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¿Cómo no reproducir con nuestros hijos los errores educativos de nuestros padres?

THREE GENERATIONS
sirtravelalot | Shutterstock
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A veces queremos imitar de forma inconsciente con nuestros hijos la manera de educar de nuestros padres. Pero, ¿es eso bueno para ellos?

Todos hemos recibido una educación que puede reafirmar o contradecir la que entendemos estar dando a nuestros hijos. En realidad, los expertos en educación indican que ni el rechazo sistemático de la educación recibida ni su reproducción ciega son beneficiosos para el desarrollo de nuestros pequeños.

“No tengo la impresión de ser libre en relación a la educación recibida de mis padres”, suspira Léonie, de 35 años. Como muchos padres, ella intenta no repetir los errores que padeció y no lo consigue. Su madre la olvidaba regularmente a la salida de la escuela y ella hoy sobreprotege a su hijo. Balance: el niño tiene miedo de todo y no quiere prestar nada. “¡Tengo la impresión de estar bajo la influencia de mis padres!”, resume la joven.

Lo mismo le sucede a Jean, que sufrió mucho los conflictos entre hermanos y ahora repite en bucle a sus hijos. “Os prohíbo que os peleéis”, lo cual multiplica los problemas entre hermanos y hermanas.

Al focalizarse en exceso en los tropiezos educativos que quieren evitar a sus hijos, estos padres obtienen el efecto inverso y caen en una excentricidad que sigue ligada a su herida inicial.

En el manual de educación Parents sous influence (“Padres bajo influencia”), la escritora Cécile David-Weill aborda este tema. Aunque señala el escollo de la oposición a la educación recibida, revela también los peligros de una reproducción ciega de esa misma educación.

En ambos casos, el padre o madre continúa teniendo como única referencia la educación de sus propios padres, en vez de centrarse en las necesidades reales de su hijo. Según la escritora, salir de una reproducción sin discernimiento de la educación parental solo es posible analizando su relación con la que se ha recibido. De modo que anima a cada uno a realizar “una diálisis de su educación”.

Todo el mundo puede identificar los comportamientos parentales que le hacen sufrir y que querría ahorrar a sus hijos, pero también diseñar los que le hicieron crecer. Analizar los puntos positivos y negativos de nuestra educación y aquello que deseamos evitar o transmitir permite separar el buen grano de la paja para extraer una síntesis constructiva.

No se trata de rechazar en bloque una educación que nos ha configurado y que no puede ser completamente buena o mala. Esta tesis la confirma la psicóloga Marie Pascal: “Se trata de ajustar las cuentas simbólicamente con la educación de nuestros padres. Entre ‘Honrarás a tu padre y a tu madre’ y ‘El hombre dejará a su padre y a su madre’ hay un término medio que buscar”, precisa.

Liberarse de las heridas de la infancia y escoger las prioridades educativas

La reflexión resulta particularmente necesaria cuando sentimos rencor hacia nuestros padres.

Criticar de manera recurrente la educación parental plantea la cuestión del perdón y la del ejemplo dado a nuestros hijos sobre la manera en que serán padres a su vez. “Es una cuestión de fondo, de fe y de coherencia de vida. ¿La Madre Teresa no decía: ‘Si quieres la paz en el mundo, haz la paz en tu familia’?”, pregunta la psicóloga.

El padre Xavier Cormary precisa cómo la cadena del perdón puede liberar del rencor y de la culpabilidad: “Una relación profunda con Dios permite recibir su perdón, para luego ser capaz de perdonarse a uno mismo antes de perdonar a los padres para, finalmente, ser capaz de pedir perdón con humildad a nuestros hijos”. Esta toma de perspectiva y este perdón pueden ayudar a hacer el duelo de los padres ideales que habríamos querido tener.

En un segundo momento, podemos definir la idea que tenemos de la función de los padres: ¿el niño es, como sugiere Michel de Montaigne, “un vaso que llenar o un fuego que encender”? ¿Un alma que nos es confiada o un ser que disciplinar según nuestra buena voluntad?

Los padres intransigentes corren el riesgo de exigir unos hijos irreprochables. Para mantener la eficacia, es esencial escoger bien nuestras batallas, sobre todo en la adolescencia.

Una cuestión importante para Cécile David-Weill, que piensa que hay demasiados padres que “desperdician su autoridad en temas secundarios como la hora de acostarse, la comida o las peleas entre hermanos y hermanas, cosa que polariza la conversación entre padres e hijos en torno a estas reglas en lugar de permitirles un debate de fondo”.

Haber identificado los puntos no negociables de la familia y en los que puede contemplarse cierta flexibilidad es, por tanto, un proceso indispensable.

Conversar en pareja y confiar

En esta “diálisis”, la confrontación con el cónyuge sigue siendo imprescindible. El esposo o la esposa posee a la vez la distancia y la proximidad necesarias para señalar las disfuncionalidades de su familia política.

El marido de Léonie la animó a reflexionar sobre el vínculo entre su padre, que lo había abandonado, y una frase que ella repetía en bucle a su hijo: “No se puede confiar en nadie”. Por su parte, el cónyuge también ha heredado una educación que puede chocar o reforzar la que se quiere dar.

