo entre el miedo al mañana y el derroche?

La acumulación. Jesús lo ilustra con la parábola del hombre rico que construye graneros cada vez más grandes para almacenar todas sus provisiones. El hombre se dice a sí mismo: “Tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida”. Pero Dios le dice: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?” (Lc 12,16-21).

Es un “insensato” no tanto por el hecho de no haber tenido en cuenta su propia muerte –¿quién puede prever la fecha?– sino por el hecho de que ni siquiera podrá disfrutar de lo que posee ni hacer que los demás lo aprovechen.

De ahí la invitación a considerar los bienes que poseemos desde una nueva perspectiva: la de deber abandonarlo todo un día. Eso da a la vida más densidad: ya no se interpreta desde la perspectiva de proyectos inciertos, sino desde la fuerza del momento presente, buscando primero el reino de Dios.

– Cuando tenemos demasiado, ¿no es comprensible tirarlo?

¡No! El desperdicio es causa de escándalo, en particular para los más pobres. Es inaceptable tirar lo que sea mientras otros pasan hambre. En el relato de la multiplicación de los panes (Mt 14,13-21), los restos recogidos indican la voluntad de Jesús de no desperdiciar ese pan y esos peces. Esas siete o doce canastas –dependiendo del relato– indican que el don de Dios en su sobreabundancia está hecho para ser transmitido y compartido con quienes no estaban presentes o que vendrán después. El gesto de Jesús proviene de su percepción de una necesidad en esta multitud. No quiere devolver a esas gentes a sus casas en ayunas y obra un milagro a partir de lo que hay disponible y directamente accesible.

Esta necesidad, esta carencia, podemos experimentarla cuando decidimos ayunar. La privación voluntaria nos hace más sensibles a las necesidades de quienes carecen de lo necesario. Nos abre a la atención y al compartir a partir de lo que tenemos disponible. También podemos constatar que muy a menudo consumimos más allá de nuestras propias necesidades.

No es catastrófico tener carencias o pasar un poco de hambre, pero sí es grave desperdiciar. Si hay personas que siguen muriendo de hambre cuando la Tierra podría alimentar hasta a nueve mil millones de individuos, todos tenemos una responsabilidad para cambiar las cosas.

Sin duda, eso exige un esfuerzo de atención y de renuncia, pero así es el camino del Evangelio. Hacer un esfuerzo sobre la alimentación constituye ya un acto de caridad: el ayuno se asocia siempre a la limosna.

– ¿La lucha contra el desperdicio comienza entonces por una toma de conciencia personal?

Sí. Es inútil echar la culpa a la sociedad, las estructuras o la reglamentación. Es cierto que debe realizarse una acción a nivel de sociedades y de Estados, pero cada cristiano está invitado a comprometerse personalmente: “Hay que practicar esto, sin descuidar aquello” (Mt 23,23).

Nuestra propia forma de vivir y consumir debe transformarse. El desperdicio señala una manera de consumir que está enferma y debe ser sanada. La concienciación comienza por la alimentación cotidiana, la más esencial. Luego, podremos reflexionar sobre nuestra manera de utilizar el agua, la electricidad, aunque también los bienes de consumo (nuevas tecnologías, mobiliario, etc.). Luchar contra el derroche es sencillo de aplicar, sin trastocar nuestro estilo de vida, siempre y cuando estemos atentos.

Así que, comencemos por considerar nuestro consumo de pan, elemento básico de la alimentación mundial y que por desgracia encontramos a menudo en nuestras basuras. Tomemos la firme decisión de dejar de tirar el pan, como un objetivo no negociable y que perdure toda la vida. Quizás alguna noche comamos pan duro pero, al menos, no lo habremos desperdiciado.

Entrevista realizada por Bénédicte de Saint Germain

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