El diálogo debe ser constante en la pareja porque, según Marie Pascal, “las cuestiones clave de la educación se descubren al mismo tiempo que crece el niño”.

La psicóloga aconseja a los padres y madres solteros que envíen a sus hijos a exponerse a otros “tutores”: amigos bien intencionados, jefes scout, referentes familiares o espirituales… que quizás puedan compensar la falta de un padre o madre muerto o ausente.

Cécile David-Weill siempre es muy severa con los padres paralizados ante la idea de equivocarse. Al no querer repetir errores ni tampoco cometer otros nuevos, a menudo ellos mismos son víctimas de una educación demasiado autoritaria, han renunciado a educar. Se niegan a asumir plenamente su responsabilidad y se ocultan a menudo detrás de una confianza total en sus hijos.

Esta actitud puede conducir a sentir “un vacío afectivo, una sed de reconocimiento, de relaciones humanas delicadas, una falta de confianza en sí mismos, un comportamiento agresivo y una inquietud permanente”, precisa la escritora.

Ciertamente, los padres no son “expertos” en educación, pero deben tener confianza. Y con razón, “el sacramento del matrimonio (…) consagra [a los padres] a la educación”, como recuerda san Juan Pablo II en Familiaris consortio.

El padre David Lamballe desarrolla: “En el matrimonio, los padres se han enriquecido de una gracia del Espíritu Santo para ayudar a sus hijos en su crecimiento humano y cristiano. Un padre o madre podrá tener defectos, mantener una mala relación con un hijo y cometer errores, pero Dios lo ha equipado para elegirlo como educador de ese hijo: ¡y Él no hace las cosas por azar!”.

Estas palabras pueden ayudar a los padres que no se sientan a la altura. “No es necesario ser unos padres perfectos para dar una buena educación”, confirma Cécile David-Weill. Es una quimera fabricada por una sociedad que quiere eliminar las debilidades y empujarnos a ocultar nuestros defectos.

Vigilar no estar ni en la discreción ni en la omnipotencia

Algunos padres piensan que educarán mejor a sus hijos de lo que ellos mismos fueron educados, mientras que otros, muy conscientes de estar marcados por el pecado original que se repite de generación en generación, siempre son fatalistas, convencidos de lo contrario.

«En la Biblia, Jeremías precisa que ‘Los padres comieron uva verde y los hijos sufren la dentera’ (Jeremías 31,29)”, constata el padre Xavier Cormary. Sin embargo, se apresura a añadir que estas palabras invitan a una auténtica libertad porque siempre es decisión personal de los padres el discernir para liberarse de las heridas familiares recibidas.

La dependencia voluntaria de Cristo no nos coloca, pues, bajo una influencia externa que nos impediría pensar por nosotros mismos. En efecto, según el sacerdote, “Cristo, experto en humanidad, quiere la felicidad del Hombre. Así que, paradójicamente, nos llama a la libertad”, una libertad que se arraiga en nuestro fuero interno, como explica la encíclica Gaudium spes: “En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer (…). Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón”. Así que no hay fatalidad.

Sea cual sea la educación recibida, los padres deben vigilar no estar ni en la total discreción, como fue con frecuencia el caso de los de la “generación del 68”, ni en la omnipotencia. Se trata, más bien, de que tomen un camino de humildad aceptando sus pobrezas educativas.

“El primer error de los padres es pensar que es su responsabilidad insuflar felicidad y autoconfianza en sus hijos”, escribe Cécile David-Weill.

“Su deber se limita a intentar reunir las condiciones para que puedan adquirirlos por sí mismos”. ¿Educar no significa etimológicamente ‘conducir afuera’, y no apropiarnos de los hijos? “Nosotros, como padres, no somos más que una correa de transmisión del amor del Padre”, añade Léonie. Un psicólogo le ayudó haciéndole percatarse de que los hijos se construyen siempre con los padres que tengan.

Al convertirse ellos mismos, los padres edificarán a sus descendientes

No existe una educación prefabricada, escrita de antemano, no hay receta educativa milagrosa. Cada padre, condicionado pero no determinado por su propia educación, hará lo mejor que pueda con lo que ha recibido para unos hijos que tienen unas necesidades únicas.

Los escollos son a veces sembrados por los propios cónyuges y por la sociedad, ¡que no siempre tiene las mismas prioridades! La educación sigue siendo, entonces, el fruto de “una triple confrontación entre el Evangelio, que nos hace más humanos, la doctrina de la Iglesia y el sentido común humano iluminado por el Espíritu Santo”, analiza el padre Cormary.

Al convertirse ellos mismos, los padres edificarán a sus descendientes. El padre Luc de Bellescize explica a los jóvenes del grupo de formación cristiana Even, en París: “En esta tierra, siempre faltará algo o alguien”. ¡También le faltará siempre algo a los padres!

Paradójicamente, ser padres significa aceptarse como hijos del Padre… el mismo Padre que el de sus hijos. Es al ordenarse a Él, al dejarse amar por Él en sus heridas y finitud cuando los esposos podrán renunciar a su tentación de ser demasiado o no ser suficiente como educadores. A medida que ellos mismos se acerquen a Cristo, dotados de esta mirada nueva sobre sí mismos, podrán enseñar a sus hijos a depender, a su vez, no de sí mismos, sino del Padre.

Olivia de Fournas

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